MURCIA 2008
E
SCULTURA
R
OMANA EN
H
ISPANIA
E
SCULTURAR
OMANA ENH
ISPANIA, V
Actas de la reunión internacional celebrada en Murcia
del 9 al 11 de noviembre de 2005
Fundación Cajamurcia – Centro Cultural Las Claras Universidad de Murcia – Facultad de Letras
Organizan
Patrocinan
Editores científicos
José Miguel Noguera Celdrán Elena Conde Guerri
Comité organizador
Presidente: José Miguel Noguera Celdrán Secretaria: Maravillas Pérez Moya
Vocales: Elena Conde Guerri y Pascual Martínez Ortiz
Comité científico
Luis Baena del Alcázar, Universidad de Málaga José Beltrán Fortes, Universidad de Sevilla Elena Conde Guerri, Universidad de Murcia Eva Koppel, Universidad Autónoma de Barcelona Pilar León Alonso, Universidad Pablo de Olavide de Sevilla Trinidad Nogales Basarrate, Museo Nacional de Arte Romano de Mérida
Sebastián F. Ramallo Asensio, Universidad de Murcia Isabel Rodà de Llanza, Universidad Autónoma de Barcelona
Pedro Rodríguez Oliva, Universidad de Málaga José Miguel Noguera Celdrán, Universidad de Murcia
Coordinación general
Maravillas Pérez Moya
Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales Región de Murcia
Coordinación editorial
Begoña Soler Huertas, Universidad de Murcia
El volumen Escultura Romana en Hispania V se enmarca en el proyecto de investigación BHA 2002-01845, financiado por la Dirección General de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, cofinanciado con fondos FEDER. Reservados todos los derechos. Queda prohibido reproducir, almacenar en sistemas de recuperación de la información y transmitir alguna parte de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado (electrónico, mecánico, fotocopia,
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© De esta edición: TABVLARIVM
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PRESENTACIONES
PEDROALBERTOCRUZSÁNCHEZ . . . 13 JOSÉANTONIOCOBACHOGÓMEZ . . . 15 CARLOSEGEAKRAUEL . . . 17 INTRODUCCIÓN
JOSÉMIGUELNOGUERACELDRÁN . . . 19 CONFERENCIAS INVITADAS . . . 27
L’AULA DELCOLOSSO NELFORO DIAUGUSTO: ARCHITETTURA E DECORAZIONE SCULTOREA . 29 LUCREZIA UNGARO
LA POLICROMIA DELLE STATUE ANTICHE . . . 65 PAOLO LIVERANI
TOMOGRAFÍA DE LA ESCULTURA ANTIGUA SEGÚN EL ERUDITO Y ACADÉMICO FRANCÉS
CONDE DECLARAC(†1847) . . . 87 ELENA CONDE GUERRI
ARGUMENTOS GENERALES Y COLECCIONISMO MODERNO . . . 113
RETRATOS IMPERIALES DEHISPANIA . . . 115 JOSÉ ANTONIO GARRIGUET MATA
LAS ESTATUAS FEMENINAS ENHISPANIA: CONSIDERACIONES ACERCA
DEL CONCEPTO DE CIUDADANÍA VISTO A TRAVÉS DE LOS SIGNOS EXTERNOS . . . 149 CARMEN MARCKS
CULTI ORIENTALI INSPAGNA: ALCUNE OSSERVAZIONI ICONOGRAFICHE. . . . 163 BEATRICE CACCIOTTI
LOS RETRATOS IMPERIALES DETORTOSA(TARRAGONA): ¿COPIAS DELRENACIMIENTO? . . . . 187 EVA MARÍA KOPPEL
IMITACIONES Y FALSIFICACIONES DE SARCÓFAGOS ROMANOS EN LA PENÍNSULAIBÉRICA. . . . 209 MARKUS TRUNK
TARRACONENSE . . . 221
EL PRIMER HORIZONTE DE ESCULTURA CELTÍBERO-ROMANA EN LAMESETA:
LAS ESTELAS DE GUERREROS . . . 223 JOSÉ ANTONIO ABÁSOLO ÁLVAREZ
LOS JULIO-CLAUDIOS ENBILBILIS . . . 235
LA ESCULTURA FUNERARIA TARDORROMANA DE LA PROVINCIA DETOLEDO:
NUEVAS APORTACIONES PARA SU ESTUDIO . . . 247 SERGIO VIDAL ÁLVAREZ
EL PROGRAMA ESCULTÓRICO DEL FORO DESEGOBRIGA . . . 283
JOSÉ MIGUEL NOGUERA, JUAN MANUEL ABASCAL Y ROSARIO CEBRIÁN
LOS ALTARES MONUMENTALES CON PULVINI DEL NORDESTE PENINSULAR . . . 345 MONTSERRAT CLAVERIA
LA DECORACIÓN ESCULTÓRICA EN LOS MONUMENTOS
FUNERARIOS ROMANOS DEL ÁREA VALENCIANA . . . 397 JOSÉ LUIS JIMÉNEZ SALVADOR
LA PEQUEÑA ESCULTURA EN BRONCE DE ÉPOCA IMPERIAL EN ELPAÍSVALENCIANO . . . 425 FERRÁN ARASA I GIL
UN FRAGMENTO DE ESTATUA MONUMENTAL DE BRONCE DELUCENTUM . . . 457
MANUEL OLCINA DOMÉNECH
HALLAZGOS ESCULTÓRICOS EN LA COLONIA ROMANA
DELIBISOSA(LEZUZA, ALBACETE) . . . 481 ANTONIO M. POVEDA NAVARRO, JOSÉ UROZ SÁEZ Y F. JAVIER MUÑOZ
BÉTICA . . . 499
ESCULTURAS ROMANAS DECONOBARIA(LASCABEZAS DESANJUAN)
YVRSO(OSUNA). LA ADOPCIÓN DEL MÁRMOL EN LOS PROGRAMAS ESTATUARIOS
DE DOS CIUDADES DE LABAETICA . . . 501
JOSÉ BELTRÁN FORTES
TRABAJOS PREPARATORIOS PARA LA ELABORACIÓN DELC.S.I.R. DEL SUR DEESPAÑA . . . 545 LUIS BAENA DEL ALCÁZAR
LAS ESCULTURAS ROMANAS DELMUSEOLORINGIANO DEMÁLAGA.
HISTORIA DE LA COLECCIÓN . . . 565 PEDRO RODRÍGUEZ OLIVA
ESCULTURAS DEVRSO(OSUNA, SEVILLA) CONOCIDAS POR REFERENCIAS
LITERARIAS Y OTRAS INTERPRETACIONES . . . 643 ISABEL LÓPEZ GARCÍA
LUSITANIA . . . 653
PROGRAMAS DECORATIVOS PÚBLICOS DELUSITANIA: AUGUSTAEMERITA
COMO PARADIGMA EN ALGUNOS EJEMPLOS PROVINCIALES . . . 655 TRINIDAD NOGALES BASARRATE Y LUÍS JORGE GONÇALVES
LA CARIÁTIDE DESÃOMIGUEL DAMOTA Y SU RELACIÓN
CON LAS CARIÁTIDES DEMÉRIDA . . . 697 THOMAS G. SCHATTNER, CARLOS FABIÃO Y AMÍLCAR GUERRA
RESÚMENES . . . 731
I. EL ENTORNO DEL HALLAZGO
I.1. El sitio de São Miguel da Mota (lám. 1), una pequeña elevación que sobresale en la
mar-gen izquierda de la Ribeira de Lucefit1, se encuentra administrativamente en Terena,
munici-pio de Alandroal (Évora, Portugal), integrando la Región de Alentejo. El lugar se sitúa cerca de la confluencia de este curso de agua con el Guadiana, el antiguo Anas, que
genéricamen-te sirvió como frongenéricamen-tera entre las provincias romanas de Lusitania y Bética2.
Se trata de uno de los lugares más emblemáticos de la arqueología portuguesa3,
especial-mente por la notoriedad que obtuvo Endovélico, la divinidad que allí tenía su santuario. Esta
entidad y su santuario se conocen desde antiguo, por lo menos desde el siglo XVI. Las
pri-meras noticias se deben a D. Teodósio de Bragança que retiró del sitio de la ermita de São Miguel algunos monumentos, entre ellos, un conjunto de siete inscripciones que había reco-gido en Vila Viçosa y que integró en la fachada del convento de los Agustinos (Resende, 1593, p. 231-236). A este erudito debemos las primeras referencias escritas, constantes de varios volúmenes de Os livros das muitas cousas, de las cuales nos da noticia Caetano de Sousa (Sousa, 1739-1748, VI, p. 78), así como de las primeras transcripciones que circularon, según la tradición de la época, en colecciones manuscritas sobre epígrafes. En ocasiones, estos materiales eran organizados en fichas sueltas (schedae), que los hombres cultos del “cinque-cento” y “sei“cinque-cento”, hacían circular entre sí, copiando de otros y transcribiendo sus lecturas,
1 Esta designación toponímica, que figura en la cartografía actual, tiene claramente un aspecto algo “sospechoso”. Su forma latina denuncia, con bastante evidencia, una designación recreada por algún erudito, teniendo como base un nombre precedente, de sonoridad semejante. Las atestaciones medievales parecen confirmar esta aserción, ya que regis-tran las variantes de oydaluiceuez (1231) y udialuiciuez (1262). Sobre el eventual significado de este hidrónimo y su even-tual relación con el culto de Endovélico vid., más recientemente, Ribeiro, 2002, p. 82-83.
2 Aunque se trata de una información que se repite en la literatura clásica, constituye hoy un dato adquirido el hecho que el curso del río no siempre correspondía al límite de las dos provincias romanas.
3 Atestiguando su excepcional importancia y notoriedad, se puede referir que el nombre de “Endovélico” le ha sido dado, significativamente, teniendo como referencia la base nacional de datos arqueológicos de Portugal.
su relación con las cariátides de Mérida
Thomas G. Schattner
Instituto Arqueológico Alemán de Madrid Amílcar Guerra y Carlos Fabião
Universidade de Lisboa
Lámina 1. Fotografía general del cabezo de São Miguel da Mota (fot. Equipo excavaciones São Miguel da Mota).
4 Sobre algunos resultados concretos, aunque no relativos a estos epígrafes, de la correspondencia de André de Resende con otros eruditos quinientistas hispánicos: Gimeno, 1997, p. 157-159.
sin que resulte posible determinar su origen en la mayoría de las ocasiones. Debió ser así como la noticia sobre tales vestigios llegó a oídas de Giovanni Battista Venturini, parte del séquito del cardenal Alejandrino que, en su visita a D. Sebastião como legado del papa Pío V, pasó por Lisboa en 1572 y quien finalmente los plasmó en sus relatos de viaje (Vasconcellos, 1905, p. 112-113). De esta obra, subsisten actualmente diversos manuscritos en fondos europeos en los que se transmite un conjunto sustancial de epígrafes romanos del territorio portugués, en particular de Lisboa (Silva, 1944, p. 15).
Sin embargo, es probable que la notoriedad del santuario y de los epígrafes allí documenta-dos surgiera como consecuencia de la atención que les dedicó el conocido humanista por-tugués André de Resende en su principal trabajo impreso, De antiquitatibus Lusitania, así como a través de su obra manuscrita y la correspondencia mantenida con otros eruditos
coe-táneos, en gran medida responsables de la divulgación de las transcripciones resendianas4.
En aquella famosa publicación póstuma se daban a conocer ocho inscripciones procedentes de S. Miguel da Mota (las siete referidas y una más existente en el castillo de Alandroal), “ex antiquo fano, quod extat iuxta oppidum Therennam”, según la expresión del propio autor (Resende, 1593, p. 231). En un breve texto, en el que aún se cuestiona sobre el significado del teónimo, manifestaba una de las primeras y más acertadas consideraciones sobre el lugar, 698 Thomas G. Schattner, Amílcar Guerra y Carlos Fabião
5 Nominis Endouellici causam, aut originem ego penitus ignoro. Nisi si ab oppido propinquo, quod Endouellia forte diceretur, nomen
esset impositum (Resende, 1593, p. 236). Sobre la validez de esta propuesta: Búa, 2000, p. 184-185; Ribeiro, 2002, p. 86.
Para destacar la importancia de las primeras consideraciones sobre esta cuestión regístrese que, en los escolios de Diogo Mendes de Vasconcelos a este pasaje, se señalan algunas hipótesis alternativas, entre ellas una hipótesis ajena, según la cual, en el teónimo se debería relacionar con el elemento endon-, de origen griego, que significa “dentro” (sobre la rea-nudación de una interpretación idéntica: Búa, 2000, p. 73; Prósper, 2002, p. 351).
6 Una síntesis sobre los estudios dedicados a este sitio, en particular a la divinidad allí venerada, se puede encontrar en la publicación fundamental de Vasconcellos (1905, p. 112-122). Gracias a la amabilidad de Juan Manuel Abascal, a quien le agradecemos cordialmente, tomamos recientemente conocimiento de nuevas contribuciones inéditas existen-tes en el riquísimo espolio manuscrito de la Real Academia de la Historia, que se pueden añadir a la ya extensa lista antes referida. De una forma general, estos incluyen la transcripción de algunos epígrafes, por vía general tomadas de otros, pero en algunos casos puntuales se hicieron consideraciones sobre la propia naturaleza de la divinidad y de su culto. Sobre ellos esperamos poder dar noticia en futuros trabajos.
interpretándolo como el derivado de un nombre del lugar vecino, cuya forma sería
even-tualmente Endovelia5.
Tal afirmación provocó que la excepcionalidad de estas manifestaciones epigráficas fuera muy comentada, discutiéndose en algunos medios eruditos europeos la peculiar naturaleza de la entidad divina que les era asociada. Asimismo, se convirtió en responsable de una
mul-tiplicación de los estudios de calidad muy diversa6, hasta el punto que, tanto la divinidad
como su santuario terminaron por asumir una importante relevancia, no sólo en el estudio de la religiosidad antigua, sino también desde el punto de vista historiográfico.
El impacto de toda esta producción científica tuvo igualmente su reflejo en obras literarias que han creado una imagen, casi siempre irreal, del antiguo santuario de Endovélico. La más conocida se debe a Brás Garcia de Mascarenhas quien, en su poema épico Viriato Trágico, ima-ginaba al protagonista surgiendo de las ruinas del templo entre “sarcophagos tristes, de amo-rosos / trophéus quinda letreiros manifestam” (“sarcófagos tristes, de amoamo-rosos / trofeos que todavía los letreros manifiestan”). Se trata, naturalmente, de una descripción sin correspon-dencia con la realidad, resultado de las libertades poéticas y de los tópicos literarios, más que de un conocimiento concreto del sitio, circunstancia que se repite en otras referencias al san-tuario.
En este sentido, y salvo alguna rara excepción, la información sobre el santuario se limitó a la documentación epigráfica, incluyendo algunas consideraciones relacionadas con la divi-nidad, tomadas de aquellos estudios ya publicados sobre la entidad religiosa referida o a la localización inconcreta del lugar de culto en lo alto de una colina; una realidad que se
man-tendría sin cambios hasta la segunda mitad del siglo XIX.
I.2. Aunque se tenía certeza de la localización del santuario, la primera intervención arqueo-lógica en el lugar fue llevada a cabo en 1890, bajo la dirección de J. Leite de Vasconcellos. El desarrollo de estos primeros trabajos arqueológicos en la zona fue planteado con carácter de urgencia debido a la sucesión de noticias y estudios de diversa índole en los que se hacía refe-rencia al hallazgo de materiales inéditos que, una vez más, reflejaban las peculiaridades del dios y su santuario. Además de la recopilación promovida por Hübner, Vasconcellos ensalzó las publicaciones de Rocha Espanca (1882) y, en especial, de Gabriel Pereira (1889), autor que incluía por primera vez un plano de la ermita de São Miguel, alertando del estado de degradación del inmueble, así como sobre la necesidad de reunir los monumentos epigráfi-cos en un museo “antes de que un curioso nacional o extranjero aproveche las piedras” (Pereira, 1889, p. 145-149).
Y fue precisamente la urgencia en documentar los restos del santuario, unido al excepcional interés del sitio, lo que llevó a José Leite de Vasconcellos a encargarse de su excavación como estreno de su actividad arqueológica (Vasconcellos, 1905, p. 112). En esencia, los trabajos se destinaron a recuperar un representativo volumen de material marmóreo que aparecía reuti-lizado en la construcción de la ermita de São Miguel, construcción que, según el autor, se asentaba en el área del primitivo templo (ibid., p. 131-132). No obstante, los resultados de esta intervención arqueológica fueron sumamente positivos; por un lado, el estudioso portu-gués consiguió recuperar una excepcional colección de piezas epigráficas y escultóricas de tal entidad que, años más tarde, constituiría el núcleo expositivo del Museu Ethnológico creado por iniciativa propia. Por otro, el desarrollo de esta primera intervención permitió docu-mentar un contexto arqueológico completamente distinto del transmitido por la tradición, derivado exclusivamente de la documentación epigráfica. En este sentido, si bien es cierto que las inscripciones siguieron afirmándose como uno de los componentes fundamentales del expolio documentado, aumentando sustancialmente el número de los monumentos conocidos, el desarrollo de los trabajos arqueológicos permitió caracterizar el yacimiento, poniendo de manifiesto la diversidad e importancia de los restos materiales de cara a la defi-nición cronológica y caracterización cultural de ese establecimiento. Aunque Leite de Vasconcellos no ofreciera ninguna información sobre gran parte de los vestigios por él reco-gidos, consiguió esbozar un panorama en el que asumieron un papel preponderante los datos relativos a la escultura y, en menor grado, la documentación concerniente a los ele-mentos constructivos, al expolio numismático y al material cerámico.
El programa escultórico recuperado ha constituido desde entonces el conjunto más nume-roso del territorio portugués, asumiendo un importante protagonismo en los círculos erudi-tos y académicos del momento. Sin embargo, los estudios de Leite de Vasconcellos se diri-gieron fundamentalmente a la estatuaria con el fin de caracterizar a la divinidad, así como las manifestaciones religiosas asociadas a aquel lugar de culto, limitando sustancialmente sus referencias a aquellos aspectos relacionados con la esfera de lo sagrado ya publicados. Por un lado, presentaba un conjunto de piezas catalogadas como representaciones de una divi-nidad, la cual identificó, no sin ciertas reservas, con una cabeza barbada convertida, desde entonces, en el principal símbolo del dios y en uno de los elementos más conocidos de la estatuaria religiosa occidental. Pero, sobre todo, consiguió compendiar una serie de elemen-tos de naturaleza distinta que permitieron una mejor comprensión de aspecelemen-tos concreelemen-tos de la religiosidad asociada a aquel santuario, entre ellos, algunos elementos decorativos de las aras y, en particular, las representaciones de los propios oferentes dedicadas como exvotos a la divinidad, constituyendo la mayoría de las esculturas presentadas por el autor (ibid., p. 127-130; 139-144).
Finalmente, la puesta en valor de otros elementos arqueológicos, como el material cerámico y numismático expoliado, contribuyó a la comprensión del sitio, aportando algunas aprecia-ciones cronológicas sobre el yacimiento. En este sentido, fue la colección numismática la que
permitió a Vasconcellos asentar una cronología centrada en el siglo IV, planteamiento que
fun-damentó en un dilatado mantenimiento del culto en el lugar que, según su criterio, se habría cristianizado en época temprana bajo la invocación de São Miguel (ibid., p. 145). Aunque no lo indica explícitamente, es probable que tomara como referencia para esta nueva fase los ele-mentos generalmente definidos como visigóticos (Almeida, 1962, p. 214, figs. 192-193), que se corresponderían con una transformación sustancial del culto en este período. Esta hipóte-700 Thomas G. Schattner, Amílcar Guerra y Carlos Fabião
sis, ampliamente discutida y muy difícil de comprobar (vid., más recientemente, Ribeiro, 2002, p. 81-82), se fundamentaba, según Leite de Vasconcellos, en la constatación de que los restos materiales de las estructuras sacras perduraron prácticamente hasta su tiempo. No obs-tante, los indicadores cronológicos hasta hoy identificados se hallan insertos en una amplia diacronía, exceptuando las realidades del período romano y las que corresponden a la ermi-ta de São Miguel. La problemática se centra, como ocurre con frecuencia, en la carencia de documentación estratigráfica y material relevante, lo que no impide, sin embargo, que la teo-ría de la continuidad deba ser considerada como una hipótesis válida. Igualmente proble-mática resulta la datación del santuario y su evolución en época romana, que según Maria Manuela Alves Dias y Luís Coelho (1995-1997, p. 252) habría que situar entre mediados de
los siglos Iy IIIde la Era.
I.3. Podríamos decir que la intervención dirigida por el fundador del Museu Ethnologico Português fue bastante reducida en el espacio, en el tiempo, y en sus objetivos, limitándose casi exclusivamente a la recuperación de material epigráfico y escultórico, sobre los que pesaba una seria amenaza. Sin embargo, su trabajo también sirvió para fundamentar cuestiones esenciales en cuanto a la comprensión del santuario, aunque muchas no hayan obtenido una respuesta. En este sentido, su desconocimiento acerca del edificio o edificios vinculados a todos aquellos vestigios no le impidió conjeturar que el eventual santuario se pudiera localizar en la zona alta de la elevación de manera similar a lo que pasaría según la tradición germánica o en algunos lugares del mundo romano (Vasconcellos, 1905, p. 125-128, 132); una hipótesis que funda-mentaba en la existencia de restos estructurales en la ladera del cerro y, más concretamente, en una especie de aterrazamiento que él mismo interpretó como los restos de una fortificación de características afines con los castros (ibid., p. 125).
Es posible que Vasconcellos tuviera en mente el desarrollo de nuevas intervenciones arqueo-lógicas en la zona que le permitieran ampliar la documentación del yacimiento y que nunca llegaron a realizarse; y es probable que éste fuera el principal motivo por el que Vasconcellos no llegó a publicar su anunciada monografía sobre el santuario, fundamentando el reperto-rio que trazó en el segundo volumen de la obra Religiões da Lusitana, el corto pero sugestivo perfil de esta entidad, que todavía hoy constituye una contribución esencial para su estudio y el de su santuario.
El núcleo de inscripciones, integrado ya por varias decenas, fue presentado sumariamente en su estudio, contra la forma de proceder con el resto de las divinidades, de las que se publi-caban, sistemáticamente los vestigios epigráficos. El hecho de circunscribir la publicación de los epígrafes a un núcleo muy restringido debió encontrar su justificación en su elevado número, así como en su manifiesta intención de dedicar al tema una monografía. Fuera como fuese, seleccionó un conjunto de documentos epigráficos que testificaban el culto aso-ciado a un oráculo y a procesos de incubatio, que las expresiones ex imperato averno, ex
res-ponsu, ex religione iussu numinis o ex visu allí documentadas, ponían de manifiesto. Asimismo,
consiguió demostrar el amplio cuadro social abarcado y la larga difusión que su culto habrá adquirido, tanto por la variedad formal de los monumentos como por la diversidad de sus textos y de la onomástica personal.
I.4. Cuando se plantea el problema de la integración administrativa de este santuario en el período romano, parece claro que se considera únicamente la opción entre la colonia de
7 Sobre este asunto vid. también: Encarnação, 1984, p. 7; Calado, 1993, p. 158; Guerra, 1996, p. 24-26.
Augusta Emerita y el municipio de Ebora, una vez que éstas serían las dos únicas entidades de
la Lusitania que potencialmente podrían extender su ámbito hasta esta región (fig. 1). La delimitación puntual del ager de un antiguo municipio o colonia resulta siempre una tarea arriesgada, ya que los elementos fiables para tal son bastante escasos y esta situación con-creta, en este caso tratando simultáneamente del problema de los límites entre los conuentus
Emeritensis y Pacensis, no escapa a la regla general. Falta, concretamente para esta zona,
cual-quier vestigio de termini augustales bien representados en áreas más septentrionales de la misma provincia, pero que aquí están totalmente ausentes; una carencia que, aun así, puede ser suplida con el recurso a otros medios.
A pesar de las limitaciones con las que deben ser encarados estos elementos, la indicación del nombre de la tribu con la que se identifican los ciudadanos sigue siendo el dato más fiable para decidir del ámbito geográfico de estas entidades administrativas. La informa-ción es, sin duda, relevante puesto que se da la circunstancia que los ciudadanos de
Emerita y Ebora aparecen inscritos en tribus distintas: la primera en la tribu Papiria, la
segunda en la Galeria. Analizada la información epigráfica pertinente, en la región de Elvas se verifica una especial concentración de individuos integrados en la Papiria, en Veiros (IRCP 442 y 461). Por el contrario, al sur y al oeste se constatan los registros de persona-jes inscritos en la tribu Galeria, documentados concretamente en São Pedro do Corval (IRCP 425) y Azaruja (IRCP 407). En lo que afecta específicamente al área que nos ocupa, la que se encuentra más cerca del Guadiana, hay que referir dos elementos de especial inte-rés para el análisis de esta cuestión: en Bencatel (Vila Viçosa, Portugal) fue sepultado
Q(uintus) Romanius Q(uinti) f(ilius) Gal(eria tribu) Tuscus (IRCP 467) y, aproximadamente
por la misma latitud y junto al citado río, en la Herdade do Monte Branco, Juromenha (Alandroal, Portugal) se registra el nombre del ciudadano, por supuesto un emeritense,
L(ucius) Caecilius C(aii) f(ilius) Pap(iria tribu) [---] (IRCP 449). Sería por tanto viable que
el ager eborensis se separara del emeritensis por una línea oblicua, que colocaría a cada uno de los individuos aquí documentados en ámbitos administrativos distintos. De ese modo, podríamos pensar que los dos territorios fueran limitados por una frontera cuya orienta-ción tomara el sentido NW-SE y que, en estas circunstancias, no debería pasar lejos de la
zona en la que se sitúa el cabezo de São Miguel7. Entre los testigos del culto en la
epigra-fía de este santuario se encuentra precisamente Q(uintus) Seuius Q(uinti) f(ilius) Pap(iria)
Firmanus, circunstancia que no es determinante para decidir sobre la integración
adminis-trativa de este lugar donde, seguramente, confluyeron personas de diversos orígenes y, como es natural, muchos ciudadanos emeritenses. En este orden de cosas, parece más pro-bable la localización de la sepultura de Q(uintus) Romanius Tuscus al norte del cabezo de São Miguel da Mota, a poco más de unos diez kilómetros, lo cual podría dar más consis-tencia a la hipótesis de que una eventual línea limítrofe dejara el santuario del lado ebo-rense.
Aun así, deberíamos considerar seriamente la posibilidad de que ese importante lugar de culto no perteneciera administrativamente a ninguna de las entidades referidas, sino que constituyera una realidad autónoma y, por lo tanto, excluida de integración territorial en una de esas rei publicae. De hecho, la existencia de un santuario de estas dimensiones, con una importancia que lo proyectaba mucho más allá de su región, debía ser conocida por buena 702 Thomas G. Schattner, Amílcar Guerra y Carlos Fabião
Figura 1. Mapa de la localización del santuario en el contexto de la Lusitania (dib. Equipo excavaciones São Miguel da Mota).
parte de la población, siendo más que probable una situación especial también en el plano administrativo.
I.5. Fuera como fuese, este espacio sagrado actuó como punto de convergencia de una comunidad profundamente romanizada, que confirió a las manifestaciones religiosas una marcada identidad romana, una realidad que se contradice, aparentemente, con la naturaleza del propio nombre de la divinidad. Esta constatación parece contrastar igual-mente con una arraigada tradición que prefirió destacar la naturaleza indígena prerro-mana de esta entidad, aspecto que, aún hoy, sigue marcando la investigación sobre la reli-giosidad antigua de Hispania. Endovélico figura en todas las obras de la especialidad como una divinidad indígena, pero esa clasificación tiene como único fundamento el propio teónimo. Este aspecto suele tener sin embargo un peso considerable, presentán-dose con frecuencia como decisivo a la hora de analizar la integración cultural de las enti-dades divinas.
En estos casos se suele aplicar la aserción según la cual, lo que no se integra en el mundo clá-sico (griego, latino u oriental) pertenece, por exclusión, al ámbito indígena, pues una vez constatado que el nombre del dios no se encuentra en el panteón de estas áreas culturales, parece natural que se integre en el cuadro de las religiones prerromanas. En ese sentido, la inclusión de Endovélico en la lista de los dioses locales parecería lógica, aspecto que nunca ha sufrido una evidente contestación.
Sin embargo, este caso es lo suficientemente significativo como para que se pondere lo que significa realmente “divinidad indígena” o cualquier otro apelativo semejante. En este senti-do, ninguno de los materiales documentados en el proceso de expolio e São Miguel de la
Mota, ya fueran de naturaleza arqueológica, numismática o epigráfica, pertenece cronológi-ca o culturalmente al mundo prerromano, razón por la cual, habría que tener muy en cuen-ta la posible interprecuen-tación del teónimo como un derivado de base toponímica, y que
Endovelicus fuera solamente un epíteto relativo al lugar donde se practicaba el culto. De ser
cierto este planteamiento, no existiría ninguna base argumental que permitiera integrar este santuario y sus manifestaciones en una esfera distinta de la romana.
De hecho, esa faceta itálica se refleja claramente en la amplia “mármorización” del sitio, tal y como confirman los vestigios materiales documentados hasta la fecha, pertenecientes no sólo al ámbito de los elementos arquitectónicos y ornamentales, sino también de aquellos elementos muebles asociados al culto; una circunstancia que se vio propiciada por la exis-tencia de canteras de mármol en la zona, así como por la presencia de talleres capaces de satisfacer las exigencias de este rico santuario.
Al contrario de lo que sucede en la mayoría de los paralelos documentados dentro del terri-torio peninsular, el santuario de S. Miguel de la Mota ha ofrecido un significativo conjunto de vestigios escultóricos que permiten caracterizar ampliamente la entidad de la divinidad y de sus devotos. Ya Vasconcellos había identificado con alguna hesitación alguno de los ele-mentos figurativos de la divinidad (Vasconcellos, 1905, p. 140 y fig. 26), aunque no siempre comprendió el significado de sus representaciones. Parece existir, en este dominio, un largo camino a recorrer.
I.6. El año de 2002, se retomaron las excavaciones en el sitio, cuyos resultados se dieron a conocer en un informe preliminar publicado en versión portuguesa (Guerra – Fabião – Schattner – Almeida, 2003) y alemana (Guerra – Fabião – Schattner – Almeida, 2005). La intervención resultó de una colaboración entre el Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, en el ámbito del que se desarrolla el proyecto “Die Romanisierung einheimischer Heiligtümer und Kulte im Westen der Iberischen Halbinsel”, bajo la responsabilidad de Thomas Schattner, y un equipo de la Universidad de Lisboa, dirigido por Carlos Fabião y Amílcar Guerra. Previamente a esa primera intervención se establecieron los límites de algu-nos objetivos generales, que guiaron los trabajos allí desarrollados, para los que se proyectó una intervención preliminar de una única expedición, a la que le siguió un programa cua-trienal de trabajos.
Con este programa de trabajo se pretendía, en primer lugar, elaborar un levantamiento topo-gráfico, tarea nunca llevada a cabo, a pesar de la importancia que unánimemente se recono-ce a este sitio (Guerra – Fabião – Schattner – Almeida, 2003, p. 420-423). De este modo, se suplía una de las principales carencias arqueológicas relativas al santuario, debido al hecho de que la preocupación por un registro topográfico fiable no sea práctica habitual en la
arqueología portuguesa del siglo XIX, al tiempo que se verificaba un abandono casi
sistemá-tico del lugar por parte de los investigadores, sólo interrumpido por algunas acciones espo-rádicas, entre las que cabría destacar la elaboración de la carta arqueológica del municipio de Alandroal (Calado, 1993).
Además, se establecía como uno de los principales objetivos del proyecto la limitación del área de interés arqueológico, hasta entonces vagamente definida como el espacio correspon-diente al cabezo donde se situaba la ermita. A través de un conjunto de acciones de diversa naturaleza, en especial de la recogida sistemática de vestigios existentes en la superficie y su tratamiento estadístico y de prospecciones geofísicas, fue posible circunscribir el ámbito del 704 Thomas G. Schattner, Amílcar Guerra y Carlos Fabião
sitio fundamentalmente en lo alto de la elevación y en su vertiente oriental. En esta fase del proyecto, se dedicó una especial atención a la identificación y registro de todos los elemen-tos pétreos ajenos al sitio, en concreto fragmenelemen-tos de mármol y granito, posibles indicado-res de las estructuras construidas en fase romana (Guerra – Fabião – Schattner – Almeida, 2003, p. 418-420).
Finalmente, se trazó un programa de sondeo que se iniciaría con la excavación del espacio donde se presumía la localización de la ermita de S. Miguel y en la que Leite de Vasconcelos había centrado su acción (Guerra – Fabião – Schattner – Almeida, 2003, p. 434-455). En rea-lidad, y tal como esperábamos, esta tarea consistió en gran medida en una reexcavación de un área ya intervenida anteriormente, pero que permitió comprender la dimensión y la natu-raleza de los trabajos allí realizados. La estrategia de actuación pretendía dar una respuesta por lo menos a dos cuestiones esenciales, por sí solas ya suficientemente importantes: por un lado establecer la localización exacta de la ermita de São Miguel da Mota y evaluar la fia-bilidad del plan levantado por Gabriel Pereira; por otro establecer de forma categórica la existencia, por debajo de esa construcción, de vestigios de antiguas construcciones romanas y, en caso afirmativo, si pudieron corresponder al templo que siempre allí se ha imaginado (Guerra – Fabião – Schattner – Almeida, 2003, p. 434-435).
Aunque en gran parte de su extensión quedaran solamente los indicios de las fosas de fun-dación de las estructuras de la referida capilla cristiana, los trabajos conducidos a lo largo de tres campañas permitieron reconstituir integralmente su planta, constatándose, de una forma general, que el antiguo levantamiento esquemático que nos servía de base correspon-día, de hecho, a la realidad. Se verificó, además, que Leite de Vasconcellos y sus colaborado-res adoptaron como estrategia el desmantelamiento sistemático del edificio en ruinas hasta el nivel de las fundaciones. Sin embargo, esta tarea no fue integralmente cumplida, ya que subsistieron todavía algunos vestigios del arranque de los muros de la ermita, en especial en sus vertientes oriental y meridional, donde terminaron por ser identificados algunos ele-mentos constructivos seguramente pertenecientes al período romano. Además de fragmen-tos marmóreos de clara función edilicia, se identificaron igualmente algunos resfragmen-tos de los exvotos ofrecidos a la divinidad, en particular algunas aras con epígrafes, correspondientes aproximadamente a una decena de monumentos distintos. Aunque era de esperar que nue-vas inscripciones pudieran revelar en secuencia de los nuevos trabajos, parece sorprendente que el equipo dirigido por Leite de Vasconcellos hubiera descuidado en algunos puntos con-cretos la búsqueda que realizaron de forma tan eficiente en la mayor parte de aquella estruc-tura.
Más fácilmente se explica que, en algunos puntos, desistieran de levantar una parte del pavi-mento de la capilla, precisamente la que se situaba en la zona del altar y que, al final, ter-minó revelando en el excepcional hallazgo objeto de esta comunicación y otros hallazgos semejantes.
En el espacio correspondiente al cruce de los sondeos 1C y 2B/2C, bajo la ladrillera que reves-tía el suelo, emergía una pequeña parte de un trozo de mármol esculpido, que por fin reveló corresponder a la flexión de la rodilla de la cariátide que aquí se analiza (fig. 2, lám. 2). Al lado de esta escultura y manteniendo la misma orientación, aparecieron, sucesivamente, una figura femenina con traje, una figura portadora de ofrendas y un togado; en alineación con-traria, estaban depositados un torso masculino con manto por el hombro y un jabalí. Se tra-taba, por lo tanto, de un importante conjunto de esculturas, intencionalmente depositadas
Figura 2. Plano del área en la que las estatuas se encuentran depositadas (dib. Equipo excavaciones São Miguel da Mota).
bajo el altarmor de la ermita de São Miguel, constituido por seis piezas casi completas y en buen estado de conservación. Este excepcional hallazgo contribuye de forma sustancial para el repertorio conocido y abre camino para que se replantee la investigación sobre la natura-leza y significado de esta excavación en el contexto del santuario romano. Se trata de un reco-rrido que sólo puede partir de una comprensión integral de todo el espacio sagrado y que exige, por eso, algunos elementos que faltaron a Vasconcellos, en particular aquellos que sólo los restos de las estructuras constructivas podrían proporcionar.
Las intervenciones por nosotros realizadas no condujeron a la identificación de un eventual templo que ya Vasconcellos buscara, ni de otras construcciones. No obstante, no quedan dudas respecto a la existencia de varias estructuras, teniendo en consideración un buen número de evidencias que señalan hacia esa dirección. Nos falta, sin embargo, su identifica-ción concreta. Uno de los elementos que contribuyó a consolidar la idea de un santuario con un conjunto construido de cierta dimensión e importancia ha sido precisamente la cariátide en análisis, que debería integrarse en un edificio de considerable riqueza. Además, son numerosos los elementos dispersos que pertenecieron seguramente a edificios romanos, siendo fácil deducir su vinculación a las realidades cultuales.
En una de las largas decenas de epígrafes provenientes de São Miguel da Mota, precisamente aquella en la que Leite de Vasconcellos pretendió ver representado a un hemipléjico (lám. 3), se da cuenta de que aedeolu(m) C. S. Apro u(o)tum fecit (IRCP 523). En relación con la parte escultórica de este monumento, se debería repasar la interpretación del personaje y del signifi-cado que el fundador del Museu Ethnologico le atribuyó (Vasconcellos, 1905, p. 128-129), en el que desarrolló la hipótesis de que Endovélico fuera en buena parte una divinidad salutí-fera, eventualmente relacionada con el Esculapio latino, idea retomada por otros autores (Lambrino, 1951, p. 112-113). Pero es cierto que Lambrino ya había alertado hacia el hecho de que la figura representada no se correspondería con un devoto cualquiera, sino a la pro-pia divinidad, debido al atributo de la nudez que la caracteriza.
En lo que toca a la naturaleza del aedeolum allí referido, las interpretaciones tampoco son concordantes. Vasconcellos consideró que la realidad referida en este texto epigráfico corres-pondería a “imitaciones reducidas de templos” (Vasconcellos, 1905, p. 138) que se ofrecían a la divinidad como exvotos, algo semejante a la figuración de una aedicula, semejante a la que aparece representada en la Fonte do Ídolo, en Braga. Al revés, Scarlat Lambrino (1951, p. 118-119) hizo corresponder este término a una verdadera construcción en piedra que, al lado de varias otras y según su hipótesis, se situaría alrededor del templo central y en la que se encontraría precisamente este monumento conteniendo simultáneamente la figuración divina y la inscripción referida. A este respecto invoca este autor algunos paralelos subsis-tentes en el mundo romano provincial, los cuales podrían, en algunos casos, haber utiliza-do estructuras de madera, pero en cuyo interior se encontraba siempre una representación del dios.
La abundancia de los indicios de elementos constructivos, tanto en mármol como en grani-to, permiten considerar que la hipótesis de que este aedeolum corresponda efectivamente a un edificio, aunque de pequeñas dimensiones, tiene plena justificación y, justo como defien-de Lambrino, no sería sorprendefien-dente que existieran varias estructuras defien-de ese tipo en todo el espacio sagrado. Es muy probable que los vestigios epigráficos y escultóricos de São Miguel da Mota, por su cantidad y calidad, estuvieran asociados a un núcleo de construcciones de naturaleza variada, cuya localización todavía no ha sido determinada.
Lámina 3. Fotografía del epígrafe en el que se refiere el aede-olum (fot. Equipo excavaciones São Miguel da Mota).
El núcleo escultórico objeto de esta contribución ya ha sido ampliamente divulgado a la comunidad científica, en el ámbito de una publicación en la que se dio cuenta de los resul-tados de la primera campaña de las excavaciones recientes realizadas en S. Miguel da Mota (Guerra – Schattner – Fabião – Almeida, 2003 y 2005). Carece sin embargo de un estudio más minucioso y de un mejor encuadramiento, en gran parte dependiente de trabajos arqueológicos en el sitio. De cualquier modo, desconociendo sus contextos originales, tiene todo el sentido promover el estudio más detallado de algunas, por la circunstancia de que han sido tan sintéticamente presentadas. Se dedica esta contribución específicamente al estu-dio de la cariátide, la mayor de las piezas de ese conjunto, especialmente a su análisis esti-lístico y a su encuadramiento en el ámbito de los hallazgos similares, en especial de los ejem-plares de la vecina ciudad de Augusta Emerita.
8 Vitruvio I 1, 5 utiliza el término de cariátide para figuras vestidas con largos paños (sobre este pasaje famoso véase prin-cipalmente Wesenberg, 1984, p. 172-185). La denominación kore aparece en la inscripción IG2 I 372 col. I 86, en la que se hacen públicas las cuentas para la construcción del Erecteión de Atenas (sobre la denominación en este contexto, véase por ejemplo Lauter, 1966, p. 9; Schmidt-Colinet, 1977, p. 20 con n. 71; Schmidt, 1973, p. 7 con n. 9). El uso de los términos cariátide y kore en el presente artículo es sinónimo, no pretende expresar la adscripción a un determinado tipo de indumentaria y corresponde al uso original de las designaciones; véase al respecto Wesenberg, 1984, p. 176, n. 83. Aunque la utilice como título para su libro, E. M. Schmidt, en un sentido restrictivo, limita el término cariátide a la figura-pilar (Schmidt, 1982, p. 159).
9 MemMusAProvinc 4, 1943, p. 46.
10 Este pórtico aparece en la literatura con varios nombres, como “Pórtico del foro”, “foro de mármol”, “forum adiectum”; véase la visión de conjunto de P. Mateos (2001, p. 194). Por último se propuso una identificación como Augusteum: Álvarez – Nogales, 2003, p. 301.
11 Como expone R. Ayerbe Vélez (2004): Retrato del emperador Adriano hallado en Mérida, Memoria 7. Excavaciones
arqueológicas en Mérida, 2001, p. 357, n. 10, ocurre con alguna frecuencia en Mérida el hecho de que estatuas de
tama-ño grande se encuentren en excavaciones situadas bastante lejos de su ubicación original. II. LA CARIÁTIDE
II.1. Hallazgo
La aparición de una estatua representando una cariátide8 (láms. 4-6) en el santuario de
Endovelico constituyó una sorpresa (Guerra – Schattner – Fabião – Almeida, 2003, p. 462). Hay que tener en cuenta que el santuario se localiza en un lugar extraurbano y rural, bastante lejos de las ciudades romanas más próximas que son Évora, a una distancia de más de 60 km, y Mérida a más de 100 km (fig. 1).
II.2. Historia de la investigación de las cariátides emeritenses
Sorprende menos el descubrimiento, si tomamos en consideración que es de una de estas ciudades, en concreto Mérida, donde se conoce el único conjunto de este tipo de estatuas en la península Ibérica (por último De la Barrera, 2000, p. 158). Nos referimos a las famosas cariátides halladas en el año de 1934 en un sitio llamado Pan Caliente, en el n.º 13 de la calle Sagasta de la capital lusitana (lám. 7). Juntamente con otros fragmentos, unos 40, se hallaron allí reaprovechados en una cloaca. Los fragmentos son altamente llamativos por la calidad del trabajo escultórico y por el sujet representado. Destacan, entre ellos, además de las cariátides, los clípeos con prótomos de cabezas representando a Medusa y Ammon y unos frisos decorativos. Las piezas fueron publicadas por Álvarez Sáenz de Buruaga en el año
19439, pero se tornaron más conocidas al incorporarse en el catálogo magistral de Antonio
García y Bellido sobre las esculturas romanas de España y Portugal (García y Bellido, 1949, p. 420 ss.). Mientras que este autor todavía dudaba si las figuras de todo el hallazgo perte-necían a un único complejo arquitectónico, ya A. Floriano en 1944 (Floriano, 1944, p. 179) y posteriormente Maria Floriani Squarciapino en 1975 no tenían ninguna duda de ello, bara-jando varias posibilidades entre templos y pórticos de la zona del lugar de hallazgo (Squarciapino, 1975, p. 59).
La confirmación llegó en 1980 y 1986, cuando una excavación sacó a la luz la esquina del
así llamado forum de Mármol (Marmorforum)10, cuya reconstrucción (fig. 3) permitió a José
Luis de la Barrera la incorporación de todos los fragmentos en cuestión (publicación
elevan-Lámina 4. Cariátide de São Miguel da Mota. a: lateral derecho; b: frente (fots. DAInst-Madrid, a: R 40-03-9, b: R 39-03-3, M. Perkovc).
Lámina 6. Cariátide de São Miguel da Mota. a: vista del lado derecho con los encajes para la inserción del brazo; b: vista de abajo (fots. a: DAInst-Madrid; b: A. Guerra).
Lámina 7. Cariátides de Mérida. a: tipo A; b: tipo B (fots. DAInst-Madrid, a: R 32-86-7; b: R 23-86-11, P. Witte).
12 Sobre este tema en el caso del Foro de Augusto véase: Wesenberg, 1984, p. 177.
do su número a un total de ocho, confirmó la adscripción de las estatuas al monumento. La reconstrucción muestra una porticus con nichos en la pared de fondo, en cuyo ático se encuen-tran las cariátides alternando con los clípeos, que a su vez siguen un ritmo alternante, ya que las de cabeza de Ammon se intercambian con las de Medusa. Mientras que los clípeos se encuentran sobre los intercolumnios, las cariátides están colocadas en la zona del ático por encima de las columnas, marcando de esta manera su carácter de soporte arquitectónico. A partir del hallazgo de las cariátides, ya anteriormente se había observado un paralelismo con el modelo del Foro de Augusto en Roma (Squarciapino, 1975, p. 58), que se extiende tam-bién a la arquitectura en la medida que, tanto en Roma como en Mérida, las cariátides están insertas en el ático, formando parte de un entablamiento, en el que están colocadas sobre consolas encima de la cornisa. De esta manera tienen carácter de figuras de un entablamiento
de consolas (Konsolengebälk)12.
La reconstrucción de las cariátides en toda su altura (fig. 4 a-b) fue posible gracias a un des-cubrimiento de Walter Trillmich, quién halló en los almacenes del Museo de Mérida dos de las cabezas supuestamente pertenecientes a aquéllas (Trillmich, 1987, p. 312). Una de ellas
Figura 4. Reconstrucción, a: de una cariátide de Mérida (según Trillmich, 1987, 313 fig. 77, dib. U. Städtler); b: en su contexto arquitectónico (según De la Barrera, 2000, plano 2).
13 Se trata del ejemplar Trillmich, 1987, p. 312, lám. 26 b.
14 Ejemplos en Lauter, 1966, p. 9 con n. 34; Schmidt, 1973, p. 7, n. 3.
ha sido ahora eliminada por José Luis de la Barrera13, quién, por otro lado, incorpora otra
recientemente hallada en las excavaciones (De la Barrera, 2000, p. 109, n.º 392; p. 162). También proceden de allí dos fragmentos de los vasos que las kores llevaban sobre la cabeza (De la Barrera, 2000, p. 110, n.º 395; Álvarez – Nogales, 2003, p. 244, n.º 39, p. 246, n.º 40). De esta forma reconstruidas, podemos acercarnos a estas figuras y observarlas; figuras que cuentan entre las esculturas que más éxito tuvieron a lo largo de la historia del arte, sobre
todo también en la arquitectura moderna de nuestras ciudades del siglo XIXy principios del
15 Para esta cuestión véanse los dibujos ilustrativos en: Der Neue Pauly, Enzyklopädie der Antike (ed. H. Cancik – H. Schneider) Altertum (1999): s.v. Kleidung, fig. en p. 507 (Hurschmann).
II.3. Indumentaria
La cariátide de Mérida (lám. 7) se muestra debidamente vestida con el chitón, visible en los brazos y hombros, y por encima el peplos, que envuelve el cuerpo. Mientras que el chitón es un tejido fino, el peplos es un tanto grueso. En su tipología es el típico peplos ático-jónico de las cariátides del Foro de Augusto en Roma y del Erecteión de Atenas (Schmidt-Colinet, 1977, p. 42). Sobre la cuestión de si lleva el peplos cerrado o abierto, lo mejor será dejarla sin responder, ya que las cariátides de Mérida en realidad son relieves, de manera que la zona en cuestión, es decir, el lado de la estatua, aparece sólo parcialmente en su lado frontal. En todo caso, no se ve ningún indicio para pensar en un peplos abierto.
Esta indumentaria no tiene ni costuras ni brazos, y se prepara doblando el paño15: primero
en la vertical sobre la mitad, después en la horizontal a la altura del tercio superior. Seguidamente se viste, de forma que el apóptygma caiga sobre pecho y espaldas. Al vestirlo, la parte cerrada queda al lado izquierdo de la persona, subido hasta debajo de las axilas, y el lado abierto a la derecha. Por último, se alza el paño hasta la altura de los hombros, para que allí se puedan fijar las partes delantera y trasera con alfileres o fíbulas. Mientras que el peplos abierto ya se queda abierto por el lado derecho de la figura, en el caso del peplos cerrado, este lado se cose y se cierra, produciendo de esta manera una indumentaria en forma de tubo, cuya portadora se vestía por la cabeza.
El peplos de las cariátides de Mérida está ceñido, como se deduce del kolpos, es decir, de un pedazo de paño que se tiraba por encima del cinturón, para dejarlo caer de forma regular y ordenada por encima de este. Para rematar la descripción general llamamos la atención sobre el gesto del brazo derecho, que está levantado para sujetar un vaso puesto encima de la cabe-za. Más adelante volveremos sobre esta postura.
II.4. Estilo
Al estudiar las cuatro cariátides de Mérida conocidas hasta entonces, en 1975 Maria Floriani Squarciapino había distinguido dos grupos entre ellas, una distinción perfectamente reco-nocible y aceptada unánimemente (por ejemplo Schmidt, 1982, p. 105, con n. 620-621). Posteriormente, Walter Trillmich denominó estos grupos tipo A y tipo B (lám. 7). El méto-do utilizaméto-do para distinguir los grupos es el estilístico. Observemos entonces las característi-cas de cada grupo contraponiendo un ejemplar de cada uno. La comparación es facilitada por la postura idéntica de las estatuas, que es ponderada, es decir, distinguiendo pierna de apoyo y pierna libre con el correspondiente contraposicionamiento oblicuo de los hombros (contraposto). No se puede dejar de mencionar la colisión de motivo subyacente en la estructura de las estatuas, originada por la ponderación por un lado, ya que genera un cier-to desequilibrio en el cuerpo, y la función de soporte arquitectónico por otro, que exige una vertical lineal en el centro del cuerpo para soportar el peso, como señalo Hans Lauter en su día, a la hora de estudiar las cariátides del Erecteión (Lauter, 1976, p. 12).
De cara al estado de conservación de las estatuas de Mérida y también de la cariátide de São Miguel da Mota, resulta oportuno centrar nuestras observaciones en los cuerpos de las estatuas. 716 Thomas G. Schattner, Amílcar Guerra y Carlos Fabião
Los elementos característicos del tipo A son (lám. 7, a):
a) paño: una textura fina del paño, que de esta manera crea pliegues estrechos y ligeros, for-mando aristas un tanto agudas, sobre todo en aquellas partes en las que el paño está estira-do o caíestira-do sobre los miembros del cuerpo, como en el caso de los senos, de los brazos y de las piernas. Esa textura fina no corresponde con la caracterización habitual del peplos como un tejido grueso.
b) pliegues: contrastando con estos pliegues, que son más bien pequeños y cortos, vemos gran-des pliegues escarpados y profundos, cuya disposición crea sombras sobre todo gran-desde la cintu-ra hacia los pies. El contcintu-raste es fuerte. Estos pliegues se encuentcintu-ran a los lados de la estatua y además entre las piernas. Son pliegues que se destacan no solamente por su tamaño, sino también por el hecho de que corren en líneas casi rectas, ligeramente curvadas, ensanchán-dose continuamente hacia abajo. Los remates de estos pliegues son muy parecidos, acaban-do en una línea curvada horizontal. Hay variaciones como se ve en el pliegue entre las pier-nas, cuyo remate aparece doblemente, uno por encima del otro, siendo el de abajo menos hondo. En total, las korai de este tipo muestran una tendencia acentuada para enriquecer las superficies con un juego muy diferenciado de los pliegues, visible sobre todo en el kolpos, que muestra una variedad de formas, que contrasta con las grandes superficies creadas por el paño estirado del apoptygma por un lado, y de las piernas por el otro.
c) volumen: los volúmenes de los cuerpos son redondos, tanto en el aspecto general del cuer-po como en los detalles de las extremidades, es decir, en los brazos, senos y piernas. La rela-ción del paño con los miembros del cuerpo es ambiguo. Allí donde la representarela-ción del cuerpo ofrece grandes superficies, el paño se ciñe estrechamente a él, como si estuviera esti-rado directamente sobre la superficie de la epidermis, cuando en realidad no lo es, ya que por debajo del peplos la cariátide lleva vestido el chitón, como vimos. En las zonas, en las que no hay contacto directo con los miembros del cuerpo, como entre las piernas, parece que la textura de la indumentaria cambia, reflejando su carácter grueso y espeso.
Los elementos característicos del tipo B son (lám. 7, b):
a) paño y pliegues: una textura bastante más gruesa del paño, que de esta manera crea plie-gues anchos, lineales, pesados y difíciles de doblar. De hecho, se trata de una representación mucho más de acuerdo con la textura conocida del peplos (Schmidt, 1973, p. 8). Las aristas de los pliegues son aplanadas y anchas, bastante más geométricas, con una caída mucho más vertical, debido a su peso, y con distancias muy semejantes entre los pliegues, dándole un cierto ritmo. En ninguna parte del cuerpo se crea la impresión de que el peplos esté ceñido al cuerpo. Debido a su textura gruesa, los miembros del cuerpo femenino como los senos, bra-zos y piernas apenas son visibles debajo del paño. Tampoco hay variedad en la largura de los pliegues y casi no hay plegados cortos. El kolpos se caracteriza menos por la individualidad de sus pliegues que por su conjunto, que en sus detalles es repetitivo, con los pliegues for-mando unidades aisladas como si fueran cuerpos redondos marcados por el trépano con una ranura única.
b) volumen: debido a las características expuestas, no se distinguen bien los volúmenes de los miembros del cuerpo. En el tronco, los senos estan marcados, ya que de ellos cae el paño del apoptygma. También la pierna libre tiene volumen; se distingue de la pierna de apoyo inmediatamente porque es visible. La pierna de apoyo, sin embargo, se encuentra completa-mente envuelta en los pliegues verticales, dispuestos rígidacompleta-mente uno al lado del otro con
16 El uso extensivo de esta herramienta en las estatuas ha sido señalado por primera vez por Schmidt-Colinet, 1977, p. 42. 17 Se tratará de un estudio sobre las korés en las provincias romanas fuera de Italia, en la línea de las obras de Lauter, 1976;
Schmidt, 1973.
sus ranuras. La superficie de estos pliegues, sin embargo, no forma un bulto redondo, sino más bien una superficie aplanada como una pared, interpretando así de una forma muy está-tica la función que tiene de soporte arquitectónico.
De cara a las ocho estatuas descubiertas en Mérida hasta la fecha, podemos entonces proce-der a la siguiente distinción tipológica según el catálogo en el anejo:
Tipo A: n.º 1 y 2 (dos estatuas) Tipo B: n.º 3 a 8 (seis estatuas)
Nuestra observación mostró muy claramente las diferencias entre los tipos A y B. Se añade una
esencial, que es el uso del trépano16. Mientras que las estatuas del tipo A apenas reflejan el uso
de este aparato, estando ejecutadas las formas únicamente con el cincel, las del tipo B sí que lo documentan, y además de una forma extensa, visible sobre todo en los pliegues del kolpos y también en los pliegues cortos y estrechos del apoptygma y del peplos sobre las piernas.
Pero además de las diferencias, los dos tipos también muestran rasgos comunes (lám. 7). Veamos solamente la manera como los pliegues están ordenados en el pecho: formando un tipo de bolsas en forma de V, y seguidamente, por debajo, una serie de pliegues pendientes entre los senos cuya posición es absolutamente idéntica en ambas. Otro ejemplo son los plie-gues ceñidos a las piernas libres, de forma que originan grandes plieplie-gues pendientes que caen en forma curvada de fuera para dentro por encima de la rodilla. Estos rasgos comunes los encontramos todos en las korés del Foro de Augusto (Schmidt, 1973, p. 8 AF 1 Taf. 2 a), que a su vez utilizaron como prototipo las korai del Erecteión de Atenas. Como sabemos, no todas las figuras del Erecteión sirvieron como modelo para el Foro de Augusto, sino sola-mente las dos korés n.º 3-4 (Lauter, 1966, p. 11 con fig. en p. 8 letras C y D). De cara a las cariátides de Mérida, está claro que las korés del Foro de Augusto, u otras derivadas de éstas, deben de haber servido como modelo a ambos tipos emeritenses. No es éste el lugar para el estudio de las derivaciones estilísticas y de motivo sucesivas que tenemos que dejar para un momento posterior, ya que tendrá que incluir también aquellas korés existentes en otras
pro-vincias romanas17.
Walter Trillmich observó que la distinción de los dos tipos conlleva, además, una distinción de calidad, ya que el tipo A es cualitativamente bastante superior (Trillmich, 1987, p. 315). Veamos, pues, la cariátide de São Miguel da Mota (láms. 4-5). Sólo faltándole la cabeza y los brazos, se conserva casi entera, como las mejor conservadas de la capital lusitana. Después de haber observado atentamente los dos tipos emeritenses, inmediatamente nos salta a la vista que el ejemplar de São Miguel da Mota se compara directamente con el tipo A de Mérida (lám. 7 a). Tenemos la misma distribución de pliegues en las piernas, estando los ple-gados un tanto ceñidos a los miembros y al mismo tiempo un conjunto de pliegues largos y curvados muy juntos entre las piernas, con las distancias entre los pliegues muy parecidas, e incluso el detalle del mismo remate horizontal casi a la misma altura. Además, es perfecta-mente comparable la manera como el peplos se ciñe a los miembros en la zona de la cadera y debajo de los senos, donde el paño se ajusta de manera que los pliegues forman las mis-mas aristas estrechas constatadas en las cariátides del tipo A. Para finalizar, tampoco se nota el uso del trépano.
Pero también hay diferencias de motivo y de estilo. Así, por ejemplo, el motivo del pliegue central formando una especie de tubo o bolsa en el pecho entre los senos, no aparece en el ejemplar de Mérida, y el estilo de trabajo del kolpos del ejemplar de São Miguel da Mota resul-ta un resul-tanto voluminoso, comparable muy bien, a su vez, con el kolpos de la cariátide tipo B de Mérida. El hecho es destacable, porque de ello resulta una relación tanto con las figuras del tipo A como con las del tipo B de Mérida. La observación aproxima aún más las estre-chas similitudes entre los ejemplares de Mérida y de São Miguel da Mota. Sin embargo, hay que señalar, de cara a las korés emeritenses, que la cariátide de São Miguel da Mota se encuentra más cercana al modelo del Foro de Augusto en el hecho de que se trata de una estatua en bulto redondo.
II.5. Motivos
El gesto de los brazos y de las manos de las figuras emeritenses es distinto. De las cariátides suficientemente bien conservadas se puede deducir, claramente, que todas tienen un brazo bajado para agarrar el paño del peplos con la mano, y un brazo levantado para sujetar de esta forma el vaso que llevan encima de la cabeza (fig. 4 a-b). Mientras que las cariátides del tipo A levantan aquel brazo, que se corresponde con la pierna libre, las del tipo B levantan aquel que se corresponde a la pierna de apoyo (lám. 7). De esta forma, unas levantan el brazo dere-cho y, las otras, el brazo izquierdo. La observación se tuvo en cuenta a la hora de reconstruir el alzado del foro de mármol emeritense (fig. 3), reconstituyendo unas figuras en un lado y, las otras, en el otro (De la Barrera, 2000, plano 8), siguiendo una idea de W. Trillmich, quien propuso esos lugares, es decir, la colocación de las cariátides del tipo A en un ala y las del tipo B en otro ala del foro (Trillmich, 1987, p. 315). Pero también otros ritmos serían posi-bles, como la contraposición simétrica de una figura del tipo A con otra del tipo B por ejem-plo (Schmidt-Colinet, 1977, p. 42; Schmidt, 1982, p. 105). Desde luego, la colocación de las estatuas según una secuencia simétrica o rítmica entre izquierdas y derechas, es decir piernas libres y piernas de apoyo, es llamativa, exige un ritmo y una simetría, correspondiendo de esta forma tanto al modelo de uso de las korai en Atenas y en Roma, y fue el principal argu-mento a la hora de la reconstrucción del ático del Foro de Augusto en la Casa dei Cavalieri di
Rodi en Roma (Giglioli, 1955, p. 156).
La postura de los brazos de las korai emeritenses se encuadra en toda una serie de represen-taciones del motivo paralelas y está documentada en la plástica de Roma desde época augus-tea como expuso Maria Antonietta Tomei, invocando ejemplos procedentes de todos los géneros artísticos como son escultura, relieve y pintura (Tomei, 1990, p. 35 ss.).
De cara a la tipología de las cariátides/korés establecida por A. Schmidt-Colinet, las figuras emeritenses se encuadran en el tipo Karyatidenschema, que se destaca por la particularidad del motivo del levantamiento de uno de los brazos (Schmidt-Colinet, 1977, p. 35). Dentro de ese tipo, sin embargo, este autor destaca que las figuras emeritenses están completamente aisladas, ya que son las únicas que visten el peplos ático-jónico, usual, por otro lado, en las figuras del tipo Korenschema, al que pertenecen las korés del Foro de Augusto en Roma y del Erecteión de Atenas (Schmidt-Colinet, 1977, p. 42). Este tipo se destaca por el motivo de los dos brazos caídos y las manos libres. El hecho es llamativo, ya que documenta una penetra-ción mutua de las dos formas tipológicas en los ejemplares emeritenses, que les proporcio-na un carácter tipológico poco homogéneo, por no decir de un pasticcio.
18 Resulta imposible listar aquí las referencias bibliográficas todas de forma exhaustiva. Por eso limitamos las citas de una manera un tanto aleatoria, remitiendo, sin embargo a la literatura citada en estas obras: Bendala–Álvarez, 1995, p. 182; Trillmich, 1995, p. 276; Nogales, 1996, p. 116 con literatura en n. 9; Trillmich, 1996, p. 96; De la Barrera, 2000, p. 105 ss.; Mateos Cruz, 2001, p. 194; Álvarez–Nogales, 2003, p. 244.
II.6. Datación
Para una valoración adecuada de las cariátides tenemos que concentrar nuestra atención en el área de su contexto arquitectónico, ya que es a partir de ahí como obtienen su significado. Como expuso A. Schmidt-Colinet, encontramos cariátides del tipo Korenschema en contexto arquitectónico solamente en dos épocas, en la augustea y en la adrianea (Schmidt-Colinet, 1977, p. 25), siendo los máximos exponentes las figuras del foro de Augusto y de la Villa Adriana, ambas copias exactas del modelo del Erecteón en cuanto a tamaño, motivo y esti-lo. Para las figuras de Mérida, la arqueología últimamente ha seguido de una forma prácti-camente unánime la fecha claudio-neroniana propuesta por José Luis de la Barrera en su día
en base al encuadramiento cronológico de la decoración arquitectónica de ese foro (fig. 3)18.
Debido a ello, no se han tenido más en cuenta opiniones anteriores a la obra de José Luis de la Barrera, que divergían y que barajaban una datación augustea (Picard, 1955, p. 277; Trillmich, 1987, p. 315), posteriormente corregida para época flavia (Trillmich, 1994, p. 80 con n. 99), una fecha en época julio-claudio-flavia (Squarciapino, 1975, p. 58), una datación o bien julio-claudia o bien adrianea (Squarciapino, 1982, p. 43), o el mismo período adria-neo/antonino (Schmidt-Colinet, 1977, p. 42. 237 n.º W 56).
Consciente de seguir la aparente lectio dificilior, también nos inclinamos hacia una datación
de mediados del siglo IId.C. Los argumentos son distintos para cada tipo de cariátides. Para
el tipo A invocamos el argumento de la secura de las formas, de la cristalización de los plie-gues de modo que parecen hechos de metal, la apariencia “congelada” de la indumentaria, la preferencia de la forma pequeña (por ejemplo los pliegues amontonados a los lados de las estatuas y entre sus piernas) a expensas de la forma grande, es decir, de la figura entera. Para las figuras del tipo B señalamos el uso excesivo del trépano, que encontramos en los pliegues sobre todo en los cortos en toda la figura, especialmente en el kolpos, conforme expusimos más arriba. La obvia distancia entre los dos tipos de cariátides nunca planteó sorprendente-mente la pregunta hacia una distancia cronológica, en teoría pensable. La razón está por un lado en la pertenencia al mismo grupo escultórico evidente por las mismas medidas, mate-riales y la calidad de ser relieves y, por el otro, gracias a la ubicación de este grupo en Augusta
Emerita, en la capital de la lejana Lusitania, donde destaca por su singularidad. Las razones
son válidas, y de hecho no hay motivo para dudar de su contemporaneidad (Squarciapino, 1975, p. 58), sobre todo cuando los criterios de datación apuntan hacia una misma época, la adrianea/antonina, conforme defendemos. Para explicar la ejecución diferente de los gru-pos se han invocado artistas (Schmidt-Colinet, 1977, p. 42) o modelos (De la Barrera, 2000, p. 162) distintos, pero siempre residentes en Augusta Emerita (Squarciapino, 1982, p. 43).
Para justificar la fecha aquí propuesta hacia la mitad del siglo II. d.C., además de los
argu-mentos estilísticos expuestos hay otros. En su historia de las cariátides, A. Schmidt-Colinet expone que justamente en época adrianea se produce un cambio en la concepción de la figu-ra de soporte arquitectónico. Mientfigu-ras que en el Foro de Augusto en Roma las figufigu-ras se encuentran por delante de la pared manteniendo tanto la figura como la pared su identidad 720 Thomas G. Schattner, Amílcar Guerra y Carlos Fabião
19 Se encuadran en este contexto las famosas representaciones de provincias en el Hadrianeum en Roma (Schmidt-Colinet, 1977, p. 96), sobre éstas y su pendant en Córdoba, véase la aportación de A. Ventura en este volumen.
El caso de la representación de un “oriental” trabajado junto con un soporte en forma de pilar en el Foro de Caesarea
Mauretaniae fechado en época augustea (por último Landwehr, 2002, p. 102) parece contradecir la propuesta de
Schmidt-Colinet. Sin embargo, la datación es cuestionable, ya que el foro en sí es de época severa (Landwehr, 2002, p. 102). 20 Se trata de la cabeza n.º 379 del catálogo de De la Barrera, 2000, p. 107.
21 Kukahn pensó en una representación de Meter.
22 La observación plantea una serie de problemas, para cuyo estudio no es éste el lugar. Sobre todo se trata de un nuevo análisis de las cabezas de Amón y de Medusa de los clípeos emeritenses (por último De la Barrera, 2000, p. 158 ss.), que se hace necesaria, porque la datación propuesta en época claudia tiene una base estrecha (De la Barrera, 2000, p. 160:”...el conjunto de clípeos emeritenses no permite aventurar propuestas cronológicas definitivas”). Así, comparando la cabeza del famoso Pluto de época adrianea perteneciente al teatro de Mérida (García y Bellido, 1949, n.º 165 lám. 64; Squarciapino, 1982, p. 47, fig. 14) con la cabeza de Amón, a pesar de las diferencias, muestra sorprendentes similitu-des en el tratamiento de los mechones de la cabellera. Véase por ejemplo el hecho de disolver la masa cabellera en mechones aislados, siendo cada mechón constituido por guedejas pequeñas. Los mechones tienen forma de ganchos con las puntas enrolladas, muchas de ellas perforadas con trépano (compárese De la Barrera, 2000, lám. 89 a). Los mechones aislados se encuentran enmarcados en tres registros. Éstos están colocados de forma intermitente, etc. De ser correcta una fecha en época claudia para los clípeos, el Pórtico estaría completo en ese momento, faltándole solamen-te la colocación de las cariátides.
volumétrica, es decir, su bulto redondo en el caso de la cariátide, la época adrianea presenta la creación de la figura-pilar, es decir los dos elementos se funden formando una unidad (Schmidt-Colinet, 1977, p. 95). Es justamente eso lo que encontramos en las figuras, magis-tralmente reconstruidas en su contexto arquitectónico del Foro de Mármol por José Luis de la Barrera (fig. 3). En la cornisa que se encuentra por encima del arquitrabe están colocados los zócalos para las cariátides (fig. 4, b). Sus relieves se encuentran por delante de un pilar (visible en el dibujo-corte en De la Barrera, 2000, plano 2). Relieve y pilar forman
conjunta-mente una nueva unidad19. Entre los pilares están puestas las placas con la representación de
los clípeos. A pesar de las diferencias en la concepción, el intento de mantener la ilusión, de que el peso de la arquitectura lo soportan las cariátides, es un elemento característico tanto de la arquitectura augustea como de la adrianea. En realidad, en el caso del Foro de Augusto es una pared, en la que está insertado el capitel sobre la cabeza de la cariátide, y en el caso del Foro de Mármol es un pilar con una inserción del capitel idéntica.
Para finalizar la argumentación sobre la fecha adrianea/antonina de las cariátides emeriten-ses, remitimos a las observaciones de Erich Kukahn, quién en 1970 fechó la única cabeza,
hoy en día unánimemente atribuida a las cariátides20, en el siglo
IId.C. (Kukahn, 1969). Su
opinión hay que tomarla especialmente en serio, porque es independiente, ya que Kukahn,
en su día, no tenía conocimiento de la pertenencia de la cabeza a las cariátides21.
Las nuevas dataciones presentadas tienen consecuencias para la historia de la construcción
del Foro de Mármol, que de esta forma tiene una fase adrianea o de mediados del siglo II
d.C.; mejor dicho, la planta superior del ático se construiría o se acabaría en ese momento22.
Como de este ático no pervive ningún elemento arquitectónico fechable (De la Barrera, 2000, p. 184-188), no se produce un problema de colisión de fechas. El edificio debió por ello de permanecer incompleto desde su construcción en época claudia hasta su finalización en época adrianea/antonina. Una secuencia histórica semejante se produce en el teatro, que también recibe algunas de las estatuas solamente en época adrianea (Squarciapino, 1982, p. 47). Al mismo tiempo hay un taller trabajando en la producción de capiteles corintios (De la Barrera, 2000, p. 198 con n. 22-23). Puede ser que los ‘ajustes’ observados en passant en las cariátides por W. Trillmich, y que este autor califica de posteriores (Trillmich, 1994, p. 88 dis-cusión), como la reparación de plintos, y la ejecución de algún ejemplar en otro tipo de