de la
Oficina Sanitaria Panamericana
(REVISTA HEHSUAL)+
AVISO-Arenque por de contada despliégare el mayor cuidado en ta ecleectôn de Iou traba;oa publicadoa in tota o compendiados. ~810 los autores son solidarios de Iua opiniones
sertidaa, a menor que conste erpl&itamente lo connmio
Aiío 25 Septiembre de 1946 No. 9
LA SANIDAD VIVIENTE*
por el Dr. ARÍSTIDES A. MOLL
Secretario de la Oficina Sanitaria Panamericana
No es la Democracia, nos decía no hace aún mucho tiempo el más grande de los oradores contemporáneos, una meretriz a la que cualquier soldadote ebrio puede echar mano a su antojo en la primera callejuela oscura que atraviesa.
Yendo al otro extremo, deseo señalar aquí lo que aun hoy dfa muchos olvidan, que no es la Sanidad, marmórea e imponente diosa de culto hierático y sacerdotes misteriosos, que alejada de las veleidades humanas se yergue desdeñosa y remota en un rincón u hornacina de clásico templo, * reservando su intervènción para los grandes momentos trágicos, y que si tiende los ojos a un mundo de tristeza y sufrimiento, es para compa- decer y lamentar y, a lo más, ofrecer vendajes y curas. No, no, nada de eso.
La Sanidad, a p,esar de su nombre, no es ni siquiera muler, ni tampoco hombre, quizás más bien, y recordemos esto, un hermafrodita: varón cuando hay que arremeter y golpear, hembra cuando hay que suavizar y conciliar: No mera imagen, sino algo vivo y fuerte.
Sanidad no es forzosamente Santidad, y con meros sfmbolos o idolos o piadosas ficciones, no se horadan montañas o sanan llagas físicas o lacras. Pasaron ya por fortuna para siempre con las tinieblas de otras edades, aquellas procesiones, aquellas invocaciones y, digamos aún con mayor exactitud aquellos exorcismos a que se acogían en el período
medioeval los pueblos amedrentados cuando entre ellos sentaban sus reales la enfermedad y la muerte. Peor aún que de Herodes aPilatos, si las fogatas encendidas en las esquinas no ahuyentaban las miasmas y si las ovejas y los cabros traídos en tropel de los campos, no se llevaban a * Discurso pronunciado ante la Asociación de Salud Pfiblica de Puerto Rico, el 7 de fbro. de 1946.
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su paso por las calles y preso en su vellón el vaho maligno, quedaba siem- pre el recurso de sustraer de sus altares a los santos y pasearlos en anga- rillas por la vfa pública, a ver si espantaban al demonio de la pestilencia. Ni a las ideas ni a las necesidades de la época responde ese concepto anacrónico y vetusto que considera a la Higiene como una especie de pieza de museo o primorosa obra de arte, maniquf emperifollado en trapos de los dfas de fiesta, al que desde una vitrina recóndita se le sacará muy de cuando en cuando con mucha solemnidad y todo respeto, en instantes de crisis, en horas de epidemia, como providencia de último resorte.
La Sanidad es y tiene que ser, algo mucho más humano, mucho más próximo, mucho más viril, mucho más recio, y no disfracemos la caracteri- zación, hasta mucho menos estética a veces. Tiene que estar aquí al lado nuestro y con nosotros sin cesar, estudiando, trabajando, empu- jando, luchando, educando, labrando el camino cada dfa y a cada hora. No es un lujo dominical, sino una esencialidad perenne, no es la joya maravillosa guardada en el arca, sino la moneda contante y sonante, sin cuya posesión nada vale nada.
A semejanza de Minerva que para esparcir sus bendiciones tomaba la forma de Mentor, muy humana tiene que ser la Sanidad, tanto que viene inevitablemente a constituir una prolongación, y a la par dignifica- ción y sublimación de la personalidad del hombre, armadura tallada a su semejanza y que lo ampara y resguarda en todos sus aspectos físicos y 4r mentales y en todos sus órganos, empresas y actividades, desde la cuna, hasta que, por un lado, cansada de proteger a un ser inútil y por otro él hastiado de vivir, se entrega en los brazos de la muerte.
Así como la vivienda para que llene como procede su cometido debe imitar al cuerpo humano en su estructura y distribución; así como la medicina tiene que basarse en el estudio y cuidado de ese cuerpo tan delicado y tan frágil y complejo; así como la sociedad misma organiza y reparte entre sus componentes las múltiples tareas que corresponden a cada uno de los requisitos del individuo; así también la Sanidad tiene que estudiar al hombre como organismo y como fenómeno y calcar sus prop6sitos y esfuerzos en la Anatomía, Fisiologfa y Patologfa humanas y en cuanto esa anatofisiopatologfa colectiva y a veces hemisférica y global permite y conduce al hombre a ejecutar a su paso por el planeta, en la vida diaria, ya sea en sus actuaciones públicas o en su reino interior, en la salud y en la enfermedad.
germen, destruyendo la sabandija o privando de cobijo al vector. Nunca debe pasarle lo que acaeció a la escuadra más poderosa del mundo que, sorprendida por enemigo alevoso en cuya hidalguía conf?aba, en el silencio de la noche y con sus huestes dormidas se vi6 de repente torpedeada, destrozada, herida casi de muerte, y humillada como nunca jamás antes.
Cuando la Sanidad espera es en guardia y de dia y de noche sus vigías y centinelas y patrullas exploran las cercanías y las lejanías, los cielos, los mares y la tierra para que no la aniquilen de momento el c6lera que puede venir del Oriente, el vómito negro que puede lIegar del Sur, el tifo que puede ser conducido por la miseria, la viruela que puede ser introducida por la ignorancia, y cualquiera de los demás males que pueden traer consigo el agua impura, la leche contaminada, el alimento defectuoso, el aire contagiado, el vector infectado o el microbio infec- tante, sino el portador desconocido. Por eso es que la Sanidad tiene que ser curiosa, y escudriñar, husmear, explorar, indagar, investigar. Debe ser, igualmente, heterodoxa, en vías constantes de reforma, renovación y perfeccionamiento, en perpetuo aprendizaje, abierta a todos los ade- lantos y dócil a las lecciones que a diario dictan la ciencia y la experiencia, centrífuga a la par que centrfpeta para que refleje en todo momento y entrelace los impulsos que deben cruzarse y reaccionar entre la circun- ferencia y el centro, entre la cabeza y el resto del organismo.
La Sanidad tiene que ser no ~610 viviente, sino vivida. Se ha dicho y con razón que para hacer la Revolución Francesa no basta con que Descartes la raciocine, que Molière la augure, que Voltaire la explique, que Rousseau la predique y que Mirabeau la proclame; no, no basta, para que plasme la Revolución, el pueblo tiene que tomar la Bastilla!
Para hacer Sanidad no basta raciocinarla, explicarla, proclamarla y ni siquiera financiarla; es menester que el pueblo la cristalice con hechos y convicciones, tomando por asalto la vieja Bastilla de la torpeza, la ceguedad, la injusticia y el prejuicio. Declaró Gladstone que la batalla de Inkermann la habian ganado no los generales, sino los soldados. Los triunfos de la Sanidad tienen que alcanzarlos y compartirlos jefes y tropas, los higienistas y las masas. Y estas últimas son las que aunque no sea más que por egoísmo y para defensa propia, deben consolidar la victoria y mantener a todo trance las posiciones, en tanto que, a su vez, la Sanidad tiene que movilizarlas, adoctrinarlas, ilustrarlas y disci- plinarlas, mostritndoles sus posibilidades y potencialidades, mas también sus limitaciones.
Esa Sanidad, no solo viviente sino vivida, ubicua y total de las masas
Y para las masas, tiene que ser iniciada, orientada, guiada, regida,
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Higienista, entiéndase bien, es el que hace, y el higienista no sólo tiene que actuar sino que hacerlo pronto, inmediatamente, y hasta con prisa y urgencia, si no precipitadamente. Hay generales que guardan sus refuerzos para lanzarlos a decidir la victoria en el momento crftico de la batalla. El higienista no puede permitirse tal estrategia, tiene que lanzar desde el primer momento, hasta su última reserva a fin de obtener el triunfo cuanto antes. Acci6n, acción, acción, contestaba Demóstenes cuando le preguntaban cuáles eran las tres grandes cualidades del orador. Ese es el atributo del higienista: acción metódica, acción oportuna, acción previsora. Y otro más: adaptabilidad, adaptabilidad al medio y a los medios, al medio en que forcejea y a los medios que posee, cambiando cada vez que sea menester de objetivos, técnicas y tácticas.
No han faltado brillantes propagandistas en la América Latina, en- cumbrados señorones de muchas campanillas que han discutido y elo- giado con toda elocuencia y erudición la Sanidad, pero muy pocos, por desgracia, han sido los higienistas de veras. Quien de higiene habla sin hacerla, será el teórico de la Higiene, será el comentador o el filósofo y quizás hasta un maestro de la Higiene y a veces, acaso el mártir, pero no Higienista. Por eso es que el mejor tratado de higiene aplicada lo escribirá siempre quien fuera, antes de dedicarse a la enseñanza, hi- gienista práctico.
Higienista, higienista de pura raza fu6 aquel Penna que en la Argen- tina no ~610 abogó por la Sanidad, sino que con el más pequeño bagaje legislativo que jamás haya tenido una nación, desterró la viruela, sane6 ciudades y campos y convirtió su tierra en una de las más salubres del globo. Higienista fu6 Oswaldo Cruz, acabando con la fiebre amarilla en Río de Janeiro, atacando uno tras otro los grandes flagelos y formando una escuela que ha mantenido al Brasil en la vanguardia de la lucha contra la enfermedad. Higienista fu6 Licéaga en México, que apenas terminada la campaña contra la peste y la fiebre amarilla, asestó sus esfuerzos contra la malaria y abogó constantemente por la colaboración interamericana para hacer obra aún más fecunda y duradera. Higie- nista fu6 aquel Gorgas que erradicó la fiebre amarilla en La Habana, hizo posible la construcción del Canal de Panamá, protegió la salud del ejér&to durante la primera guerra mundial y apenas terminada ésta, invitaba a las Américas a desarraigar la más terrible de sus plagas: la fiebre amarilla.
sidera al enfermo no como caso, sino como hermano y ayuda así a sanar las lacras humanas. Higienista es el inspector que está constantemente a la vela de las transgresiones sanitarias, no con mira de castigar o lastimar, sino para enseñar a corregirlas y evitarlas. Higienista es el laboratorista que diagnostica la enfermedad; el ingeniero que vela por que el agua y la leche sean captadas y conducidas al consumidor en estado sano y por que el ambiente que respire el obrero sea puro y por que el agua que entra en la ciudad, una vez usada, sea retirada; la maestra que se interesa en la salud de sus alumnos y les ayuda a mantenerse ; higienis- tas son los padres que hacen vacunar a sus hijos y cuidan de su alimenta- ción y salud; el obrero y el patrono que observan en su fábrica las normas de seguridad; el manipulador que atiende a los alimentos que toca con toda meticulosidad.
Higienista es el médico que día tras día batalla con buenos o malos ayudantes; con el apoyo o no del público; con medios adecuados o la mayor parte de las veces insuficientes, para proteger la salud pública por medio de la vacunaci&n, de la limpieza, de la desinfección, del aisla- miento del contagioso, del tratamiento, de la prevención en general y sobre todo iarma incomparable ! por medio de la educación, la educa- ción que consigue el concurso y la cooperación de la coIectividad y hace de todo elemento social una fuerza sanitaria, y utiliza para sus fines el cuadro, el libro, el cine, el radio, la escuela, la casa, pero todo ello dotado siempre de la cualidad princeps: Vida. Sm esa preciosa colaboración social la obra del higienista resultará siempre trunca y parcial, y no le satisfarán ni a él ni a su clientela. Si sanear es poblar, educar es sanear : mas debemos recordar que sin educación social no hay posibilidad de educación sanitaria. Si el terreno no está preparado, la simiente no germinará. Para regresar, con la riqueza de las Indias, nos dijo el filósofo, hay que llevar consigo la riqueza de las Indias.
Higienistas, por supuesto, debéis ser vosotros, por la preparación, com- prensión y capacidad, la educación, la ejecución y el ejemplo, en afán constante de superación y de servicio, aedas y portaestandartes en un ejército que como todos los ejércitos modernos comprenderá a toda la sociedad en todos los niveles y en todas sus capacidades y sabrá utilizar todos los valores.
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versario, debe dar la preferencia al que más daño haga. Ante sf, como en un termómetro, debe tener constantemente las curvas actuales de morbidad y mortalidad e insalubridad, variando sus esfuerzos conforme al alza o baja de la distribución colectiva de cada dolencia: 400 muertes de paludismo exigen una actuación muy distinta que cuatro casos de peste.
“Fiist things come first.” Lo primero viene primero. Si se ve obligado a elegir entre tener mil muertes de tifoidea y 10 lisiados de poliomielitis, dura como es la elección, su deber está bien claro, y en el primer caso sabe cómo conquistar y en el segundo se debate en gran parte en las tinieblas. Por de sobrado debe saber y sabrá-para eso es Higienista-lo que puede y no puede hacer. Contra la viruela, la peste, la tifoidea y contra otros 100 flagelos más con armas suficientes y excelentes cuenta. Contra otros encuéntrase a veces inerme y de esto debe tener una idea exacta para no desperdiciar trabajo o infundir esperanzas injustificadas.
Dijo Hugo de Shakespeare que había encontrado voces en los arro- yuelos, frases en los árboles, poemas en los vientos y coros en la selva. Asf tamb%n el higienista llamará a su lado y modelará para que lo auxilien las fuerzas de la naturaleza, esa naturaleza no ingrata ni despia- dada, sino indiferente e impasible, en cuya balanza el horno sapiens no pesa más que el insecto más ínfimo, el germen más infinitesimal 0 el virus más invisible.
Se ha hablado mucho y con razón del efecto de la higiene sobre la prosperidad. Libros enteros cabrfa escribir acerca del factor inverso: del efecto de la prosperidad sobre la salud. El tirón partido de un aumento de 5001, en el salario se hace sentir acto continuo en la morbosi- dad y la letalidad. Uno de los maestros más grandes de la epidemio- log$a que yo haya conocido, Carter, argüía que la mejor arma utilizada contra el paludismo en el Sur de Estados Unidos había sido el progreso de la agricultura con su mayor rendimiento que había permitido cana- lizar pantanos, enrejar casas, llamar al médico a tiempo y comprar medicamentos sin tardanza. Se me recordará al llegar aqui la tras- misión, el papel del microbio. Cierto es que tenemos que luchar con el germen, el gusano, el virus, el vector, mas también es un hecho la ley de la trasmisibilidad, la cual varia en razón inversa a la distancia y directa al grado de miseria.
todo eso tiene que ser y mucho más: educador, ingeniero, psic&logo, laboratorista, enfermero, comadrón, entomólogo, mas siempre con concepto epidemiol&gico, con criterio sanitario!
En ocasiones hay que afrontar la opinión pública, tan propensa a de- jarse arrastrar por el anuncio y el notición y la exageración, y que porque ha visto llegar como si del cielo las vacunas, el salvarsán, los sueros, las sulfas, la penicilina, la estreptomicina, sin darse cuenta de cuanto experimento y esfuerzo exigiera cada uno de esos éxitos, cree que cual nuevo maná va a descender por arte de birlibirloque y conju- rada por el hechizo de cualquier pelele la panacea que va a curar la tuberculosis, la bronquitis, la malaria, la sWis y cuanto otro mal reme- diable padece muchas veces innecesariamente la Humanidad, esa pobre, ciega, sorda humanidad, que con una mano inventa, construye, salva, mejora, eleva, y con la otra al mismo tiempo y con el mismo afán destruye, despedaza, deprime, aniquila, mata; que no contenta con exterminar y devorar todas las demás especies, en su ahinco de arreba- tarles la partícula de energía biológica que en sí llevan, acaba por fin por exterminarse y devorarse a sí propia. Esto desde luego, no pasará en el reino de la Sanidad total, de la Sanidad Viviente, de la Sanidad Vivida, en verdad, la Sanidad Unica.
Lamentan de vez en cuando algunos que la Sanidad no sea más aparatosa, más dramática, más asunto de reclame. ¿Más dramática? Poco conocen quienes tal dicen. En la vida diaria, en su bregar sencillo y efectivo, cierto es que la Sanidad se pasa de burguesa. Mas en su historia, en los hombres y los hechos que la han hecho lo que es, cuando las circunstancias así lo exigen, rebosa de romanticismo y dramatismo. iQué más dramático que la lucha amarga y larga de Pasteur hasta im- poner por fin la doctrina bacteriana?
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¿Qué más dramático que esos millones de casos evitados, esos miles de vidas salvadas casi ahora mismo en la guerra apenas aun terminada por haber sabido la Sanidad, cómo resguardar el agua y el alimento,
por haber sabido elaborar y usar vacunas contra la viruela y el tifo y la tifoidea, insecticidas como el DDT, drogas como la penicilina y la
quinina y la atebrina y las sulfas?
Esa es la Sanidad viviente, la Sanidad efectiva, real, la Sanidad tra- ducida en hechos, vigilante y militante y en constante acción y ejecución, que recluta sus paladines en todas las esferas de lavida; sanidad pedestre y ruda si se quiere, pero animada y adaptable; no la Sanidad de museo y de tramoya, de aparato y boato, si no la sanidad vivida, la que conoce sus tareas y las lleva a cabo y a tiempo y con acierto; casi imperceptible, porque se da por sentada y en todo se desliza y reside en todas las mentes y en todas las almas y todo lo invade, inspira y refina; la Sanidad, no del día de la epidemia o el brote agudo, sino la Sanidad de todos los dfas, la Sanidad de todas las horas, del esfuerzo continuo y la brega eterna en la que cada individuo, consciente del valor de la salud y de la vida humanas, que son las suyas y las de su familia, colabora; la Sanidad no puramente del Higienista, sino del pueblo, no Sanidad del libro sino de la obra, no patrimonio de unos pocos, sino derecho, y sobre todo, deber de todos.
No pueden ni deben coexistir lado a lado un mundo sano y un mundo enfermo. La mortalidad infantil no puede ni debe mostrar picos y llanuras en la misma población. No debe haber medio pueblo con y otro medio pueblo sin servicios de agua potable y cloacas. Agua pura, alimento suficiente, vivienda decente, protección contra la enfermedad, constituyen mínimos imprescindibles. Elevación y nivelación son la orden del día. El lema de la sociedad moderna no es vivir sino convivir, no sólo dejar vivir, sino enseñar a vivir y ayudar a vivir.
Esa Sanidad colectiva y universal, moderna y humana, en gran parte fruto del ejemplo y de la enseñanza de Estados Unidos, no es ni puede ser obra de un grupo técnico, por muy competente y adecuado que sea, sino que tiene que infiltrar la mente pública y ser sostenida e impulsada y perfeccionada por la opinión hasta formar la conciencia sanitaria. Tiene que ser no ~610 entendida, sino absorbida y vivida por todos, no sólo vulgarizada y popularizada, sino democratizada.
De otro modo tendremos una Sanidad teórica, académica, didáctica, dogmática, pulida y bonita si se prefiere, pero no c,apaz de suprimir las grandes enfermedades pestilenciales, reprimir las otras dolencias tras- misibles, mejorar la alimentación, mermar la mortalidad infantil y elevar la salud, la fortaleza y la vida del pueblo.
Esta última es la Sanidad viviente y vivida, progresista y formidable, fuerza y corriente de vida y vigor, Sanidad que habla con hechos y no con vanas palabras, con acciones y no con meros anhelos, Sanidad dinámica, impulsora, atómica si se quiere, a la altura del día o más bien, de la hora; Sanidad única, que no tiene secuaces, mas busca fieles, colabo- radores que la fomenten y sobre todo la practiquen. Esa es la Sanidad que pido para todas nuestras tierras seguro de que puede borrar muchos horrores e injusticias, mejorar su presente y su porvenir y garantizarles el más grande y más importante de los patrimonios humanos: el Derecho a la Salud.
A LIVING PUBLIC HEALTH (Summary)
Public health must be not only living and alive but must be lived, and become a force for the good in constant operation. It must dso be a joint effort of the experta and the masses, an every day enterprise learning regularly the lessons given by science and experience, and putting them to use for the common benefit. While its more technical phases must be entrusted to experts, it must be pro- moted, understood, defended and especially applied by the people in general, whose precious property and right it is. Public hedth is not a mysterious combi- nation of atrange procedures and tests, but something vital, easily grasped and readily applied by people of good will.and clear minds.
Nombres panamericanos de los elementos químiccs.-Los únicos elementos qufmicos cuyos nombres son bastante distintos en español, portugues, francés y ing&, son los siguientes :
If?dBOLO Lmfa Ag Argentum Au Aurum
CU Cuprum
Fe Ferrum
N Nitmgen
Pb Plumbum
su Stannum S Sulfur
ESPASOL Plata Oro Cobre Hierro Nitrógeno Plomo Estaño Azufre POIWUQUÉB Prata Oum Cobre Ferro Nitrogbnio Chumbo Estanho Enxof re