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Enfermería: La compañía de los padres: Impresiones de la madre

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Academic year: 2017

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Enfermería

LA COMPAÑIA DE LOS PADRES*

Pedrito seguía con una temperatura de había contraído una infección y, aunque se 40 grados y el médico dijo que era mejor le había administrado penicilina, aureomi- enviarlo al centro médico, para mayor seguri-

dad. cina y terramicina, seguía con temperatura Su madre estaba preocupada pensando alta desde hacía cuatro días. Realmente era cómo reaccionaría el niño al volver al hos- necesario hospitalizarle. Pero a los dos años pita1 a los diez días de haber salido de él tras y medio los niños son muy impresionables, haber sido operado de una hernia. Al parecer y todo esto inquietaba a la madre de Pedrito.

IMPRESIONE3 DE LA MADRE

MARY LOUISE MORGAN?

Hace meses, al descubrir que Pedrito tenía una hernia inguinal, tratamos de elegir un momento oportuno para la operación, que debfa ser cuando el niño no presentara sín- tomaalguno deresfrío. Pero, como estábamos a principios de invierno, aplazamos la opera- ción varias veces hasta mediados de marzo. Por esa época, Pedrito no presentaba signo alguno de resfrío y decidimos llevarlo al hospital.

Cuidé de prepararle un poco para el acon- tecimiento. Empecé por decirle incidental- mente :

“El doctor te va a curar el dolor de vien- tre”, y el día que teníamos que ir al centro médico le expliqué que nos quedaríamos unos días en el hospital. Mientras preparaba la maleta, insistí en decirle que “nos” queda- ríamos, porque, en efecto, también yo iba a quedarme en el hospital con Pedrito. Y

permanecí con él día y noche casi todo el tiempo que estuvo hospitalizado. En el Hunterdon Medical Center, esto no es cosa imposible.

* Este artículo se publicó en inglés en Nursing Outlook de mayo, 1955, p. 256, y se publica en este Boletín, con la autorización de dicha revista.

t La Sra. Morgan escribió el presente artículo con referencia a uno de sus tres hijos. AdemBs de ser artista diseííadora de telas, la Sra. Morgan ayuda a su esposo, que estudia para pastor, en las tareas de la iglesia.

Este centro médico tiene los servicios organizados de forma que las madres puedan permanecer con sus hijos enfermos en la sección de pediatría. A juzgar por las apariencias, todo el personal desea sincera- mente que las madres se queden en el centro. Se pueden instalar camas en la habitación del niño para que la madre duerma allf mismo y atienda a su hijo en todo lo que necesite. Me sentí sumamente satisfecha al saber que no solamente podíamos disponer

del mejor personal médico y de los medica- mentos más modernos, sino que se me per- mitía también estar junto a mi hijo, dándole el cariño y la tranquilidad que necesitaba.

Llegamos al centro el día antes de la operación y dimos una vuelta por los al- rededores. Visitamos la sala de recreo, al final del corredor *de “nuestro” piso, y nos detuvimos para hablar con otros niños que se encontraban allí; luego regresamos a nuestra habitación y vino un técnico de laboratorio a tomar al niño una muestra de sangre.

Más tarde, se presentó el médico, quien hizo una breve visita, y después entró el anestesista para examinar a Pedrito. En cada una de estas ocasiones lo tuve sentado en mi regazo, y esto parecfa calmar la inquietud que le producía la presencia de todas aquellas personas extrañas.

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60 BOLETIN DE LA OFICINA SANITARIA PANAMERICANA

Entre un examen y otro volvimos a la sala de recreo. Al regresar, Pedrito observó que habían instalado una cama plegable en la habitación junto a su cuna. Tengo la seguri- dad de que esto le divirtió, puesto que “mamá” se iba a quedar con él. Aquella noche no tuvimos ninguna dificultad.

A la mañana siguiente la cosa fu6 más diffcil. Una enfermera puso, a los pies de la camita de Pedrito, una tarjeta con las ini- ciales “N.P.O.“, que significan “Nada por vfa oral antes de la operaci6n”. Parece cosa fácil, pero a ver quién convence a un niño de dos años de que no puede desayunar, ni beber agua, inada! La cosa se complicó más porque se había señalado la operación para las diez y media de la mañana. No sé las veces que fuimos a la sala de recreo y re- gresamos de nuevo, tratando de que Pedrito se olvidara un poco de su estómago vacío. Me pregunto cómo se las arreglan las en- fermeras con los niños cuando los padres no están con ellos allí.

Por fin, le dieron una inyección para ador- mecerlo, y después de dar algunos paseos más por el corredor con el papá y la mamá, una enfermera lo colocó en la camilla. Lo acompañamos hasta la puerta del quirófano asegurándole que estaríamos en su habita- ción cuando él volviese. Antes había pre- guntado yo a una de las enfermeras si debía explicar al niño lo que le iban a hacer, pero decidimos que era demasiado pequeño para comprenderlo.

Cuando las enfermeras lo trajeron luego a nuestra habitación, todavía dormido bajo los efectos del éter, Pedrito parecfa un bulto de ropa blanca. Me explicaron lo que debía hacer cuando el niño recobrara el conoci- miento. I-lasta entonces se quedó una en- fermera con él, tomándole el pulso constante- mente y vigilando su respiración. Cuando el niño despertó, la enfermera salió de la habitación; yo traté entonces de hacer lo posible para que permaneciera quieto, pero él no comprendía y, naturalmente, trataba de incorporarse. El esfuerzo le causaba dolor, mas a la edad de dos años no se razona. La enfermera siguió vigilándonos y como viera

lo que costaba tener al niño quieto, sugirió que lo tomara en brazos. Me quedé perpleja. Apodía ya levantarlo ~610 una hora después de una operación de hernia? Sin embargo, esto fué una solución, y muy acertada. En- volví al niño con una manta y me senté con él en brazos. Pronto se quedó dormido, satis- fecho de tenerme a su lado.

Esperé un poco y luego volví a colocarle en la cama. Empecé a imaginar lo que habrfa pasado por mi mente en estos momentos si me hubiera quedado en casa: ¿Se sentiría bien el niño? ¿Me necesitaría? Me pregun- taba qué podría pensar una criatura de dos años al encontrarse solo en un hospital rodeado de caras desconocidas. Muchas veces he pensado que la mitad del miedo se debe al hecho de hallarse entre desconocidos y iqué es lo que éstos pueden hacer-aún tratándose de desconocidos amables-para que un niño pequeño los conozca? Sentí un gran alivio al pensar que podía estar allf con mi hijo sabiendo todo lo que le hacían y por qué.

Cuando Pedrito volvió a despertar, los efectos del éter habían desaparecido comple- tamente; entonces se di6 cuenta de que al moverse sentía dolor, así que permaneció quieto. Cuando hubo necesidad de obtener una muestra de orina no tuve ninguna dificultad, pues yo conocfa mejor que nadie sus hábitos cotidianos. Durante la estancia en el hospital, me ocupé de darle de comer, de bañarlo y de proporcionarle casi todos los cuidados, y durante los exámenes médicos yo misma sostenía al niño. Tengo el convenci- miento de que todas estas pequeñas aten- ciones que pude prestarle en un momento de gran confusión para el niño, contribuyeron a hacerle agradable la estancia en el hospital.

(3)

Enero 19561

ENFERMERIA

61

FIG.

l.-No

se pasa tan mal en el hospital si la

“mamá” est& junto al niño.

de las vías respiratorias y tuvimos que volver

al hospital.

No sabfa cuál sería la reacción de Pedrito

ante esta nueva visita al hospital. Pero

evidentemente acept,ó las cosas sin ninguna

reserva: sabía que yo estaría con él, lo mismo

que la otra vez. Permanecimos cuatro días

en el hospital hasta que estuvo vencida la

enfermedad. Fuera de mostrarse durante

algún tiempo algo “mimado”,

debido a la

absolut’a atención que recibió mientras

estuvo enfermo, su paso por el hospital no

dejó en el niño ninguna impresión desagra-

dable. Por el contrario, parece guardar un

buen recuerdo de aquellos días, y estoy

segura de que esto se debe a una organiza-

ción que permite a las madres estar junto a

sus hijos enfermos mientras permanecen en

el hospital.

Quiero expresar mi agradecimiento a las

enfermeras, las cuales me hicieron sentir que

mi presencia era una verdadera ayuda para

ellas lo mismo que para Pedrito, y espero que

todos los hospitales adopten este sistema

para atender a los niños enfermos.

IMPRESIONES DE LA ENFERMERA

BARBARA

JOYCE LLOYD,

B.S.

Supervisora de PediatrZa, Hunterdon Medical Center, Flemington, N. J.

Recientemente un amigo mío, que es mi-

sionero en una aislada región montañosa de

Sudamérica, me preguntó :

,$e ocupan ustedes de bañar y dar de

comer a los niños, además de proprocionarles

los cuidados especiales que necesitan?

Le contesté que, a menos que se encuen-

tren gravemente enfermos, de bañar y dar

de comer a los niños se ocupan por lo regular

las madres. Se sorprendió al ver que “vol-

vIamos” al sistema que se sigue en el pueble-

cito sudamericano en donde él vive. De ser

así, creo en todo caso que “volvemos”

a

algo que jamás debi’amos haber abandonado.

La madre de Pedrito permaneció junto a

él durante toda su estancia en el hospital,

como hace la mayoría de las madres cuyos

hijos pequeños ingresan en nuestro servicio

de pediatrfa. Nosotras, las enfermeras, nos

sentimos tan complacidas con esto como

puedan sent’irse los propios padres.

KO siempre he sentido tanta benevolencia

por los padres. Antes de ocupar el cargo

que desempeño actualmente,

consideraba

que los niños hospitalizados se encontraban

mejor sin los padres. Las horas de visita, con

aquel torrente de preguntas y lágrimas sin

cesar, solían ser muy desagradables. Pero

ahora he visto que, cuando la madre está

presente, la mayor parte del tiempo se puede

contestar a sus preguntas a medida que las

hace y, de esta forma, no suponen molestia

alguna. Y si la madre está con él t,odo el dfa,

el niño solo llora por el dolor que le puede

causar determinado tratamiento

y por los

motivos porque suelen llorar las criaturas.

Ahora me costaría mucho adaptarme de

nuevo a trabajar en una sección de pediatría

en la que se obligara a una acongojada

madre a separarse de su hijo y solo se le

permitiera visitarlo un par de horas al día.

Imagem

FIG.  l.-No  se pasa  tan  mal  en  el  hospital  si  la

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