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qi_:e a!:-arc2 divs;-sos ccminios, como la histOíia, la iingL1ística, la retórica '/ la filo.soffa política. Entre sus libros mé.s ccrocidos, cabe mencionar .1\11'!! hLtit cent qu2~·r1s-v/ngt-nauf: un S::e~ cfLJ c/isco;_/r3 soc/al, Le marxi.s;r1e
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metamorfosis
Traducción de Hilda H. García
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el discurso
social
los límites históricos
de lo pensable y
lo decible
selección y presentación a cargo de maría teresa dalmasso y norma fatala
~ siglo veintiuno
siglo veintiuno editores argentina, s.a. .
Guatemala 4824 (c1425suP), Buenos Aires, Argenuna
siglo veintiuno editores, s.a. de c.v. . _ .
Cerro del Agua 248, Delegación Coyoacán (04310), .D.F., Mex1co
siglo veintiuno de españa editores, s.a.
Sector Forestanº 1, Tres Cantos (28760), Madrid, España
AnO'enot, Marc
El discurso social. -la ed. - Buenos Aires : Siglo XXI Editores
Argentina, 2010. .
2 32 p.; 21x14 cm. -(Metamorfosis/ dir.: Carlos Altam1rano)
Traducido por: Hilda H. García ISBN 978-987-629-134-7
1. Ensayo Sociológico. I. García, Hilda H., trad. II. Título
CDD 301
© Marc Angenot
© de la Presentación: María Teresa Dalmasso y Norma Fatala © 20 lo, Siglo Veintiuno Editores S. A.
Dise1'ío de cubierta: Pe ter Tjebbes
Impreso en Artes Gráficas De!sur / / Alte. Solier 2450, Avellaneda,
enelmesdeagostode2010
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Hecho el depósito que marca la ley 11.723Impreso en Argentina// Made in Argentina
Índice
Presentación, María Teresa Dalmasso y Norma Fatala 9
Prefacio, Marc Angenot 13
EL DISCURSO SOCIAL
l. El discurso social: problemática de conjunto 2 l
2. Retorno al método 5 l
3. Funciones del discurso social 6 l
4.
Génesis de la modernidad8 5
TRES RECORRIDOS POR LA TOPOLOGÍA GLOBAL
5. Representar al proletariado: doctrinas del arte social y prácticas pictóricas
6. Gnosis, milenarismo e ideologías modernas
7. Nuevas propuestas para el estudio de
la argrunentación en la vida social
ITINERARIOS TEÓRICOS
8. Diálogo entre Laurence Guellec
y Marc Angenot
Bibliografía
Nota sobre los textos
95
129
159
217
227
Pre§entación
María Teresa Dalmasso y Norma Fatala
El origen de este libro, no en su contenido teórico, sino en tanto cosa impresa -y en cuanto hecho de traducción-, tiene que ver con el deseo de superar las limitaciones que el mercado global plantea a las producciones teóricas de comuni-dades científicas en cierta medida excéntricas, ya sea por pro-ducirse en áreas secundarias o marginales del canon mundial o en un idioma que no oficia de lingua franca del tráfico transna-cional.
Ese mercado que tan democrático se muestra en la prolifera-ción -insensata, a veces- de publicaciones tiene como correlato patrones bastante centralizados de difusión internacional, lo que deriva, generalmente, en el escaso conocimiento mutuo entre in-vestigadores que trabajan en latitudes otras.
La convocatoria de Carlos Altamirano para realizar una selec-ción de los trabajos de Marc Angenot ·con vistas a su publicación en una editorial del prestigio y la difusión de Siglo XXI nos pro-dujo la satisfacción de poder compartir con otros investigadores de habla hispana el impacto que su obra representó para noso-tras, hace ya varios años.
Para sus primeros lectores argentinos, la recepción de la teoría del discurso social de Angenot se vio en parte facilitada por ciertas coincidencias que presenta con el trabajo de Elíseo Verón: la con-sideración de los discursos como hechos sociales (como lugar de la producción social del sentido), la separación irreductible de es-tudios del discurso y lingüística, la centralidad acordada a la pro-ducción discursiva de la actualidad (distanciándose así de la fija-ción semiológica con la producfija-ción literaria).
1
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1 O EL DISCURSO SOCIAL
A diferencia de Verón, sin embargo, Angenot postula la posibi-lidad de identificar -más allá de la diversidad de manifestaciones que componen el vasto rumor social en un estado de discurso- un "conjunto de mecanismos unificadores y reguladores que aseguran a la vez la división del trabajo discursivo y un grado de homogenei-zación de las retóricas, las tópicas y las doxas transdiscursivas" al cual llama, siguiendo a Gramsci, hegemonía discursiva (Angenot, 1989: 22). De las múltiples consecuencias que se derivan de esta afirmación, la fundamental es que la hegemonía establece los lími-tes de lo decible y lo pensable en unas coordenadas sociohistóri-cas, por cuanto es imposible comprender la significación de cual-quier objeto si no es a la luz de la interacción simbólica global.
En ese marco, la histo1icidad de la producción de los campos discursivos que componen la topología global sólo puede pen-sarse en términos de una sincronía en tiempo real, de un estado de discurso que los excede y que impone, en términos analíticos, su desclausuramiento. Este "giro discursivo" tiene la peculiaridad de ofrecer a las ciencias sociales herramientas más eficaces para el procesamiento de sus objetos textuales que un giro lingüístico de-masiado centrado en intencionalidades y en esquemas contrafác-ticos que soslayan el funcionamiento efectivo de la discursividad social; pero, a la vez, impone a los estudios del discurso un aban-dono definitivo de la inmanencia. Así como la sociosemiótica de Verón (su teoría de los discursos sociales) se reivindica translingüís-tica, la pragmática sociohistórica concebida por Angenot es de vo-cación transdisciplinar (como dice a menudo el autor, el analista del discurso debe ser un poco sociólogo y un poco historiador). Por todo lo expuesto, no resulta sorprendente que Marc Angenot se transformara en una de las influencias fundamentales en el de-sarrollo de los estudios sociosemióticos en Córdoba. I Para ello, sin embargo, hubo que salvar el problema de la accesibilidad de la
1 Cátedra de Semiótica de la Escuela de Ciencias de la Información, Maestría en Sociosemiótica (CEA-UNC), Doctorado en Semiótica (CEA y FFyH-UNC), Programa de Investigación Discurso Social (CEA-UNC).
PRESENTACIÓN 11
obra, ya que no existía versión castellana de sus trabajos, excepto por una traducción que supervisó Nicolás Rosa, responsable de introducir a Angenot en las aulas argentinas.2 Nos propusimos,
entonces, traducir aquellas obras que nos parecían esenciales para comprender la teoría y su aplicabilidad. Se trataba, en aquel momento, de traducciones de circulación interna. En 1998 se pro-dujo un salto cualitativo, ya que la editorial de la Universidad Na-cional de Córdoba publicó un conjunto de nueve trabajos, reuni-dos bajo el título lnterdiscursividades. De hegemonías y disidencias (la
edición se agotó casi inmediatamente, y este año se reeditará una versión revisada).
Quedaba, no obstante, el proyecto de una difusión más amplia en la comunidad hispanohablante, orientada no sólo a los analis-tas del discurso, sino a los investigadores que, desde el dominio de la historia y de las ciencias sociales, intentan aproximarse al estu-dio de la discursividad social. Ése es el proyecto que este libro ha comenzado a realizar.
La selección fue concebida como un ingreso, aunque acotado, sustancial, a los desarrollos teóricos y analíticos que definen la tra-yectoria del autor. La primera parte comprende el capítulo inicial y las conclusiones del libro que condensa los aspectos más impor-tantes de su teoría del discurso: 1889. Un état de discours social.
La segunda parte incluye tres textos independientes que abor-dan distintos campos, lenguajes y modalidades discursivas. Elegi-dos fundamentalmente por sus diferencias, estos artículos testi-monian las articulaciones teóricas que permiten al investigador dar cuenta de los diversos objetos que construye en su vasta pro-ducción. "Representar al proletariado: doctrinas del arte social y
prácticas pictóricas" es una reflexión acerca de la aporética rela-ción entre arte y política, a partir de un recorrido por la produc-ción pictórica europea (1880-1940) y su recepproduc-ción en círculos
2 El destacado semiólogo rosarino, profesor de la Universidad Nacional de Rosario y de la Universidad de Buenos Aires, se doctoró en Literatura Comparada en la Universidad de Montreal, donde tomó contacto con la obra de Marc Angenot.
l 2 EL DISCURSO SOCIAL
progresistas. El análisis muestra cómo, más allá de sus conviccio-nes políticas, los artistas responden a las exigencias de un "arte so-cial", emanadas de las vanguardias socialistas y anarquistas, me-diante coartadas y desplazamientos que privilegian la gramática de producción del propio campo.
"Gnosis, milenarismo e ideologías modernas" es una contribu-ción crítica al debate planteado por una tradicontribu-ción intelectual que a lo largo del siglo XX ha sostenido la religiosidad encubierta de las ideas fundantes de la modernidad. El análisis de sus postulados permite al autor problematizar las explicaciones genealógicas del surgimiento de las ideas, para desplazar la cuestión hacia las res-tricciones que las condiciones sociohistóricas de inteligibilidad imponen a la producción discursiva del novum.
En "Nuevas propuestas para el estudio de la argumentación en la vida social", a su vez, el retorno de lo viejo, en este caso, la retó-rica, ofrece otro ingreso al devenir de las ideas. En relación con la pérdida de certezas definitivas, ya sean científicas o dogmáticas, el renacimiento de la retórica, sostiene Angenot, sucede bajo el signo de una resemantización radical: ya no se tratará del aprendizaje del arte de debatir, sino del "estudio del discurso en la sociedad desde el ángulo de la argumentación". Esta inversión del enfoque lo lleva a discutir, por una parte, las premisas de racionalidad pro-venientes de la lógica natural y, por otra, la modelización que la ar-gumentación jurídica ejerció sobre los estudios retóricos, moti-vando la aplicación a todos los discursos argumentativos de pautas que eran idiosincrásicas de ese campo, como la normatividad y la exclusión del pathos.
El "Diálogo" con Laurence Guellec derra el volumen. Allí, Marc Angenot hilvana su trayectoria intelectual, las investigacio-nes en curso y los proyectos inmediatos, lo cual tiene la doble vir-tud de poner en relación las indagaciones parciales y el desplaza-miento de los focos de interés con las tesis generales; a la vez que ofrece referencias sobre líneas de trabajo que, confiamos, futuras publicaciones se encargarán de difundir.
Prefacio
Es sumamente grato para mí presentar al público ar-gentino, y al hispanohablante en general, un conjunto estructu-rado de estudios que he consagestructu-rado a la teoría del discurso so-cial y a cuestiones fundamentales de historia de las ideas, análisis del discurso y retórica de la argumentación. Hace más de veinte años que trabajo en estos temas (remontándome a Mil huit cent
quatre-vingt-neuf un état du discours social [1889: un estado del
dis-curso social], extensa obra publicada en 1989), y a lo largo de este tiempo he reflexionado mucho sobre las problemáticas, conceptos y métodos apropiados para esas disciplinas -que, se-gún creo, deben conformar un todo indisociable-, desárro-llando principalmente investigaciones en un sector específico: la historia de las ideologías políticas y de los "grandes relatos" de la modernidad.
Sé que América Latina -y especialmente la Argentina- alberga importantes y lúcidos investigadores, que se ocupan de proble-máticas cercanas a las mías, y espero que la publicación de esta obra sea la ocasión para una confrontación fructífera de nuestro trabajo.
Esta confrontación se ve dificultada por una razón banal y muy
conocida. En el vasto campo, importante pero mal señalizado,
que trata las "ideas", los "discursos", las "representaciones" que circulan en una determinada sociedad (así como las "mentalida-des" y los "mitos sociales"), hay una abundancia de palabras-algu-nas se remontan a Aristóteles, como "lugar común", otras a Des-tutt de Tracy, a través de Kad Marx, como "ideología"- que se superponen confusamente, admitiendo variadas definiciones, y los investigadores las emplean indistintamente. En efecto, en el
1 4 EL DISCURSO SOCIAL
c::impo en el que trabajo y en el que este libro se inscribe, encor.-tramos filósofos, historiadores, politólogos, gente que proviene de diversas ciencias sociales, literatos, filólogos y lingüistas. Son inves-tigadores que navegan en barcos de diferentes banderas y que
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cuentan, a partir de la diversidad de su formación, conherra-mientas nocionales heterogéneas y lenguajes conceptuales que parecen intraducibles entre sí.
Por mi parte, prefiero llamarme "analista del discurso". El histo-1iador de las ideas tradicional -con, sus individualidades creativas y
sus "diálogos en la cumbre", con sus encadenamientos de "in -fluencias" de un pensamiento individual a otro, con una especie de biologismo ingenuo por el cual los pensamientos emergentes aparecen como genotipos que encierran ab ovo su porvenir, su de-sarrollo y su desenlace- no me satisface más que los partidarios de una retórica intemporal y normativa que ha cumplido su ciclo. Quien se dice analista del discurso, por formación lexicológica, lingüística, narratológica, retórica, es lógicamente sensible a la materialidad de aquello que se transmite a través del lenguaje oral
o impreso (o cinemático, o digital) -a las palabras, a las figuras, a los esquemas de argumentos, a los topoi y a los microrrelatos que dan cuerpo a las "ideas"-. En principio, el analista del discurso no fantasea con un Sentido y una Intención que trasciendan las pala-bras, los lenguajes
y
los esquemas argumentativosy
narrativos,y
tampoco atraviesa un archivo -como haría el historiador tradicio-nal- como si éste fuera un vector transparente de informaciones sobre el mundo empírico.
No creo que debamos afligirnos por la situación babélica evo-cada, que es frecuente y sin duda insuperable en las ciencias hu-manas; sin embargo, es conveniente buscar un terreno de acuerdo sobre principios fundamentales. Presento aquí los míos. El analista del discurs()/historiador de las ideas se ocupará de describir y explicar las regularidades en lo que se dice,. se esc1ibe, se fija en imágenes y artefactos en una sociedad. En las:
ésqÜeniáúza-~
io~es
que narran y argumentan y que, en un deterrniñaaoeifraé:lo de la sociedad, están dotadas de inteligibilidad y aceptabilidad y ¡:>arecen esconder "encantos" particulares, el analista intentará ;dentificar funciones y apuestas [enjeux] sociales. Las prácticasdis-PREFACIO 15
cursivas son hechos sociales y, en consecuencia, hechos históricos. 1 El analista ve en lo que se escribe y se difunde en una sociedad dispositivos que funcionan independientemente de los usos que cada individuo les atribuye, que existen fuera de las conciencias individuales y que están dotados de un poder social en virtud del cual se imponen a una colectividad, con un margen de variacio-nes, y se interiorizan en las conciencias. Ésta es, aplicada a lo con-ceptual-discursivo, la definición misma de h~~ho socia.l según Émile Durkheim.
Contrariamente a los manuales de retórica que abordan los ra-zonamientos, deducción e inducción, como fenómenos intempo-rales regulados por normas eternas, yo estudio especialmente la argumentación (que es inseparable de otros mecanismos de puesta en discurso) como un hecho histórico y social. La historia retórica es el estudio de la variación histórica y sociológica de los tipos de argumentación, los medios de prueba, los métodos de persuasión. De allí que yo atribuya a la palabra "razonable" un sentido relativo: este término se refiere al conjunto de los esque-mas persuasivos que han sido aceptados en alguna parte y en un mamen to dado o que son aceptados en un medio particular, en una determinada comunidad ideológica, como sagaces y convin-centes, mientras que, al mismo tiempo, son considerados como "aberrantes" en otros sectores o en otros momentos.
Huelga decir que los discursos, las creencias vinculadas a ellos y
las ideas aparecen y evolucionan con la historia como telón de fondo: la posibilidad misma de conferirles una significación, tanto como su influencia, son historia. Las ideas que se estudian son las que los seres humanos se hacen de algo en un tiempo determi
-nado: por ejemplo, la locura, la enfermedad mental, la sexualidad para Michel Foucault, ideas cambiantes que serán algún día
deva-luadas y cuyo análisis no apunta a descubrir una cosa-en-sí
trascen-1 No me parece problemático adoptar, para el estudio del siglo XX, la categoría de "discurso" en un sentido amplio, capaz de incluir todos los dispositivos y géneros semióticos -la pintura, la iconografía, la fotografía, el cine y los medios masivos-susceptibles de funcionar como un vector de ideas, representaciones e ideologías.
16 EL DISCURSO SOCIAL
dente respecto de esas ideaciones sucesivas. Una idea siempre es histórica: no se puede tener cualquier idea, creencia u opinión, mantener cualquier '~pr_9grama de verdad"2 en cualquier época y
en cualquier cultura. En cada época, la oferta se limita a un con-junto restringido, con predominancias, conflictos y emergencias.
Lm "espúitus audaces" siempre lo son a la manera de su tiempo. Las ideas nuevas no provienen naturalmente de la Observación y de la Reflexión. Por cierto, no existe un misterioso espíritu de la época que impregnaría a los seres humanos, sino que _hay siempre
líip._it~s aceptablemente rigurosos de lo pensable, límites invisibles,
i~perceptibles para aquellos que están adentro, a lo sumo con un margen par<:5º-U!_Cciones y alteraciones. En todas las épocas reina u:g_achegemonf; de lo pensable (no una coherencia, sino una .cointeligibilidad), burbuja invisible dentro de la cual los espí-ritus curiosos y originales están encerrados al igual que los confor-mistas, situación en la que ninguno dispone de una estimación del potencial futuro y de las mutaciones de los tópicos y de los pa-radigmas disponibles.
Éste es el axioma: no hay historia "material'', concreta, econó-mica, política o militar sin ideas inextricables puestas en discurso, que informan las convicciones, las decisiones, las prácticas y las ins
-tituciones, a las que a menudo se subordinan los intereses "con-cretos" y que procuran a la vez a los actores un mandato de vida y el sentido de sus acciones. A este respecto, "toda la historia es his-toria de las ideas", como postula el axioma de Robín C. Colling-wood, fundador inglés de la disciplina. (Lo cual no implica que las ideas, para poder desempeñar un determinado papel, no en-cuentren disposiciones, intereses, pasiones ya exacerbadas, un "te-rreno" sin el cual no germinarían.) Todo historiador de las ideas supone, de alguna manera ingenua o sutil, mediada y matizada, que al comienzo de los grandes dramas históricos y de las grandes rupturas de los dos siglos modernos (la Revolución Francesa es el caso emblemático de un Acontecimiento largamente "preparado" por las ideas) hubo un movimiento de ideas que siempre se inició
2 El concepto corresponde a Paul Veyne (1983).
PREFACIO 17
a partir de pensadores aislados, a veces marginales y ridiculizados (como los socialistas utópicos que tanto hacen reír a las pequeñas gacetas en tiempos del rey Luis Felipe), para luego difundirse y apoderarse de las masas que harán el "Acontecimiento".
Por cierto, el axioma que acabo de enunciar es el que distingue al grupo de investigadores que reivindico, cualquiera sea la etiqueta con la que definan su actividad. Por el contrario, este axioma en-frenta la hostilidad de muchos historiadores "comunes" para quie-nes lo que ellos llaman "ideas puras" no son algo suficientemente tangible y concreto y que, por ejemplo -ironiza por su parte el his-toriador de las ideas-, sólo consienten en ver el comienzo del fas-cismo cuando éste se organiza alrededor de 1920 en squadre, incen-dia las casas del pueblo y hace reinar el terror, pero no ven nada que pueda dimensionarse históricamente cuando el movimiento está todavía en ideas en los escritos de Corradini, d'Annunzio, Gio-vanni Gentile, Maurice Barres o Georges Sorel.
El analista que suscriba este axioma de la socialidad y de la his-toricidad arribará necesariamente a la vasta pregunta, ineludible y compleja, con la cual tropezaron historiadores y sociólogos a lo largo de la modernidad: ¿qué papeljuegan, precisamente, las ideas y los discursos, ciertas ideas y discursos, en la "historia concreta"? Las ideas y los discursos de ideas examinados por el historiador nunca son estudiados en tanto tales, fuera de su "rol", y a menudo ese rol es muy posterior a su aparición. Por otra parte, no hay mo-vimientos sociales, ni práctica social, ni institución sin un discurso de acompañamiento que les confiera sentido, que los legitime y que disimule parcialmente, en caso de que sea necesario, su función efectiva. Las ideas que predominan en un momento dado son, a la vez, el producto de una larga histoiia y -esta perspectiva corrige el punto de vista genealógico- deben estar inscriptas en "contex-tos" sucesivos, en medios e instituciones que las adoptan, las adap-tan y hacen algo con ellas. Michel Foucault (y otros) han trabajado especialmente la historia de los discursos eruditos puestos al servi-cio de poderes de control, es decir, en contacto con otras prácti-cas que los instrumentalizan.
Por otra parte, en la medida en que los discursos son hechos históricos, se los ve nacer, alterarse y descomponerse, devaluarse;
r
1. El discurso social: problemática
de conjunto
Hay cosas que todos dicen porque fueron dichas alguna vez.
MONTESQUIEU, Consideraciones sobre las causas de la grandeza de los romanos y de su decadencia
Al pensar en lo que se decía en su pueblo, y
que había hasta en las antípodas otros Coulon, otros Marescot, otros Foureau, sentían pesar sobre ellos la tierra entera. FLAUBERT, Bouvard y Pécuchet
Una conducta le parece familiar: descubra que es algo insólito. En lo cotidiano, discierna lo inexplicable. Detrás de la regla establecida, descubra lo absurdo.
BRECHT, La excepción y la regla
EL DISCURSO SOCIAL
El discurso social: todo lo que se dice y se escribe en un estado de sociedad, todo lo que se imprime, todo lo que se habla públicamente o se representa hoy en los medios electrónicos.
Todo lo que se narra y argumenta, si se considera que nmTary
ar-gumentar son los dos grandes modos de puesta en discurso. O más bien podemos llamar "discurso social" no a ese todo em
-pírico, cacofónico y redundante, sino a los sistemas genéricos, los repertorios tópicos, las reglas de encadenamiento de enunciados que, en una sociedad dada, organizan lo decible-lo narrable y
opi-; nable- y aseguran la división del trabajo discursivo. Se trata enton-ces de hacer aparecer un sistema regulador global cuya naturaleza
1 8 EL DISCURSO SOCTAL
y con ellos, las grandes convicciones y los entusiasmos que suscita-ban. El historiador de las ideas está constantemente confrontado con la obsolescencia de lo convincente y de lo racional y con los interrogantes y perplejidades que resultan de esta constatación. El pasado, lejano y reciente, es un vasto cementerio de ideas muertas producidas por personas también muertas, ideas que fueron consi-deradas, en otros tiempos, convincentes, demostradas, incluso evi-dentes, y también importantes, admirables, movilizadoras ... Las ideas con las que trabaja el historiador de las ideas han sido consi-deradas como creíbles, bien fundadas, sólidas y, en el momento en que se las estudia, están devaluadas o en vías de estarlo. Ideas que también son consideradas bellas y nobles se han convertido en sospechosas a posteriori (es el caso, según la doxacontemporá-nea, de la idea comunista). Ideas en su tiempo efectivas, convin-centes, estructurantes, que se volvieron vanas y estériles. Ideas muertas o mustias, ideas que un día ya no son "más que palabras". Éstas son las grandes cuestiones, inagotables y apasionantes, so-bre las que trabajo, y que abordo al mismo tiempo que otros pro-blemas de historia intelectual y cultural en los ensayos que aquí se presentan.
MARC ANGENOT, mayo de 2010
PRIMERA
PARTE
r
22 EL DISCURSO SOCIAL
no se ofrece inmediatamente a la observación, reglas de
produc-ción y circulaproduc-ción, así como un cuadro de productos.
Lo que yo propongo es tomar en su totalidad la producción
so-cial del sentido y de la representación del mundo, producción
que presupone el "sistema completo de los intereses de los cuales
una sociedad eslá cargada" (Fossaert, 1983a: 331). Así, pienso en
una operación radical de desclausuramiento que sumerja los
cam-pos discursivos tradicionalmente investigados como si existieran
aislados y fueran autónomos (la literatura, la filosofía, los escritos
científicos) en la totalidad de lo que se imprime y se enuncia
ins-titucionalmente. Tengo la intención de tratar de lleno, si puedo decirlo así, la enorme masa de los discursos que hablan, que
ha-cen hablar al socius y llegan al oído del hombre en sociedad. Me
propongo recorrer y balizar la totalidad de este vasto rumor
donde se encuentran los lugares comunes de la conversación y
las bromas de café, los espacios triviales de la prensa, del perio-dismo, de los doxógrafos de "la opinión pública", así como las for-mas etéreas de la búsqueda estética, la especulación filosófica y la
formalización científica; donde existen tanto los eslóganes Y las
doctrinas políticas que se enfrentan estruendosa1nente como los
murmullos periféricos de los grupúsculos disidentes. En un
mo-mento dado, todos esos discursos están provistos de
aceptabili-dad y encanto: tienen eficacia social y públicos cautivos, cuyo
ha-bitus dóxico conlleva una permeabilidad particular a esas influencias, una capacidad de apreciarlas y de renovar su necesi-dad de ellas.
Tomo como objeto concreto, a fin de ilustrar y validar esta
refle-xión sobre el discurso social, la totalidad de la "cosa impresa" en
francés (o, al menos, un muestreo i:nuy extenso de ella)
produ-cida en el curso de un año: 1889. Se trata de establecer un corte
sincrónico arbitrario para describir y dar cuenta de lo escribible
de esa época. Más adelante explicaré los motivos de esta elección.
En todo caso, esta empresa no apunta solamente a producir
una descripción, un cuadro de los temas, los géneros y las
doctri-nas de una época (aunque tal descripción presentaría en sí misma
cierto interés). Supone la construcción de un marco teórico y de enfoques interpretativos que la organización del material
recolec-EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 23
tado presuntamente ha de ilustrar y justificar. Y supone en
espe-cial el hecho de llegar a dar una consistencia teórica a la noción de "discurso social" ya mencionada.
Me parece pertinente, antes de comenzar con el análisis del
dis-curso social en 1889, exponer primero la problemática de
con-junto, tarea que se anticipa, por cierto, al resto del texto, ya que
las nociones y las tesis que van a formularse se construyen a partir
de la reflexión sobre el corpus estudiado, así como sobre los
obs-táculos y las dificultades encontradas.
Hablar de discurso social es abordar los discursos como hechos
sociales y, a partir de allí, como hechos históricos. También es ver,
en aquello que se escribe y se dice en una sociedad, hechos que
"funcionan independientemente" de los usos que cada individuo les atribuye, que existen "fuera de las conciencias individuales" y
que tienen una "potencia" en virtud de la cual se imponen. En
consecuencia, mi perspectiva retoma lo que se narra y se
argu-menta, aislado de sus "manifestaciones individuales", y que sin embargo, no es reducible a lo colectivo, a lo estadísticamente
di-fundido: se trata de extrapolar de esas "manifestaciones
individua-les" aquello que puede ser funcional en las "relaciones sociales",
en lo que se pone en juego en la sociedad y es vector de "fuerzas
sociales" y que, en el plano de la observación, se identifica por la
aparición de regularidades, de previsibilidades. En ese proyecto
de un análisis de los discursos como productos sociales, el lector
habrá reconocido un eco de los p1incipios de Durkheim ( [ 1895],
1968).
El discurso social -si acaso tiene alguna relación con la lengua
·normativa, la "lengua literaria" de una sociedad- no tiene relación con la "lengua" de los lingüistas. Si bien el discurso social es la
me-diación necesaria para que el código lingüístico se concrete en
enunciados aceptables e inteligibles, la perspectiva sociodiscursiva
permanece heurísticamente alej~da del ámbito de la lingüística.
Ambas perspectivas parecen irreconciliables, y el análisis de los
lenguajes sociales es antagonista (como, según mi parecer,
de-muestra toda la investigación contemporánea) de la descripción
de "la lengua" como un sistema cuyas funciones sociales deben
24 EL DISCURSO SOCIAL
discurso social, al igual que el "código" lingüístico, es aquello que
ya está allí, aquello que in-forma el enunciado particular y le con-fiere un estatus inteligible.
Porque todo discurso concreto (enunciado) descubre siempre el objeto de su orientación como algo ya especi-ficado, cuestionado, evaluado, envuelto, si así pudiera decirse, por una bruma ligera que lo oscurece o, al con-trario, como algo esclarecido por palabras ajenas a su propósito. Está envuelto, penetrado por las ideas genera-les, las perspectivas, las apreciaciones y las definiciones de otros. (Bajtín, 1978: 100)
UNA INTERACCIÓN GENERALIZADA
A primera vista, el vasto rumor de los discursos sociales da la im-presión de barullo, de cacofonía, de una extrema diversidad de temas, opiniones, lenguajes, jergas y estilos; es en esa multiplici-dad, en esa "heteroglosia" o "heterología" donde se ha detenido fundamentalmente el pensamiento de Bajtín. Este autor acentúa unilateralmente la fluidez, la desviación creativa hacia una repre-sentación de lo social como un lugar donde las conciencias ("res-pondientes" y dialogizadas) están en constante interacción, un lugar en el que las legitimidades, las jerarquías, las restricciones y las dominantes sólo se consideran en la medida en que propor-cionan material a la heteroglosia y, en el orden estético, al texto polifónico. Nosotros no podemos seguir a Bajtín en este "mito democrático" (Bessiere): lo que trataremos de hacer es exponer las contradicciones y las funciones, no para describir un sistema estático, sino aquello que llamaremos una he!Jemonía, entendida como un conjunto complejo de reglas prescriptivas de diversifica-ción de lo decible y de cohesión, de coalescencia, de integración.
i
El discurso social no es ni un espacio indeterminado donde las diversas tematizaciones se producen de manera aleatoria, ni una yuxtaposición de sociolectos, géneros y estilos encerrados en susEL DISCURSO SOCIAL: PROBLEM • .\TICA DE CONJUNTO 25
propias tradiciones, que evolucionan según sus propias pautas in-ternas. Por eso, hablar del discurso social será describir un objeto
compuesto, formado por una serie de subconjuntos interactivos, de migrantes elementos metafóricos, donde operan tendencias he-·
gemónicas y leyes tácitas.
Sin embargo, retendremos la tesis de Bajtín que sostiene una
interacción generalizada. Los géneros y los discursos no forman complejos recíprocamente impermeables. Los enunciados no de-ben tratarse como "cosas", como mónadas, sino como "eslabones" de cadenas dialógicas; no se bastan a sí mismos, son reflejos unos de otros, están "llenos de ecos y de recuerdos", penetrados por "vi-siones del mundo, tendencias, teorías" de una época. Aquí se es-bozan las nociones de intertex~U:!!.li~a.ef (como circulación y trans- -formación de ideologemas, es decir, de pequeñas unidades significantes dotadas de aceptabilidad difusa en una doxa dada) y de interdiscursividad (como interacción e influencia mutua de las axiomáticas del discurso). Estas nociones convocan a la investiga-ción de reglas o de tendencias, en absoluto universales, pero capa-ces de definir e identificar un estado determinado del discurso so-cial. Ellas invitan a ver de qué manera, por ejemplo, ciertos ideologemas deben su aceptabilidad a una gran capacidad de mu-tación y reactivación, al pasar de la prensa de actualidad a la no-vela, o al discurso médico y científico, o al ensayo de "filosofía so-cial", etc.
Mi proyecto busca sacar a la luz esta interdiscursividad genera-lizada de fines del siglo XIX, y volver a poner en comunicación ló-gica y temática los espacios sublimes de la reflexión filosófica y la literatura audaz e innovadora con el campo trivial del eslogan po-lítico, la canción de café concert, y la comicidad de las revistas sa-tíricas, de las bromas sobre los militares y de las "gacetillas" de la prensa popular.
Lo que se enuncia en la vida social acusa estrategias por las que el enunciado "reconoce" su posicionamiento en la economía dis-cursiva y opera según este reconocimiento; el discurso social, como unidad global, es la resultante de esas estrategias múltiples, aunque no aleatorias.
26 EL DISCURSO SOCIAL
ALEGORESIS, INTERLEGIBILIDAD
El efecto de "masa sincrónica" del discurso social sobredeter-mina la legibilidad de los textos particulares que forman esa
masa. A la lectura de un texto dado se superponen vagamente otros textos que ocupan la memoria, por un fenómeno
aná-logo al de la remanencia retiniana. Esta sobreimposición se
llama, en los discursos sociales antiguos y clásicos, alegoresis: proyección centrípeta de los textos de toda la red sobre un texto-tutor o un corpus fetichizado (Zumthor; Survin). Fenó-menos análogos se produ_cen en los discursos modernos, por una necesidad estructural que resulta de la organización topo-lógica de los campos discursivos.
La interlegibilidad asegura una entropía hermenéutica que hace leer los textos de una época (y los de la memoria
cultu-ral) con cierta estrechez monosémica, que escotomiza la natu-raleza heterológica de ciertos escritos, anula lo inesperado y re-duce lo nuevo a lo previsible. Las "nuevas ideas" corren el riesgo de pasar inadvertidas porque se abordan en un marco preconstruido que desdibuja aquello que se presta a una lec-tura "diferente".1
1 Un ejemplo agradable de relectura, en coyuntura, de una obra del
pasado: una obra de Dumas padre, en medio de Ja campaña electoral de enero de 1889:
El martes pasado entré en la Comédie Franraise. Todos los abonados, en los palcos, sólo tenían una palabra en la boca:
-¡Pero ésta es la historia del general y del presidente! Y se manifestaban a favor o en contra del duque de Guisa y a favor o en contra de Enrique III, según fueran o no partidarios de Boulanger. Lo cómico era que los republicanos, en los entreactos,
se declaraban a favor del rey, mientras que los realistas apoyaban al duque, jefe de la Liga ... de los Patriotas. ¡Quién hubiera imaginado que habría tantas alusiones en un drama de Dumas padre! (Ilustración, 12.1: 26)
EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 27
FORMAS Y CONTENIDOS
La primera consecuencia de nuestro enfoque es no disociar ja-más el "contenido" de la "forma", lo que se dice y la manera ade-cuada de decirlo. El discurso social une "ideas" y "formas de ha-blar" de manera que a menudo basta con abandonarse a una fraseología para dejarse absorber por la ideología que le es inma-nente. Si cualquier enunciado, oral o escrito, comunica un
"men-saje", la forma del enunciado es medio o realización parcial de
ese mensaje. Se puede pensar en las fraseologías de los lenguajes canónicos, en los clichés eufóricos ("Todos los franceses que se
preocupan por la dignidad y el honor del país estarán de acuerdo en ... ").2 Los rasgos específicos de un enunciado son' marcas de una condición de producción; de un efecto y de una función. El uso para el cual un texto fue elaborado puede ser re-conocido en su organización y en sus elecciones lingüísticas (Gri-vel, 1973: 7).
TODO ES IDEOLOGÍA
Como se ve claramente, ya no se trata de oponer "ciencia" y "lite-ratura" a la ideología, impostora y engañosa. Porque la ideología ~
está en todas partes, en todo lugar, y la palabra misma "ideología"
deja de ser pertinente en el sentido de que, al seguir el camino que guiaba la reflexión hacia una semiótica sociohistórica,
mu-chos investigadores han llegado a hacer suya la proposición
inau-gural de Marxismo y filosofía del lenguaje (1929): todo lenguaje es
ideológico, todo lo que significa hace signo en la ideología. Cito a
Baj tín/Volóshinov:
28 EL DISCURSO SOCIAL
El ámbito de la ideología coincide con el de los signos: se corresponden mutuamente. Allí donde se encuentra el signo, se encuentra también la ideología. (Baj-tín/Volóshinov [1929], 1977: 27)
"Todo lo que se analiza como signo, lenguaje y discurso es ideoló-gico" significa que todo lo que puede identificarse allí, como los tipos de enunciados, la verbalización de los temas, los modos de estructuración o de composición de los enunciados, la gnoseolo-gía subyacente en una forma significante, todo eso lleva la marca de maneras de conocer y de re-presentar lo conocido que no van de suyo, que no son necesarias ni universales, y que conllevan apuestas [enjeux] sociales, manifiestan intereses sociales y ocupan una posición (dominante o dominada, digamos, aunque la topo-logía a describir sea más compleja) en la economía de los discur-sos sociales. Todo lo que se dice en una sociedad realiza y altera modelos, preconstructos (todo un ya-allí que es un producto so-cial acumulado). Toda paradoja se inscribe en la esfera de in-fluencia de una doxa. Un debate sólo se desarrolla apoyándose en una tópica común a los argumentos opuestos. En toda sociedad, la masa de discursos -divergentes y antagónicos- engendra un de-cible global más allá del cual sólo es posible percibir por anacro-nismo el "noch-nicht Gesagtes'', lo aún no-dicho (para citar aquí a Ernst Bloch).
HEGEMONÍA
El solo hecho de hablar del discurso social en singular (y no evocar simplemente el conjunto contingente de los discursos sociales) im-plica que, más allá de la diversidad de los lenguajes, de la variedad de las prácticas significantes, de los estilos y de las opiniones, el in-vestigador puede identificar las dominancias interdiscursivas las maneras de
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lla-EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 29
mará hegemonía.3 La hegemonía completa, en el orden de la "ideo-logía", los sistemas de dominación política y de explotación econó-mica que caracterizan una formación social. En relación dialéctica
con las diversificaciones del discurso (según sus destinatarios, sus grados de distinción, su posición topológica ligada a un determi-nado aparato), es posible postular que las prácticas significantes que coexisten en una sociedad no están yuxtapuestas, sino que for-man un todo "orgánico" y son cointeligibles, no solamente porque allí se producen y se imponen temas recurrentes, ideas de moda, lugares comunes y efectos de evidencia, sino también porque, de manera más disimulada, más allá de las temáticas aparentes (e in-tegrándolas), el investigador podrá reconstituir reglas generales de
lo decible y de lo escribible, una tópica, una gnoseología, determi-nando, en conjunto, lo aceptable discursivo de un~ época. En cada sociedad -con el peso de su "memoria" discursiva, la acumulación de signos y modelos producidos en el pasado para estados anterio-res del orden social- la interacción de los discursos, los inteanterio-reses que los sostienen y la necesidad de pensar colectivamente la nove-dad histórica producen la dominancia de ciertos hechos semióti-cos -de "forma" y de "contenido"- que sobredeterminan global-mente lo enunciable y privan de medios de enunciación a lo impensable o lo "aún no dicho" (que no se corresponde' de nin-gún modo con lo inexistente o lo quimérico).
La hegemonía que abordaremos aquí es la que se establece en el discurso social, es decir, en la manera en que una sociedad dada se objetiva en textos, en escritos (y también en géneros orales). No la consideraremos un mecanismo de dominio que abarcaría toda la cultura, que abarcaría no sólo los discursos y los mitos, sino también los "rituales" (en un sentido amplio), la semantiza-ción de los usos y las significaciones inmanentes a las diversas prácticas materiales y a las "creencias" que las movilizan. Sin duda, la hegemonía discursiva sólo es un elemento de una hegemonía cultural más abarcadora, que establece la legitimidad y el sentido
30 EL DISCURSO SOCIAL
de los diversos "estilos de vida'', de las costumbres, actitudes y "mentalidades" que parecen manifestar. Más adelante expongo
las razones por las cuales me parece pertinente aislar el análisis de
los discursos sociales del resto de lo que en la cultura produce
sentido y por lo que la sociedad se manifiesta organizada y
axiolo-gizada.
Hago una aclaración: no llamo "hegemonía" al conjunto de los
esquemas discursivos, temas, ideas e ideologfas que prevalecen, predominan, o tienen el más alto grado de legitimidad en el
dis-curso social global o en alguno de sus actores. La hegemonía es,
más bien, el conjunto de los "repertorios" y reglas y la topología
de los "estatus" que confieren a esas entidades discursivas
posicio-nes de influencia y prestigio, y les procuran estilos, formas, micro-,
rrelatos y argumeritos que contribuyen a su aceptabilidad. Puede
suceder que, para abreviar, se diga que tal temática, tal
fraseolo-gía, t:il conjunto discursivo son "hegemónicos". Esto es manifestar
en términos simplificados el hecho de que esas entidades
aprove-chan la lógica hegemónica para imponerse y difundirse. La hege-monía designa entonces un grado más elevado de abstracción que
la descripción de los discursos. Mutatis mutandis, ella es a las
pro-ducciones discursivas y dóxicas lo que los paradigmas (de Kuhn)
o las epistemes (de Foucault) son a las teorías y las doctrinas
cien-tíficas que prevalecen en una época dada: un sistema regulador '
, que predetermina la producción de formas discursivas concretas. ,
Decir que tal entidad cognitiva o discursiva es dominante en
una época dada no implica negar que está inserta en un juego en
el que existen múltiples estrategias que la cuestionan y se oponen
a ella, alterando sus elementos. En este sentido -pongo un
ejem-plo banal-, en 1889 hay una cierta censura sobre el sexo y sus
re-presentaciones (aunque no puedo esbozar sus características en
pocas líneas). No obstante, esta misma censura permite que el
li-bertinaje "bien escrito" de Catulle Mendes, la apología de
boule-vard de las cocottes y del París de los placeres, o las audacias
oscura-mente sublimadas de la innovadora novela naturalista o
modernista se manifiesten, adquieran prestigio a los ojos de algu
-nos y tematicen, en cierto modo, sus transgresiones. La
hegemo-nía es lo que engendra a la vez el sexo "victoriano" reprimido y su
EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 31
cortejo de "transgresiones" y "audacias". Porque a la hegemonía
se une la legibilidad, el interés-de-lectura, Catulle Mendes y
Ra-childe, por más audaces que fueran, son tan "ilegibles" hoy como
los trabajos llenos de autoridad del Dr. Garnier sobre las
aberra-ciones del instinto genésico. Podemos apreciar claramente por
qué estos escritores escandalosos permiten sólo una lectura
"ar-queológica". Permeables a las ideas dominantes que su
"perver-sión" se complacía en transgredir, sólo podían operar cierto
efecto significante y "significativo" en el interior de su propia
hegemonJa. Se dirá que eran "de su tiempo". En virtud de una
ilu-sión estética sin duda agradable, un aficionado curioso puede
en-contrar todavía cierto encanto en Péladan, Rachilde o Jean
Lo-rrain, quienes nos dan la intuición fugaz del tipo "extraño" de
discurso social que alimentaba la dinámica de sus audacias de
pensamiento y sus búsquedas estéticas.
HEGEMONÍA, LEGITIMACIÓN Y ACEPTABILIDAD
La hegemonía no es sólo aquello que, en medio del vasto rumor
de los discursos sociales, se manifiesta con más fuerza o se dice en
varios lugares. Tampoco es esa dominancia cuantitativa que haría
más "audibles" las banalidades del café concert o la broma burda
de los diarios populares frente a los sutiles debates de la R.evue des Deux Mondes. La hegemonía es, fundamentalmente, un coajunto
de mecanismos unificadores y reguladores que aseguran a la vez
la división del trabajo discursivo y un grado de homogeneización
de retóricas, tópicas y doxas transdiscursivas. Sin embargo, esos
mecanismos imponen aceptabilidad sobre lo que se dice y se
es-cribe, y estratifican grados y formas de legitimidad. Por lo tanto, la hegemonía se compone de reglas canónicas de los géneros y los
discursos (incluido el margen de variaciones y desviaciones
acep-tables), de las precedencias y estatus de los diferentes discursos,
de las normas del lenguaje correcto (incluyendo también el
con-trol de los grados de distribución de la lengua, desde el alto estilo
32 EL DISCURSO SOCIAL
de las formas aceptables de la narración, de la argumentación y, de manera más general, de la cognición discursiva, y un reperto-rio de temas que se "imponen" a todos los espíritus, pero de tal suerte que su trata1niento abre el campo de debates y disensos re-gulados por convenciones de forma y de contenido.
La hegemonía impone_d:_?gn:O:_s:_f~tichesy tabúes, hasta en una so-,ciedad "liberal" que se considera a sí misma emancipada de tales
imposiciones arbitrarias (a tal punto que uno de los "dogmas" de las sociedades modernas es la pretensión de la falta de ta-búes, la valorización del juicio crítico y la libre expresión de las "individualidades" que los componen). Entendemos entonces por hegemonía el conjunto complejo de las diversas normas e imposiciones que operan contra lo aleatorio, lo centrífugo y lo marginal, indican los temas aceptables e, indisociablemente, las maneras tolerables de tratarlos, e instituyen la jerarquía de las le-gitimidades (de valor, distinción y prestigio) sobre un fondo de relativa homogeneidad. La hegemonía debe describirse formal-mente como un "canon de reglas" y de imposiciones legitimado-ras y, socialmente, como un instrumento de control social, como una vasta sinergia de poderes, restricciones y medios de exclu-sión ligados a arbitrarios formales y temáticos.
Lo que llamamos hegemonía es, en un lenguaje no idealista, el equivalente del Zeitgeist romántico-hegeliano; un Zeitgeist no con-cebido como el "fenómeno" de una causa expresiva o una esencia histórica, ni como propio de una elite o un puñado de mentes es-clarecidas, de grandes pensadores. (Sin embargo, es cierto que la hegemonía produce, impone y legitima ciertos pensamientos corno "grandes pensamientos", y a ciertos pensadores corno "la encarnación de su época".) Si bien la hegemonía está formada por regularidades que hacen aceptable y eficaz lo que se dice y le confieren un estatus determinado, aparece corno un sistema que se regula por sí mismo sin que haya detrás un Geist, un director de orquesta, un Deus in machina, ni siquiera una seiie de relevos pro-vistos de una identidad, un rostro.
En las sociedades llamadas "primitivas'', la hegemonía (si es que este término tiene allí sentido) se identifica con la cohesión estruc-turada de los mitos cosmológicos y sociogónicos, de los lenguajes
EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 33
rituales y, progresivamente, de todo lenguaje asociado a las prácti-cas del grupo. De modo que, en efecto, para tratar esas sociedades, el término mismo "hegemonía" es inútil, así como es inútil hablar de una "norma lingüística" allí donde la lengua es homogénea, donde todos los sujetos hablantes utilizan la "misma" lengua. Sin embargo, incluso en esta sociedad primitiva y típico ideal [Weber] que evoco, desde que hay mediación (cuando el lenguaje de los mitos debe traducirse a los lenguajes rituales) y disimilación (cuando los chaman es usan una jerga que les está reservada), el concepto de hegemonía puede intervenir, estableciendo quién puede decir qué y en qué circunstancias, y cómo se instauran las re-glas de transcodificación entre mitos, rituales y otras prácticas sig-nificantes.
En una sociedad compleja, estratificada en clases y roles socia-les, donde las funciones están diversificadas y los antagonistas son múltiples, la homogeneidad orgánica de los discursos es menos evidente. Esas sociedades no dejan de legitimar e imponer formas de expresión, principios cognitivos, reglas de lenguaje, inscri-biendo en sus axiomas mismos la valorización de la "libertad de palabra", de la 01iginalidad personal, y el rechazo de las autorida-des dogmáticas, como decíamos anteriormente.
Inscrita en el tiempo, la hegemonía discursiva propia de una coyuntura dada se compone de mecanismos reguladores que se han establecido en duraciones diferentes: lenta elaboración (a lo largo de los siglos) de la lengua "nacional'', de sus fraseologías y de sus retóricas de prestigio; reordenamientos imperceptibles o - repentinos de la división de los campos, géneros y discursos
canó-nicos; aparición y obsolescencia rápida de temas e ideas "de moda" y relatos de actualidad, interpretados según los signos de los tiempos. Esas diferencias de temporalidades son también rela-tivamente armonizadas y reguladas, de modo que el conjunto evo-luciona como un todo.
La hegemonía no es, entonces, ni yuxtaposición ni coexisten-• cia. A 9esar de muchos "puntos de fricción" y de conflicto, forma
un conjunto que apunta a la estabilidad y a la horneostasis, mien-tras que ella misma está constantemente en vías de reparación, de renovación. (La imagen que se impone aquí es la de una especie
1
34 EL DISCURSO SOCIAL
de "palacio" de la cultura, donde una multitud de artesanos y obreros se encargarían de las reparaciones permanentes, bajo una coordinación siempre problemática, para lograr un monumento grandioso, pero siempre inconcluso.) El equilibrio relativo de los temas impuestos, de las normas y divisiones de las tareas no es el resultado de una ausencia de contradicciones: es la resultante de las relaciones de fuerza y de los intereses de todos los interlocuto-res sociales. Los literatos "puros" estarían satisfechos con una so-ciedad en la que, como en Viaje al país de los Artícolas, de Maurois, solamente la literatura tuviera derecho de ciudadanía y en la que la palabra literaria fuera el único lenguaje permitido. Los médicos "puros", si es que existen, tal vez sueñen, como en Les Morticoles, de Léon Daudet, con una sociedad enteramente medicalizada donde el discurso médico tuviera toda la autoridad y ocupara el lugar de la religión, el arte y la política. Las utopías satíricas de Daudet y Maurois existen para recordarnos que todo gran sector discursivo (y no sólo el religioso) tiene un potencial "totalitario", y que sólo las condiciones sociales le p:rohíben persistir en su esencia hacia una extensión máxima.4
Conjunto de reglas y de incitaciones, canon de legitimidades e instrumento de control, la hegemonía que "apunta" ciertamente a la homogeneidad, a la homeostasis, no sólo se presenta como un conjunto de contradicciones parciales, de tensiones entre fuer-zas centrífugas y centrípetas, sino que, más aún, logra imponerse justamente como resultado de todas esas tensiones y vectores de interacción. La hegemonía no corresponde a una "ideología do-minante" monolítica sino (este vocabulario es inadecuado) a una dominancia en eljuego de las ideologías. En la hegemonía inter-vienen intereses estructurales, tradiciones (porque la hegemonía es siempre un momento de readaptación de un estado hegemó-nico anterior), posiciones adquiridas y defendidas, "pereza" in
te-4 Como se recordará, para Gramsci la hegemonía ideológica de las sociedades modernas 1·eemplaza la "función unificadora" de la religión en las formaciones sociales precapitalistas.
EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 35 lectual y necesidades de adaptación a la doxa. Hasta aquí, nada misterioso. Y además, la hegemonía engendra hegemonía: de las rutinas a las convergencias, se refuerza con el solo efecto de masa.
A pesar de decir esto, es necesario reiterar que eso funciona por-que no tiene necesidad de ser homogéneo ni "totalitario"; el sis-tema da cabida a todo tipo de fuerzas centrífugas, vectores de dis-tinciones, de esoterismos, de especializaciones, de disidencias, de paradojas.
La producción de la norma lingüística, de la lengua legítima que forma parte de esta hegemonía, implica también su escala de distinciones, su disimilación en diversos idiolectos, más o menos canónicos, que se refieren al "tipo ideal'', al tiempo que señalan identidades sociales. En busca del tiempo perdido se consagra a la identificación de esos lenguajes distinguidos: el señor de Norpois (que habla como se escribe en la Revue des Deux J\llondes) no se ex-presa como Oriane de Guermantes, quien no comprende nada del tipo de distinción burguesa de Madame Verdurin, o del estilo "esteticista" del joven Bloch ...
A través de un movimiento constante, donde de la doxa se en-gendra la paradoja, donde la originalidad se fabrica con lugares comunes, donde las querellas políticas, científicas y estéticas sólo se desarrollan con apuestas comunes y apoyándose en una tópica oculta por la misma vivacidad de los debates; a través también de las funciones "locales" de cada discurso (funciones de interpel
a-ción, legitimaa-ción, encantos y psicagogias diversas), median te esas diversificaciones y ese "movimiento" es que opera la regulación hegemónica. Todo esto es lo que hace que, para nosotros, con la llamada "perspectiva del tiempo", la psicopatología de la histeria de Charcot, la literatura de boulevard y libertina de Catulle Men-des, el espíritu de Henri de Rochefort o el de Aurélien Scholl, las novelas de Émile Zola y las de Paul Bourget, los Jactums antisemi-tas de Édouard Drumont y las canciones del café concert de Pau-lus parezcan, tanto por su forma como por su contenido, pertene-cientes,a la misma época, mientras que, superficialmente, todo los distingue; esa época que los contemporáneos habían llamado con un matiz de angustia crepuscular "Fin de siecle" y que una gene-ración más tarde se identificará, con involuntaria ironía, como la
36 EL DISCURSO SOCIAL
Belle Époque, comienzo de esa Belle Époque que va, grosso modo, de la presidencia de Sadi Carnot a la de Félix Faure.
HEGEMONÍA, ESTADO, CLASE DOMINANTE
La hegemonía discursiva no es algo que exista "en el aire". Su base es el Estado-nación que ha llegado ya a la madurez, el espa-cio social unificado por la expansión de una "esfera pública" ex-tendida. Hay una relación directa entre la realidad "inmaterial" de una hegemonía sociodiscursiva y los aparatos del Estado, las instituciones coordinadas de la sociedad civil, el comercio del li-bro y del periódico, y el mercado "nacional" que se crea. Sin em-bargo, las líneas que siguen no conducen a identificar la hegemo-nía con una "ideología dominante", que sería la ideología de la clase dominante. La hegemonía es aquello que produce lo social como discurso, es decir, establece entre las clases la dominación de un orden de lo decible que mantiene un estrecho contacto con la clase dominante. Es conocida la fórmula de Marx, en La ideología
alemana, que dice:
Las ideas de la clase dominante son las ideas de la clase dominante de cada época; o dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la socie-dad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante.
(Marx y Engels [1932], 1971: 50)
Que la burguesía se "construya un mundo a su propia imagen" (frase que en el Manifiesto comunista no designa sólo las ideologías, sino la estructura de un mundo material) puede comprenderse
en el siguiente sentido, si se aplica a los discursos y los lenguajes canónicos: con su norma lingüística "elevada" y su canon de géne-ros y discursos, la hegemonía forma un dispositivo favorable a la clase dominante, a la imposición de su dominación, porque el costo de adquisición de skills, de competencias de producción y de recepción, es elevado, y las formas de "derroche ostentador" se
EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 37
producen en armonía con los modos de vida y el ethos de las clases privilegiadas. De allí que los discursos más legíti~os encuentren
en los miembros de la clase dominante sus destinatarios "natura-les", aquellos a quienes su modo de vida les permite con mucha facilidad sentirlos como pertinentes y satisfactorios e integrarlos sin esfuerzo, mientras que requieren de las otras clases una
"buena voluntad cultural" siempre problemática (Bourdieu, 1979, ·
1982). .
Por lo demás, los discursos legítimos sirven menos para someter
a los dominados (que se dejan dominar, nos recuerda Pierre Bourdieu, por la .fides implícita de su habitus servil) que para reu-nir, motivar y ocupar los espíritus de los dominadores, que necesi-tan ser convencidos para creer.
Sin embargo, se puede comprender también que la vulgata marxista sobre la ideología dominante concluya en la tesis "de úl-tima instancia" según la cual, a través de todos los debates, de to-dos los géneros discursivos, a fin de cuentas, la clase dominante (a pesar de los antagonismos de sus fracciones) siempre termina por promover una visión de las cosas e ideologías conformes a sus in-tereses históricos. Esta proposición me parece indemostrable y metafísica; sólo puede pasar por tautología y razonamiento circu-lar. La hegemonía es "social" porque produce discursivamente a
la sociedad como totalidad. No es propiedad de una clase. Pero
·como instituye preeminencias, legitimidades, intereses y valores, naturalmente favorece a quienes están mejor situados para reco-nocerse en ella y sacar provecho.
COMPONENTES
Es conveniente ahora enmnerar los elementos que c01nponen el
hecho hegemónico, o más bien (como esos elementos no son di-sociables), los diferentes puntos de vista desde los que este hecho puede ser abordado:
r
,
38 EL DISCURSO SOCIAL
1. LA LENGUA LEGÍTIMA
El lenguaje no es entendido aquí como código universal y sistema de reglas abstractas. Lo que habremos de considerar es ese.
"fran-cés literario" que se designa también como "lengua nacional'. Esta lengua es inseparable de los saberes de protocolo, expresiones idiomáticas, fraseologías y tropos legitimadores (y de sus usos).
La lengua oficial-literaria, tan naturalmente adquirida por los retoños de la clase dominante, está hecha de esas fuerzas que tras-cienden el plurilingüismo (la heteroglosia) de una sociedad de clases y "unifican y centralizan el pensamiento literario-ideoló-gico" (Bajtín).
No consideramos la lengua como un sistema de catego-rías gramaticales abstractas, sino como un lenguaje
ideo-lógicamente saturado, como una concepción del mundo,
incluso con10 una opinión concreta, como lo que garan-tiza un maximum de comprensión mutua en todas las
es-feras de la vida ideológica. (Bajtín, 1978: 95)5
La lengua legítima determina, sin discriminar directamente, al enunciador aceptable, sobre todo "imprimible". Este francés literario no es un código homogéneo, sino una sutil estratificación de distin-ciones donde los efectos de reconocimiento se deben al menor
de-talle. La Revue des Deux f\1ondes, que es la única que en 1889 man-tiene a pie jun tillas la ortografía "enfans" (por enfants, "niños"), jugemens (por Jugements, 'juicios"), etc., sabe hasta qué punto ese
de-talle halaga la delicadeza de sus lectores.
2. TÓPICA Y GNOSEOLOGÍA
Hay que remontarse a Aristóteles y llamar tópica al conjunto de los "lugares" (topoi) o presupuestos irreductibles del verosímil so -cial, a los que todos los que intervienen en los debates se refieren
5 Véase también Bajtín/Volóshinov [1929], 1977.
EL DISCURSO SOCIAL: PROBLEMÁTICA DE CONJUNTO 39
para fundar sus divergencias y desacuerdos, a veces violentos en apariencia; es decir, a todos los presupuestos colectivos de los dis-cursos argumentativos y narrativos. Péguy, en Nuestra Juventud,
re-cuerda pertinentemente que esta tópica es la condición de la pro-ducción discursiva:
Unos y otros [dreyfusianos y antidreyfusianos], hasta donde recuerdo, teníamos un postulado común, un
lu-gar común, era lo que hacía nuestra dignidad común, la dignidad de toda la batalla [ ... ] y esta proposición co-mún inicial, que era evidente, sobre la cual todo el
mundo estaba de acuerdo, de la que ni siquiera se ha-blaba porque era tan evidente que se sobreentendía en todas partes [ ... ] era que no había que traicionar, que la traición, especialmente la traición militar, era un crimen monstruoso ...
[Sabemos que el drama ideológico de Péguy es que en 1905 son sus "amigos", la izquierda del Partido Socialista, quienes recusan ese topos y la evidencia de ese "lugar co-mún".]
La tópica produce lo opinable, lo plausible, pero también está
presupuesta en toda secuencia narrativa, constituyendo el orden de la ve1idicción consensual que es condición de toda discursivi-dad, y que sostiene la dinámica de encadenamiento de los enuncia-dos de todo tipo. Ciertamente, esta
tópi~~i~pIÍ~
-
~
"lugares" trans-históricos, cuasi universales:.
"hay que tratar de la misma manera hechos semejantes" (regla de justicia), "el fin justifica los medios"(topos proairético) ... Sin solución de continuidad, engloba implí-citos y presupuestos propios de una determinada época y socie-dad. La retórica clásica ya describía en un continuum los lugares comunes cuasi lógicos y las máximas generales del verosímil, rela-tivos a temas sociales (el honor, el respeto, el amor maternal. .. ).
En efecto, no hay ruptura de continuidad entre todas las precons~ '
trucciones argumentativas, más o menos densas semánticamente, que forman el repertorio de lo probable y que llamaremos la