un debilitamiento de la discusión en torno al lugar que debe ocupar la formación histórica de los estudiantes en la postura oficial de enseñar Ciencias Sociales. Ya sea, desde la idea de un tipo de interdisciplinariedad centrada en entender problemas presentes de forma atemporal –postura defendida en los Lineamientos Curriculares de Ciencias Sociales (MEN, 2002) –, o el predominio de una perspectiva lineal de acumulación de contenidos substan- tivos –característica que define la propuesta de los Estándares Básicos Curriculares (MEN, 2004) y los recientes Derechos Básicos de Aprendizaje (MEN, 2017) –, los tres documen- tos curriculares oficiales que circulan actualmente como guías para pensar la enseñanza y el aprendizaje de las Ciencias Sociales escolares en Colombia, han generado un atraso considerable alrededor del desarrollo de un proyecto educativo nacional que promueva la formación del pensamiento histórico de los estudiantes.
No obstante, y a pesar de las problemáticas descritas, recientemente, en medio del proceso de debate, promulgación y revisión de la implementación de la Ley 1874 de 20172, desde diferentes sectores, se han comenzado a movilizar una serie de propuestas episté- micas y metodológicas que tienen por objetivo, posicionar la Enseñanza y Aprendizaje de la Historia como un proceso formativo clave en la búsqueda de justicia, verdad y reparación3; reivindicación que supone la revisión crítica de las narrativas maestras (WERTSCH, 2002) sobre las cuales, en Colombia, se ha construido una memoria histórica oficial cimentada en la cultura del silencio y el olvido, que ha impedido sistemáticamente, junto con otros factores, la concreción de una reconciliación histórica efectiva.
también con sujetos y grupos sociales portadores de otras nociones y saberes con respecto a la temporalidad y la espacialidad, la experiencia humana, el devenir histórico, etc., como comunidades indígenas, afro o campesinas, entre otros (PÉREZ; VARGAS ÁLVAREZ, 2019).
Finalmente, la Historia Pública también tiene que ver con la disposición reflexiva y parti- cipativa de los historiadores en la esfera pública, su incidencia y responsabilidad en los debates públicos y políticos de la sociedad presente en la cual se inscriben, especialmente cuando se refieren a disputas en torno a los significados, usos y apropiaciones del pasado (TRAVERSO, 2008; PASAMAR, 2003).
La Public History, en tanto campo historiográfico, surgió en los Estados Unidos a fina- les de la década de los setenta del siglo pasado, y se institucionalizó rápidamente a partir de la apertura de programas de posgrado, la publicación de revistas especializadas y la cre- ación del National Council of Public History. En las décadas siguientes, continuó creciendo en el ámbito de la academia anglosajona, primero en Australia, en donde se conjugó con el compromiso político de los historiadores en luchas sociales concretas de sectores obreros y aborígenes; y luego en Inglaterra, en donde se nutrió de la experiencia de la historia desde abajo y los History Workshop impulsados por historiadores marxistas como Raphael Samuel (LIDDINGTON, 2002). En los últimos años se ha avanzado hacia la internacionalización de la Historia Pública, a partir de la creación de nuevos posgrados, redes de investigación, con- gresos académicos y proyectos de investigación, con presencia en países tan diversos como China, Polonia o Brasil. Desde 2010, existe la International Federation for Public History (IFPH), que propende por la visibilización y conexión global del campo de la Historia Pública (CAUVIN, 2018; GARDNER; HAMILTON, 2017).
Ahora bien, resulta pertinente recordar que en Colombia, al menos desde la década de los setenta –mucho antes de que se hablara de “Historia Pública” en el medio académico local–, ya se realizaban diversas investigaciones-intervenciones que podemos denominar como “prácticas públicas de historia”, en las que convergieron académicos y comunidades locales, se abordaba el pasado a partir de problemáticas presentes (por ejemplo la violen- cia política o las luchas por la tierra) y se co-producían narrativas históricas en diferentes formatos (como el cómic, el cine documental o la crónica). En este sentido, algunos casos paradigmáticos son los cómics de Ulianov Chalarka elaborados con la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) y los investigadores de la Fundación del Sinú; la película Nuestra voz de tierra, memoria y futuro (1974-1981), realizada por Marta Rodríguez y Jorge Silva junto a los indígenas nasa organizados en el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC); y las crónicas periodístico-literarias ampliamente divulgadas del escritor Alfredo Molano (VARGAS ÁLVAREZ, 2021). Así mismo, como lo señala Catalina Muñoz, la intención de divulgar la investigación histórica a públicos amplios a través de proyectos editoriales y medios no académicos (como el cine o la televisión), así como el compromiso político con los problemas sociales del presente, especialmente aquellos que implican disputas por la memoria colectiva, han estado presentes en los historiadores colombianos desde la misma profesionalización de la disciplina histórica en el país, a finales de la década de los sesenta y en las décadas posteriores (MUÑOZ, 2018).
Ejemplos de prácticas públicas de historia que precedieron a la institucionalización de la Historia Pública como campo historiográfico o concepto académico, similares a los ya mencionados, pueden encontrarse en otros países latinoamericanos como Bolivia, en donde se destaca el trabajo pionero de Silvia Rivera Cusicanqui y sus estudiantes del Taller de Historia Oral Andina con comunidades indígenas y sectores populares rurales y urbanos desde los años ochenta; o Brasil, con la experiencia del Laboratorio de Historia Oral e Ima- gen de la Universidad Federal Fluminense en la reconstrucción de las memorias de grupos obreros y afro, a partir de 1982 (RIVERA CUSICANQUI, 1987; MAUAD, 2018). Incluso en los Estados Unidos, existe una importante tradición de Historia aplicada tanto en el sector público como en el privado que se remonta a la primera mitad del siglo XX, mucho antes de la aparición e institucionalización de la Public History. Como reconoce Cauvin, “aunque el término se inventó en Estados Unidos en la década de 1970, la historia pública como una revaloración del uso y de la comunicación de la historia resuena en muchos países y contextos. Las prácticas públicas de la historia no son nuevas y muchos historiadores reconocen hoy que han estado haciendo historia pública sin saberlo” (2018, 22).
La Historia Pública ha suscitado un creciente interés en los últimos años dentro del medio historiográfico colombiano, y son cada vez más los historiadores interesados en dar a conocer su trabajo a unas audiencias más amplias y diversas, además de sus pares académicos, y que cobran una mayor conciencia sobre su responsabilidad e incidencia en lo que Dipesh Chakrabarty llamó “la vida pública de la historia” (2008, 169). Prueba de ello son los cada vez más recurrentes cursos de pregrado, redes, semilleros y grupos de investigación constituidos al interior de los departamentos de historia de nuestras universi- dades, con respecto a la Historia Pública, los usos públicos de la historia o las disputas por la memoria colectiva. Si bien no existen aún posgrados en la materia, existió un intento por crear una maestría interuniversitaria de Historia Pública, y al parecer el primer programa de este tipo se abrirá próximamente en la Universidad Externado de Colombia. Por otra parte, La Historia Pública y la Historia Digital han tenido mesas especializadas en las dos últimas versiones del Congreso Colombiano de Historia (2018 en Medellín y 2019 en Armenia), y previamente, en 2016, la Universidad de los Andes en Bogotá fue sede de la Tercera Confe- rencia Internacional de Historia Pública, organizada por la IFPH.
Adicionalmente, son múltiples los proyectos y experiencias de Historia Pública de- sarrollados en los últimos años en el país, impulsados principalmente a partir del proceso de post-acuerdo y la necesidad de unas pedagogías públicas de la Historia que puedan aportar a la construcción de una sociedad reconciliada y en paz; así como por la conmemoración del Bicentenario de la Batalla de Boyacá (1819-2019) como una ocasión de recordación crítica de la historia, y de conexión del pasado con el presente (y el futuro). Muchos de estos proyectos, así como otros de naturaleza similar, fueron desarrollados y se desarrollan en medios tradicionales como radio, prensa y televisión; pero también en plataformas digitales y multimedia. Algunos abordan los archivos y las colecciones documentales, mientras que otros se centran en la oralidad, los testimonios visuales o las memorias locales. Muchas de
estas intervenciones de Historia Pública tienen lugar en las calles, plazas y otros espacios urbanos de ciudades y municipios, incluso también en bibliotecas públicas, museos o casas de cultura, en donde historiadores profesionales o estudiantes de historia realizan clases abiertas o colaboran con las comunidades involucradas en la elaboración de exposiciones o relatos colectivos sobre el pasado (para un listado con algunos ejemplos representativos, consultar PÉREZ; VARGAS ÁLVAREZ, 2019; VARGAS ÁLVAREZ, 2021).