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Soc. estado. vol.29 número2

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Academic year: 2018

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Quando o “beneiciário” se personaliza:

(re)signiicação de programas de

promoção social em comunidades andinas

*

Carlos Cowan Ros**

Resumo: Nas úlimas décadas, a difusão de programas de promoção social no âmbito rural argenino tem conigurado uma nova insitucionalidade do Estado e fontes de ingressos para populações que não inham acesso a esse ipo de políicas públicas. No arigo, analisa-se como, a parir da irrupção dos programas sociais numa comarca andina do norte da Argenina, são reconigurados os modos de vida dos habitantes vis-à-vis à produção de novas práicas estatais. Com uma abordagem etno-gráica, observa-se que do encontro das lógicas de regulação que predominam no âmbito estatal e no comunitário derivam diferentes representações e modalidades de ariculação com as insituições públicas e, por meio disso, ressigniicam-se os programas sociais. Entre as conclusões é de se des-tacar que o universo de valores e signiicados que regem no âmbito comunitário e a personalização das categorias com as que se formulam os programas sociais operam como mecanismos básicos nos processos de ressigniicação destes úlimos.

Palavras chaves: camponeses; políicas públicas; comunidade; Estado; práicas políicas.

Estado, políicas de promoción social

y estrategias de vida campesinas

L

a jurisdicción municipal de Yavi está situada en el extremo norte de la provincia de Jujuy, limita en su frontera septentrional con la República de Bolivia e integra la región andina de la Puna argenina. En la comarca habitan aproximadamente 350 familias. Los técnicos/as del Insituto Nacional de Estadísicas y Censos (Indec) las clasiican como “población rural”1 porque el número de habitantes del distrito es

infe-rior a 2.000 (Indec, 2012), mientras que los de las insituciones de promoción social2 suelen categorizar a la mayor parte de ellas como “familias pobres”, por considerar que sus ingresos mensuales no alcanzan a saisfacer la compra de alimentos, bienes y/o servicios considerados esenciales. En la literatura cieníica, la población yaveña ha sido caracterizada como “campesinos semi-proletarios de origen indígena” (Isla, 1992; Abduca, 1993, entre otros), por su ascendencia étnica, referenciada en el pue-blo kolla, y porque tradicionalmente han complementado los ingresos provenientes de la producción agropecuaria con los de la venta de mano de obra para garanizar su subsistencia. De algún modo, esas categorías clasiicatorias demarcan la forma como ha sido caracterizada y pensada la población de la comarca de Yavi por agentes que operan desde diferentes insituciones del Estado.

* Para la elaboración del arículo, se contó con apoyo inanciero e insitucional del Consejo Nacional de Invesigaciones Cieníicas y Tecnológicas (Conicet) (Proyecto PIP 310) y de la Agencia Nacional de Promoción Cieníica y Tecnológicas de Argenina (Proyecto PICT 2456/2010). Deseo agradecer a los pobladores de la comarca de Yavi por su disposición a comparir sus vivencias y coidianeidad. Deseo también reconocer colaboración de Paula Cardoso por la corrección de esilo del texto y al Dr. Maías Berger y a los/as evaluadores/ as anónimos/ as del arículo por sus aportes y sugerencias al texto.

** Invesigador asistente del Conicet – Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires. <cowanros@agro. uba.ar>.

1. Uilizaré itálica para destacar conceptos y para términos ajenos al castellano, comillas dobles (“…”) para referir categorías y frases naivas o de otros autores/as y comillas simples (‘...’) para expresiones

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A diferencia de otras comarcas del país, la presencia de insituciones del Estado en Yavi se ha restringido a unas pocas delegaciones de algunas áreas de Gobierno. A par-ir de la década de 1990, la insitucionalidad pública nacional y la provincial comenza-ron a ampliarse y reconigurarse. Ese fenómeno se tornó evidente con la irrupción de programas de promoción social, implementados para contener la pauperización de las condiciones de vida de la población operada en el marco de la profundización del modelo neoliberal. En el marco del paradigma de la descentralización y focalización de las políicas públicas, la ejecución de algunos programas fue delegada en representan-tes de los gobiernos municipales y de organizaciones sociales.

En 2005, registré que alrededor del 85% de los grupos domésicos de la comarca accedía a recursos económicos distribuidos a través de los programas sociales. En los sucesivos años, constaté que dicho fenómeno, lejos de ser coyuntural, se con-solidaba y ampliaba conforme se muliplicaban los programas patrocinados por el Estado nacional dirigidos a la población rural, consagrada ahora como “sujetos de derecho” en la narraiva gubernamental. En ese contexto, dos fenómenos se conju-gaban en la redeinición de la coidianeidad yaveña. Por un lado, operaba la recon-iguración de la insitucionalidad pública de la comarca, especialmente a través del despliegue de acciones de promoción social y, asociado a éste, una mayor injerencia de la población local en la gesión de políicas públicas. Por otro lado, las lógicas de subsistencia de los yaveños comenzaron a evidenciar una creciente ariculación con los programas sociales.

Ante los cambios de paradigmas sobre el Estado y las transformaciones por la que éste transita en el marco de los procesos de globalización, los invesigadores sociales se han enfrentado a la necesidad de revisar sus enfoques analíicos, para aprehender y comprender la complejidad de los procesos que operan en su entorno, así como su especiicidad.

Entre algunos autores/as, en especial quienes adhieren a una perspeciva etnográica, se reconoce el obstáculo analíico que supone asumir al Estado como una categoría universal. Se problemaiza el análisis de su coniguración y de su funcionamiento, así como los fenómenos asociados al mismo, a parir de conceptos sujetos a preceptos normaivos que, como advierte Pierre Bourdieu (1993: 4), condicionan a analizarlo con las categorías de pensamiento que se producen en su seno y, en consecuencia, a desconocer aspectos fundamentales de su funcionamiento. De esa restricción, deriva la recurrente feichización del Estado al asumirlo como una enidad omnipresente y corporaiva, acotada al complejo de insituciones administraivas con funcionamiento burocráico, que suele adjudicársele la capacidad de control sobre la sociedad civil, su supuesto opuesto. Otro sesgo, también operado en el análisis de la políica, consiste en pensar su especiicidad como un dominio social autónomo, desenraizado del res-propias que ilustran

percepciones.

2. Por

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to de la sociedad (Palmeira, 1992; Abélès, 1997 y Balbi y Rosato, 2003, entre otros). Enfoques analíicos que conllevan esos desvíos no solo evidencian su vulnerabilidad ante la diicultad de deinir los límites de cada categoría, sino que, al aplicar ese sesgo homogeneizador, presentan deiciencias para aprehender las tensiones y contradic-ciones sobre las que se (re)conigura cada ámbito (Sharma y Gupta, 2006 y Das y Poole, 2008).

Ante esos obstáculos epistemológicos, diferentes autores/as desisten de asumir al Estado y a la políica como objetos conceptuales apriorísicos. Plantean que en su comprensión y análisis debería aricularse la dimensión estructural con la subjei-vidad de los individuos para comprender cómo esas esferas son (re)producidas por medio de las prácicas sociales. Aradhana Sharma y Akhil Gupta (2006) postulan pensar al Estado como un “artefacto cultural”, conigurado en torno a un conjun-to de insituciones, prácicas y personas, que se caracteriza por ser contradicconjun-torio, operar en diferentes niveles y (re)conigurarse a parir de las prácicas coidianas. Vena Daas y Deborah Poole (2008) privilegian el estudio de los “márgenes del Esta-do”, donde sus prácicas son colonizadas por otras formas de regulación, que ema-nan de las necesidades apremiantes de las poblaciones, conigurando “espacios de creaividad”. Frente a los desplazamientos de escalas catalizados por los procesos de globalización, Marc Abélès (1997) propone (re)pensar al Estado “visto desde abajo”, como forma de comprender las condiciones de producción de los espacios políicos. Para ello, sugiere parir de las prácicas territorializadas de los actores, ya sean gestores, políicos o simples ciudadanos, sin incurrir por ello en la idea de microcosmos cerrados.

Los enfoques analíicos propuestos por esos autores/as son facibles de ser aricula-dos en el análisis de las políicas públicas que, al conigurar espacios de interacción entre los representantes de la insitucionalidad pública y los desinatarios de las políicas, consituyen un área de estudios privilegiada para comprender la produc-ción de prácicas y representaciones sobre el Estado. Las políicas de promoproduc-ción social ganan especiicidad al involucrar y tornar visibles a los sectores subalternos en la producción de representaciones y prácicas estatales. El caso yaveño adquiere relevancia para ese ipo de estudios no solo por sus paricularidades territoriales (fronteriza y periférica) y por las caracterísicas de la población desinataria, sino también porque la irrupción de políicas de promoción social posibilita analizar cómo se produce y representa una nueva dimensión de la insitucionalidad pública en un ámbito local especíico.

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analizar cómo en su vinculación con los programas sociales los yaveños implementan y (re)deinen sus estrategias de vida, (re)signiican los programas y, por medio de ese accionar, paricipan en la producción de prácicas estatales. En un senido más amplio, el arículo pretende consituirse en un aporte a la dilucidación y comprensión de me-canismos subyacentes a la producción de prácicas políicas.

El análisis presentado es un desdoblamiento de mi tesis doctoral (Cowan Ros, 2013) y una invesigación en curso que, con una perspeciva etnográica, abordan diferen-tes aspectos de las lógicas organizaivas y de la praxis políica de los yaveños. Los registros empíricos fueron recolectados en seis aldeas, entre el año 2005 y 2012, a través de la observación paricipante (en eventos fesivos, de trabajo colecivo, reu-niones comunitarias, acciones colecivas de protesta y campañas electorales), con-versaciones informales y/o entrevistas semi-estructuradas a miembros y represen-tantes de las aldeas, represenrepresen-tantes de diferentes insituciones locales (municipios, ONGs de promoción social, Iglesia Católica e iglesias evangélicas, organizaciones sociales) y técnicos de programas sociales nacionales y provinciales. Esa informa-ción primaria fue complementada con documentainforma-ción insitucional referenciada oportunamente en el texto.

A in de iluminar las paricularidades y generalidades del caso analizado y destacar avances analíicos sobre la temáica, a lo largo de la exposición dialogo con los re-sultados observados por invesigadores/as que estudiaron procesos asociados a la implementación de políicas de promoción social en ámbitos rurales y urbanos del país.

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Irrupción de la insitucionalidad

de promoción social en la comarca yaveña

La población rural de la Puna se agrupa en aldeas denominadas localmente “comuni-dades”, en las que suelen residir un número variable de familias que oscila en torno de las treinta. La comarca yaveña está conformada por trece de ellas. Cada “comunidad” está integrada principalmente por miembros de familias de linajes tradicionales. Los vecinos comparten y administran recursos cruciales para su subsistencia, en especial ierra y agua, y deinen conjuntamente cuesiones que hacen a su convivencia, entre las que destacan las tareas comunitarias, que deben ser garanizadas con el aporte de trabajo de cada familia miembro, y los criterios de pertenencia al grupo comunitario, que en todos los casos relevados estuvieron regidos por vínculos de parentesco, sea por descendencia o por casamiento. La compra y/o alquiler de ierra, como mecanis-mo de acceso a una aldea, se encuentra bastante restringida.

En 1985, el Estado argenino otorgó a las parcialidades que integran los pueblos originarios el derecho al reconocimiento jurídico a través de la igura de “comunidad indígena” (Ley n.o 23.302). La Reforma de la Consitución Nacional de 1994 insituyó

el derecho de las comunidades indígenas a obtener los ítulos de las ierras que tradicionalmente habitan. En los años subsiguientes, los grupos comunitarios yave-ños tramitaron la personería jurídica de comunidad indígena, para lo cual debieron formalizar una estructura organizaiva y de representación de los vecinos. En ese marco insitucional, la “comunidad”, no solo en su acepción de grupo de vecinos o de aldea sino también en la de enidad políica, es decir, como instancia organi-zaiva y representaiva de los vecinos de una aldea que se encarna en la asamblea comunitaria y en la igura del “presidente”, adquirió un protagonismo decisivo en la escena local.

Gran parte de las caracterísicas y modalidades de funcionamiento de las aldeas ya-veñas pueden ser aprehendidas a través de la noción de comunidad de vecindad pro-puesta por Max Weber (2005). No obstante, las intrincadas relaciones sociales que existen en su interior, en especial las de parentesco, sumadas a su carácter idenitario y políico le imprimen caracterísicas pariculares. Teniendo por referencia el objei-vo del presente arículo e inspirado en The people of the Sierra, de Julian Pit-Rivers (1971), interpreto la sociabilidad que opera en cada aldea yaveña a través de la noción

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Mi opción por la noción comunidad moral se debe a que posibilita comprender las di-námicas que operan en el seno de cada grupo comunitario y entre miembros de gru-pos diferentes integrando relacionalmente procesos de agregación y antagonismo, que se enmarcan en un principio de visión comparido sobre cómo debe ser “la vida en la comunidad”, es decir la convivencia. Así, lejos de abordar esos ámbitos sociales como enidades cohesionadas y corporaivas en las que sus miembros convergen armónica-mente en el pensamiento y en la acción, las interpreto como grupos en coninua rede-inición a parir de las cosas que los unen en la cooperación y en el antagonismo. De hecho, en las aldeas estudiadas los vecinos suelen invocar que la convivencia debe estar regulada principalmente por los valores de laboriosidad, honradez y solidaridad que de-bieran regir el comportamiento individual y que deinen al “buen vecino”, mientras que la unión, la igualdad y la autonomía debieran guiar el comportamiento como grupo. La objeivación de esos principios de comportamiento a manera de discurso normaivo fue favorecida por el proceso de obtención de las personerías jurídicas, en la que actuaron como asesores representantes de organizaciones indigenistas y de ONGs, quienes sue-len postular como referencia de la “vida en comunidad” cierta imagen idealizada del

ayllu andino precolombino. Así, esos principios coniguran cierto senido común sobre el que se referencia el deber ser de la convivencia, sin embargo en el coidiano suelen relevarse diferentes interpretaciones y lógicas de comportamiento de los vecinos.3

Hasta mediados de la década de 1990, la insitucionalidad pública en la comarca ya-veña se restringía a un puesto de Gendarmería Nacional, una subcomisaría provincial, cuatro escuelas primarias, cuatro puestos de salud y la Comisión Municipal. En esta úlima se administraban los fondos distribuidos por el Gobierno provincial que, en palabras del comisionado, “apenas alcanzaban para pagar los sueldos”. Dadas las ca-racterísicas socioeconómicas de la población, la capacidad de recaudación mediante impuestos y servicios era ínima, así como los recursos disponibles para acciones de promoción social.

En el marco de la agudización de la crisis económica que se tornó maniiesta a esca-la nacional en esca-la segunda mitad de esca-la década de 1990 se difunde esca-la implementación de programas sociales en el país. Mayoritariamente, fueron formulados y inanciados por el Gobierno nacional y ejecutados por los gobiernos provinciales y municipales. La proliferación de programas sociales sumada a la políica de descentralización gu-bernamental favorecieron que algunas jurisdicciones, especialmente las rurales, que tradicionalmente quedaban al margen de ese ipo de políicas, fueran incluidas. Las instancias municipales de gobierno, en general, y la Comisión Municipal de Yavi, en paricular, pasaron a contar con recursos para desplegar acciones de promoción social.4

En Yavi, la coniguración de la insitucionalidad de promoción social se caracteriza por la diversidad de programas ejecutados, involucrando diversas temporalidades, moda-3. En mi análisis

asumo la perspeciva de Julian Pit-Rivers quien enfaiza que “los valores no son uniformes, en el senido que no son comparidos igualmente por todos los miembros de la comunidad, sino que varían de acuerdo con la posición del individuo dentro de la estructura. Esta variación, que a veces origina rivalidades, conduce también a una serie de inconsistencias lógicas, las cuales, sin embargo, no son sociológicamente inconsistentes. Más bien cabe achacarlas a la necesidad de reconciliar lazos sociales conlicivos dentro de la misma comunidad y dentro de los mismos individuos. Las formas en que esa reconciliación se veriica dan a la estructura de la sociedad muchas de sus caracterísicas” (1971:10). Un análisis pormenorizado de la “comunidad” yaveña, en donde se expone el conjunto de registros empíricos sobre los que se construye el modelo que se aplica en este arículo, puede consultarse en Cowan Ros, 2013.

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lidades de ejecución e insituciones. Si se clasiican por su objeto de intervención es posible diferenciar cinco ipos de programas: alimentarios, habitacionales, de fortale-cimiento de organizaciones aborígenes, de empleo y de desarrollo producivo. A los ines de este arículo interesan los programas de desarrollo producivo y de empleo por su relevancia en la coidianeidad local.

Las ONGs fueron pioneras en la implementación de proyectos de desarrollo produc-ivo orientados a emprendimientos agropecuarios y artesanales. Desde inicios de la década de 1990, dos ONGs y una agencia de cooperación internacional ejecutaron acciones con grupos comunitarios, coninuando solo una, MINK’A, sus acciones en la década pasada. Los fundadores de MINK’A son oriundos de otras regiones del país. A mediados de la década de 1990, llegaron a la Puna jujeña para trabajar en el marco de un proyecto de desarrollo rural patrocinado por una agencia internacional. Años más tarde, crearon MINK’A con el objeto de tener un ámbito insitucional autónomo desde donde implementar acciones acordes a su concepción de desarrollo rural, cen-trada en el empoderamiento de los campesinos orientado a modiicar las relaciones de poder a las que están sujetos y generar condiciones para mejorar su calidad de vida. La capacitación y la promoción de la organización se consituyeron en los pila-res de su estrategia de intervención. Por medio de la captación de inanciamiento de agencias internacionales y de programas públicos nacionales generaron una cartera de proyectos a través de los cuales brindan asistencia técnica y inanciera a las familias campesinas. Entre sus logros acostumbran destacar su aporte a la creación del Movi-miento Campesino, una organización territorial de base campesino-indígena, que en 2005 llegó a agrupar 40 organizaciones sociales que nucleaban a 1200 familias de las regiones de la Puna jujeña y de la Quebrada de Humahuaca. Su ilial yaveña agrupa al-rededor de 150 familias, la mitad de ellas pertenecientes a seis aldeas de la comarca.

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En 2010 comenzó a implementarse el programa Asignación Universal por Hijo para Protección Social, inanciado y ejecutado por la Administración Nacional de Seguri-dad Social (Anses). La “Asignación Universal”, como es denominada, iene por desi-natarias a gestantes desempleadas y a los hijos/as menores de 18 años o a personas con discapacidades cuyos padres, madres y/o tutores/as no perciben una remunera-ción por hijos/as por estar desempleados/as o trabajar bajo condiciones informales. Asigna mensualmente a los tutores el 80% de una cuota por persona a cargo, hasta un máximo acumulable de cinco cuotas, para cubrir gastos de reproducción social. Al inalizar el año, contra la presentación de los ceriicados de asistencia escolar y control sanitario de las personas a cargo, se entrega el 20% restante de las cuotas. Es importante señalar que si bien no es un programa de empleo las personas suelen percibirlo como su coninuidad y su impacto en la economía domésica genera un efecto semejante a ellos.

Esos programas tuvieron un papel clave en la coniguración y representación de la insitucionalidad de promoción social en la comarca por el inanciamiento distribuido, su coninuidad en el iempo y por el número de familias asisidas. En el marco de la crisis y debido a la reconversión de las estrategias de reproducción social5 ocasionada

por la drásica reducción de la demanda de mano de obra en sus desinos tradiciona-les de emigración, las familias yaveñas pasaron a consituirse en una oportunidad del contexto de donde movilizar recursos para incorporarlos a su economía domésica y, de ese modo, garanizar su subsistencia (Cowan Ros y Schneider, 2008). 6

En 2005, 100 de los 350 grupos domésicos existentes en la comarca recibían la re-muneración mensual del PJJHD. La Comisión Municipal distribuía periódicamente 180 bolsas de alimentos, planes de vivienda, brindaba empleo a 30 personas, bajo dife-rentes modalidades de contratación, y había gesionado alrededor de 35 pensiones graciables para personas con invalidez y para madres con más de siete hijos. A través de las ONGs y de las organizaciones sociales un número relevante aunque indeter-minado de familias recibía subsidios y/o microcréditos para inanciar sus emprendi-mientos producivos y/o becas de estudios para sus hijos. Esas fuentes de ingresos complementaban los recursos generados a través de la producción agropecuaria y/o la venta de mano de obra.

La variabilidad y disconinuidad temporal de las fuentes de ingresos que componen la economía domésica de los yaveños, sumada a la diversidad de estrategias económi-cas y a la imposibilidad de reconstruir sus contabilidades domésieconómi-cas, tornaron invia-ble precisar la incidencia de los programas sociales en la composición de sus ingresos. Sólo resultó posible realizar inferencias. En base a la información registrada, esimo que la paricipación de los fondos provenientes de la insitucionalidad pública en la economía domésica de los yaveños vinculados a ella oscilaba entre el 30% y el 50%. 5. Para el análisis

de los medios de subsistencia de las familias campesinas recupero la noción

de estrategias de

reproducción social propuesta por Pierre Bourdieu, entendida como el conjunto de prácicas que implementan sus miembros para reproducirse biológica y, sobretodo, socialmente. Consituyen los mecanismos que ienden a garanizar la reproducción y/o ampliación de la dotación y estructura de capitales, resultantes de las disposiciones del habitus y de

su estructura de capitales. Pueden ser clasiicadas en biológicas, sucesión, educaivas, económicas y simbólicas y, en cuanto consituyen un sistema, son interdependientes y cronológicamente ariculadas (Bourdieu, 1994).

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En 2010, con la implementación de la “Asignación Universal”, todo grupo domésico cuyo jefe/a de hogar no percibía remuneración salarial por hijo/a, pasó a recibir una mensualidad por dicho concepto. Actualmente es diícil encontrar alguna familia yaveña cuya economía no integre recursos de los programas sociales o tenga vin-culación laboral con alguna insitución estatal. Se veriica una creciente imbricación entre sus modos de subsistencia y la insitucionalidad pública. Otros autores/as han registrado la inluencia de los programas sociales en la redeinición de las formas de vida de sectores subalternos del país en contextos de crisis, tanto en ámbitos urbanos (Guiérrez, 2008; Grimberg, 2009, Quirós, 2009 y Cross, 2010), como en rurales (Berger, 2013). Algunos enfoques se centraron sobre los efectos de algu-nos programas, en especial los de empleo, en la desmovilización, por medio de la “negociación” y/o la “coopatación”, de la protesta social que emergió a ines de la década de 1990 (Svampa y Pereyra, 2003; Svampa, 2004; entre otros). Sin embargo, conforme observa Alicia Guiérrez, no se puede suponer que las políicas consitu-yen un conjunto de prácicas mecánicas que los agentes adoptan sin resigniicarlas (Guiérrez, 2009: 198).

En las próximas secciones abordaré esa cuesión. Antes, destaco que el fenómeno observado en Yavi convoca a revisar los abordajes tradicionales con los que se inter-preta la reproducción social campesina. En cuanto los campesinos son concebidos fundamentalmente como formas familiares de producción en el agro, suele restrin-girse el análisis de sus estrategias económicas a la producción agropecuaria y/o a la venta de mano de obra. Sin embargo, conforme penetra y se consolida la presencia del Estado en el territorio nacional, la movilización de recursos de diferentes insitu-ciones públicas se consituye en un componente acivo de sus lógicas de subsistencia. Ese fenómeno también nos dice algo sobre la reconiguración de sus modalidades de vinculación e integración con la sociedad nacional, que, como observaron referentes en la materia (Redield, 1956, Wolf, 1975, entre otros), intervienen en la especiicidad y en las condiciones de reproducción de los campesinos en cada sociedad y contexto histórico.

“Ayuda” y “apoyo”:

variaciones de senidos en torno a los programas sociales

Año tras año, resulta elocuente cómo los relatos de los yaveños se nutren de ca-tegorías propias de la insitucionalidad de promoción social. “Ayuda”, “proyecto”, “beneiciarios”, “familias críicas”, “familias necesitadas”, “formularios”, entre otras categorías son accionadas cuando relatan sus problemas y sus modos de resolverlos o ganan centralidad en la dinámica de la políica local. El nuevo léxico conlleva las formas como perciben los recursos, los papeles sociales que se insituyen y las mo-dalidades de distribución que emergen en torno del nuevo complejo insitucional

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y que a su vez contribuyen a producirlo, consituyendo una puerta de entrada para su análisis.

Un fenómeno semejante es observado por Virginia Manzano (2008: 81) y Julieta Qui-rós (2009: 129) en miembros de organizaciones de desocupados del Gran Buenos Aires que gesionaban el PJJHD. No sólo se veriica cierta superposición en la termi-nología registrada por las autoras y el caso yaveño, sino también en las prácicas aso-ciadas a ella. En mi entender, ese fenómeno evidencia el poder ejercido por quienes operan a través de las insituciones estatales produciendo e imponiendo voliciones y representaciones colecivas, conforme observó Emile Durkheim (2000). En los progra-mas sociales eso se expresa a través de las categorías de clasiicación y de las lógicas de gesión que inducen ciertas prácicas en los beneiciarios, mediando siempre un margen de reinterpretación. En este senido, Manzano observa que entre sus efectos se encuentra la “apropiación de saberes que posibilitan un mayor control colecivo sobre los disposiivos de funcionamiento estatal” (Manzano, 2008: 83), proporción que se veriica e intentaré demostrar para el caso yaveño.

Cuando los yaveños relatan aspectos vinculados a los programas sociales, tarde o tem-prano, emerge el término “ayuda” para referirse de forma genérica y difusa a los pro-gramas sociales y a los recursos que se movilizan por su intermedio. A excepción de quienes asumieron cargos de gesión en alguna insitución, la mayor parte desconoce el origen de los fondos, así como las metas y operatorias de los programas. Los recur-sos simplemente “llegan” a la comarca y son distribuidos por agentes locales, siendo su anhelo consituirse en beneiciarios o “sacar algún proyecto”.

La insitucionalidad pública, en especial sus procedimientos administraivos y lengua-je, suele ser ininteligible para la mayor parte de los yaveños. Las distancias espaciales con los centros de gesión tampoco favorecen su vinculación directa con los equipos técnicos. Esas distancias entre ambos universos sociales y las políicas de descentra-lización favorecieron la emergencia de intermediarios o mediadores sociales, que a nivel local se encarnan en la igura de los representantes de la Comisión Municipal, técnicos de MINK’A y dirigentes de las organizaciones sociales. Esos agentes captan y distribuyen recursos de los programas sociales y, especialmente, asisten en el llenado de formularios y en la traducción y codiicación de las problemáicas de los solicitan-tes en el lenguaje y formato de proyecto, que exigen las insituciones de promoción social. Por medio de su accionar, los mediadores intervienen (re)signiicando los uni-versos que interconectan y produciendo prácicas y senidos especíicos a través de la distribución de recursos. A coninuación, analizaré las especiicidades que adquieren las modalidades de distribución de recursos a través de dos canales: la Comisión Mu-nicipal y MINK’A-Movimiento Campesino.7

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En los relatos de los yaveños, la “ayuda” canalizada a través de los programas sociales por los diferentes mediadores sociales moviliza la acepción de aporte, signiicando que, a pesar de no ser suicientes, los recursos recibidos son una contribución para su subsistencia. También reiere a un acto generoso que vincula un dador y un receptor a través de la realización de un favor.8

En torno de la distribución de recursos de los programas sociales se insituyen pa-peles, posiciones sociales y se (re)producen vínculos, que conllevan prestaciones y compromisos recíprocos, que adquieren especiicidad según los actores involucrados. Por un lado, están quienes se encuentran en condición de dar o “ayudar” por te-ner acceso a recursos y, por otro, quienes están en posición de recibir, gete-neralmente enunciados como “familias necesitadas”, “humildes” o “carenciadas”. Esas modalida-des de denominar a los usuarios de los programas remite a la forma como conciben las condiciones materiales de existencia en la comarca, explicadas por la falta de tra-bajo y por los tra-bajos rindes agropecuarios producto de las restricciones agroclimáicas, condicionantes externos que eximen de reprobación a quien debe recurrir a “ayuda” para sustentar a su familia. Interpreto que también es una modalidad de resisir las formas de clasiicación y caliicación con la que algunos programas sociales deinen a su población objeivo. En una sociedad como la yaveña, donde prácicamente todos acceden a una parcela para la producción de alimentos, “pobre” o “desocupado” pue-den movilizar senidos que afecten la idoneidad y/o vocación de las personas por el trabajo, pues para los yaveños “pobre es quien no iene para comer” y “en el campo siempre hay algo para hacer”, se está ocupado.

La condición de “familia necesitada”, siempre deinida con relación al resto de los vecinos, también conlleva la idea del beneiciario legíimo y del criterio que debiera subyacer a la distribución de los recursos. En comunidades morales, como las aldeas yaveñas, donde los valores de igualdad y de unión coniguran principios de compor-tamiento éicos, “darle al que más necesita” o “dar parejo”, según la disponibilidad de recursos, deinen modos legíimos de implementación de los programas sociales. Esos principios son contrapuestos a “darle a su gente” o “a su familia”, la lógica que adjudican al modo de distribución que rige en la políica. Cuando perciben que la distribución de los recursos está guiada de esa manera, las categorías “favoriismo” o “acomodo” se imponen sobre “ayuda”, para enfaizar el modo ilegíimo de acceder y distribuir recursos y poner en cuesión la reputación del dador y del receptor. Es sabi-do que las personas piden “ayuda” a los representantes de la Comisión Municipal para acceder a los beneicios de un programa o, más anhelado aún, a un puesto de trabajo. Esas iniciaivas rara vez son relatadas por dadores y receptores, pues las gesiones para beneicio individual o familiar dan lugar a rumores; solo el pedido de ayuda para “beneicio comunitario”, es decir para todos los vecinos, es digno de ser relatado. Así, se observa que a través de los programas sociales no solo circulan bienes materiales,

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sino también simbólicos, por medio de las valoraciones y reputaciones que se cons-truyen en torno a las prácicas asociadas a ellos.

La distribución de recursos a través de la Comisión Municipal está imbricada con la dinámica que adquiere la políica en la comarca. En Yavi, las facciones políicas se (re)producen y proyectan a parir de redes de iliación existentes, en paricular de parentesco, de vecindad y religiosas. En esas redes los vínculos se (re)producen en torno a prestaciones sociales que atraviesan diferentes esferas de la coidianeidad y que en el ámbito de la políica son (re)conocidas a través de la fórmula “ayuda por apoyo”. En la producción de adhesiones intervienen, aunque no exclusivamente, la prestación de favores, servicios y/o la distribución de recursos que los candidatos brindan a sus (potenciales) adherentes, también bajo la denominación de “ayuda”. Los políicos acostumbran deinir su vocación y función en términos de “ayudar a la gente”, signiicando “dar trabajo” y/o facilitar el acceso a los recursos de algún pro-grama social para contribuir a su subsistencia. Esa “ayuda” es esperable que genere en los receptores un compromiso de retribución, que adquiere diferentes expresio-nes entre las que se encuentra el “apoyo” electoral, como concreción del voto y producción de nuevas adhesiones.

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En el canal intermediado por los técnicos de MINK’A y por los dirigentes campesinos de la comarca, la distribución de recursos también sigue una lógica recíproca, aun-que más eufemisada. “Ayuda” es una categoría aun-que técnicos y dirigentes campesinos reservan para descaliicar el accionar, percibido como clientelar o asistencialista, de agentes vinculados a otros ámbitos insitucionales, especialmente el municipal. “Apo-yar”, “acompañar” o “trabajar con las comunidades” son las categorías elegidas para referir y diferenciar su quehacer.

Entre técnicos y dirigentes opera el imperaivo de hablar en la primera persona del plural, una forma de airmar que se “apoya” un acuerdo de trabajo en cuanto discu-ido y consensuado con “las comunidades”. También con ese recurso retórico opera la transmutación de la persona individual en el actor colecivo, el Movimiento, a in de que se referencie a esa organización como la enidad que capta y distribuye los recursos. A diferencia de la “ayuda” brindada por los políicos, técnicos y dirigentes explicitan que los proyectos que ejecutan se orientan a una meta más amplia, enun-ciada como: “un proyecto de transformación social”. En sus manos los “programas sociales” adquirirían otro senido y efecto, en cuanto su función de “mero paliaivo” sería resigniicada e instrumentalizada en un “proyecto políico” más amplio.

En la perspeciva de técnicos y dirigentes campesinos el desinatario legíimo de los proyectos, lejos de ser las familias o las personas individuales, son las “comunida-des”. Los campesinos deben traducir sus problemáicas pariculares en proyectos asociaivos para recibir su “apoyo”, una forma de condicionar la “ayuda” a cambio de un comportamiento corporaivo. En los hechos, rara vez los vecinos de una aldea se movilizan como un grupo corporaivo en torno de los proyectos. Suelen agru-parse y paricipar como parcialidades comunitarias, es decir, grupos conigurados a parir de redes de pertenencia preexistentes sobre las que se dinamiza la sociabili-dad en las aldeas.

La renovación de proyectos patrocinados por el Movimiento Campesino está direc-cionada por las expectaivas que técnicos y dirigentes ienen sobre el proceder de los campesinos. Más allá de corresponder con los compromisos asumidos en el marco de la ejecución de proyectos anteriores (concretar las acciones planiicadas, repago de microcréditos, etc.), esperan que se comprometan con la propuesta de transfor-mación social que impulsan. Existe la expectaiva de que los campesinos dejen de ser parícipes de prácicas clientelares y que desconozcan como dádiva lo que enienden es su “derecho”. Con la noción de “políica comunitaria” intentan objeivar y diferen-ciar su modalidad de gesión de los programas sociales del canal municipal.

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y/o proximidad que tengan con los miembros de su conducción. Suelen referenciarlo más por la “ayuda” que brinda y/o por el ipo de proyectos que ejecuta, que por los objeivos y modos de gesión que dirigentes y técnicos adjudican a la organización. Tampoco comprenden del mismo modo y/o adhieren a las diferencias que éstos ma-niiestan tener con los políicos. Lejos de percibir los diferentes canales de distribu-ción de “ayuda” como excluyentes, los conciben como complementarios e intentan aricularlos en sus estrategias de subsistencia.

De lo expuesto, se observa que en el caso yaveño, al igual que en otros casos rurales (Rodríguez Bilella, 2005 y Berger, 2013) y urbanos (Auyero, 2001; Quirós, 2008 y Cross, 2010), existe cierta superposición de los canales de distribución de los recur-sos de los programas sociales con las redes de iliación de los beneiciarios, lo que imprime una dinámica paricular al intervenir y entremezclarse los principios y las normas de comportamiento que rigen en éstas con los de las políicas públicas.

Las posiciones que ocupan las personas en esos canales, lejos de ser homogénea, se diferencia, entre otros factores, según los papeles asumidos en la ejecución de los programas que derivan de sus capacidades diferenciales. El hecho de que la insitucionalidad de promoción social sea percibida de manera difusa o resulte inin-teligible para los desinatarios favorece la emergencia de la igura de los mediadores sociales, quienes a través de su accionar la tornan tangible y accesible, al mismo iempo que le imprimen signiicados especíicos. La diferenciación de papeles que insituyen el lenguaje y las lógicas burocráicas de la administración pública también ha sido observada por otros autores/as en el ámbito urbano (Auyero, 2001; Man-zano, 2008 y Cross, 2010) y en el rural (Nussbaumer, 2011 y Berger, 2013). Eso no signiica que la igura del Estado o de las insituciones que lo conforman se mate-rialicen en la del mediador, ya que la primera persiste como algo difuso, distante y diferente de los intermediarios locales, pero se torna accesible a través de su igura. Este hecho permite presentar la distribución de los recursos públicos como dádiva y la emergencia del senimiento de graitud en los beneiciarios, pues, como observa Quirós, se agencia en el intermediario el trabajo y el mérito de haberlo consegui-do (Quirós, 2011: 279). También posibilita el surgimiento de disputas y diferencias cuando se percibe que los recursos no son distribuidos conforme lo esperado, pues se reconoce que éstos no son propiedad de los mediadores, no así el gesto de de-cidir a quién “ayudar”. En todo caso, es el mediador quien percibe como propio el recurso que consiguió, pero esa vivencia no necesariamente es comparida por el resto, que pueden diferenciar entre el origen (estatal) del recurso y el gesto de “ayudar”.

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imple-mentación de programas sociales a través de canales diferenciados, esos signiicados inciden en las representaciones que se generan en torno a los programas y, por su intermedio, al Estado. Los representantes de la Comisión Municipal, desde su papel de representantes políicos y desde la facción que representan, “ayudan” a personas, a familias y a “comunidades” con acciones puntuales, ofreciendo un aporte exteriori-zado como favor, para hacer menos dura la subsistencia en la comarca. Una forma de presentar su propuesta de la gesión pública. Por su parte, los técnicos de MINK’A y los dirigentes campesinos intentan transmiir un mensaje (educaivo) que se orienta a generar consenso sobre la necesidad de transformar la vida en el territorio, inclui-das las insituciones que lo consituyen, para lo cual “apoyan” la conformación de un sujeto colecivo promotor del cambio. En sus narraivas los recursos que se distribu-yen desde el Estado, lejos de ser presentados como favores, son enunciados como “derechos” y a los programas sociales los consideran como “meros paliaivos” que precisan ser resigniicados para mejorar las condiciones de vida. Tanto los políicos como los técnicos de MINK’A y los dirigentes del Movimiento Campesino jusiican su accionar en una vocación de ayuda al otro y, de manera más o menos explícita, (re) producen un vínculo recíproco, conigurando canales de circulación de recursos con caracterísicas pariculares que delinean diferentes modalidades de gesión y repre-sentaciones del (deber ser del) Estado.

Quirós observó que las categorías de clasiicación y principios de valoración y me-recimiento en un canal de distribución de planes del PJJHD controlado por una or-ganización de desocupados y otro, por una red políica-paridaria diferían y eran construidos relacionalmente. Eso no signiicaba que los criterios operaran de forma exclusiva en cada canal, más bien eran lógicas que, superponiéndose en parte por-que las personas por-que las animaban transitaban por ellas, operaban en cada espacio con disinta predominancia, jerarquía y valor moral (Quirós, 2008: 123). Esa inter-pretación es aplicable al caso yaveño. En la comarca la hibridación de esas lógicas también es favorecida porque las prácicas y construcciones narraivas de los me-diadores están asociadas a formas de disinción y diferenciación entre ellos, que conforme ganan legiimidad son reapropiadas por unos y otros.

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Imbricación de lógicas estatales y comunitarias

en la gesión local de programas sociales

La descentralización operaiva de la ejecución de algunos programas sociales favore-ció que su gesión, en especial la deinifavore-ción de criterios de asignafavore-ción, monitoreo y renovación, fuera realizada por actores locales, incluidos los beneiciarios. Esa moda-lidad de gesión de las políicas públicas puede ser aprehendida como un “margen del Estado”, en cuanto son prácicas estatales deinidas y producidas por agentes que se encuentran en una posición ambigua con relación al mismo. Al ser desinatarios de las políicas públicas pueden ser concebidos y situados ‘fuera del Estado’, como parte de lo que suele denominarse sociedad civil. Sin embargo, al asumir funciones, entre las que se encuentra representar y/o velar por el ‘espíritu’ del programa social por medio de la deinición de criterios concernientes a su ejecución, pueden ser situados dentro de dicho ámbito. Sin lugar a dudas, el desaío no pasa por establecer ‘el límite’, sino por comprender cómo se producen prácicas estatales (o prácicas políicas si

deini-das en senido amplio) en ese espacio ambiguo. En esta sección profundizaré sobre esa cuesión a través del análisis del Consejo Consulivo de Yavi (CC), que entre 2002 y 2009 gesionó el PJJHD.

En 1999, los técnicos de MINK’A convocaron a los pobladores a una serie de talleres sobre democracia paricipaiva y ciudadanía para relexionar sobre el papel del Estado y los derechos y obligaciones de los ciudadanos. El ciclo culminó en la creación del CC, un ámbito de convergencia de representantes de las aldeas, para controlar y proponer acciones a la Comisión Municipal, con vistas a mejorar su gesión y trasparentar la asignación de los programas sociales.

La nueva instancia fue resisida por las autoridades municipales por “inmiscuirse en sus asuntos”. No obstante, en 2002 el Gobierno Nacional reglamentó la creación del PJJHD y de concejos consulivos en los ámbitos municipales del país, para promover la paricipación de representantes de la sociedad civil “en el control de la adjudicación y la efecivización” del Programa (PEN, 2002: 17). Ante el nuevo marco insitucional, las autoridades municipales yaveñas debieron reconocer al CC.

El funcionamiento del CC se estructuró en torno a una reunión mensual, presidida por un dirigente campesino de la comarca y a la que estaban convocados representantes de la Comisión Municipal y los presidentes de las comunidades indígenas. En las re-uniones se informaba sobre diversos aspectos de la gesión municipal y se deinían criterios para la ejecución de los programas sociales, paricularmente el PJJHD.

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se estableció que la renovación de la condición de beneiciario dependía del cumpli-miento de las contraprestaciones deinidas y asignadas por cada grupo comunitario, es decir los vecinos de una aldea reunidos en asamblea, y debían ser supervisadas por el presidente de la comunidad y registradas por medio de la irma diaria de ambas partes en una planilla. La superación de tres inasistencias sin jusiicación médica o la falta de respeto a alguna autoridad o compañero consituían moivos para perder la condición de beneiciario y quedar privado de acceder a recursos de otros programas sociales por cinco años. Destaco que en esa modalidad de gesión se introdujeron principios de funcionamiento de una lógica burocráica, en cuanto impersonal y ra-cional, objeivada en el reglamento y en los procedimientos de control que fueron promovidos por la propia operatoria del Programa y por los mecanismos de gesión y paricipación propiciados por los técnicos de MINK’A. Sin embargo, al delegar en los miembros de las “comunidades” parte de la toma de decisiones (deinición y monito-reo de las contraprestaciones) se favoreció que las lógicas de sociabilidad que rigen en esos ámbitos permearan la gesión del Programa.

En ese marco dos lógicas de regulación, la burocráica y la comunitaria, entraron en interacción y tensión, lo que resultó en la producción de prácicas especíicas. Julian Pit-Rivers (1971), en su estudio de una aldea andaluza, observó la existencia de una tensión estructural entre el Estado y la comunidad. Para el autor ambas enidades diferían en tamaño, jerarquía y naturaleza, especialmente en los principios que las rigen. Interpretó a la comunidad como un agregado de individuos ideniicables, uni-dos moralmente por un conjunto de sanciones y valores, regiuni-dos por el principio de igualdad. Concibió al Estado como un conjunto de comunidades, que se fundamenta en el principio de la autoridad y opera a parir de categorías anónimas, producto de abstracciones y generalizaciones, pues las leyes [y las políicas] son formuladas para ser aplicadas impersonalmente. Para Pit-Rivers, la tensión entre el Estado y las comu

-nidades era algo generalizado a todas las sociedades, siendo disinivo de cada una el modo de resolverla. Esta interpretación que inspira mi análisis iene el mérito de iluminar, en cuanto abstracción intelectual, la tensión que deriva del encuentro de las lógicas que predominan en cada esfera, aunque no de manera exclusiva. Enfaizo que esta perspeciva no signiica sustancializar la modalidad de funcionamiento de cada ámbito a parir de una lógica, pues supondría incurrir en un sesgo reiicante.

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conigurándose una nueva arena donde pasaron a expresarse los (des)entendimien-tos entre vecinos.

Las controversias más frecuentemente registradas sobre la ejecución del PJJHD ocu-rrieron en torno a la deinición del ipo de contraprestación y a su cumplimiento. De los tres ipos de contraprestaciones contempladas en el Programa se privilegiaron los servicios comunitarios por sobre los proyectos producivos y los educaivos. Entre los miembros del CC se impuso la idea de que exisiendo un contexto de “necesidad” generalizada y siendo limitado el número posible de beneiciarios, entre 20% y 30% de las familias de cada aldea, las contraprestaciones debían incluir algún “beneicio para todos”. En cuanto la remuneración mensual era adjudicada a la familia del bene-iciario, el trabajo de la contraprestación debía ir en provecho del grupo comunitario. Interpreto que ese arreglo o criterio ad-hoc en la operatoria del PJJHD, es decir que no está explicitado en su reglamentación oicial, tuvo cierta correspondencia con los principios de igualdad y unión a parir de los cuales los yaveños construyen su ideal de la vida en comunidad que, como enuncié anteriormente, se referencia y nutre de cierta imagen idealizada del ayllu andino difundida por referentes indígenas y técnicos de ONGs. En el mismo senido, el protagonismo otorgado a la asamblea de vecinos en la gesión de las contraprestaciones fue coherente con el principio postulado de la autonomía comunitaria.9 En esta modalidad de implementación del PJJHD se observa

cómo operó cierta resigniicación al ser (re)interpretado y asimilado a parir del sen-ido común local que, vale la pena aclarar, se nutre y redeine a través de visiones de mundo que introducen agente externos.

Por lo general, se delegó en los beneiciarios la realización de tareas comunitarias, como la construcción y mantenimiento de bienes comunes (ediicios públicos, cami-nos y defensas de ríos) la preparación de eventos y la prestación de servicios en insi-tuciones públicas (escuela o sala de primeros auxilios). Esa modalidad de implementar las contraprestaciones intervino en la tradicional división de tareas al interior de los grupos comunitarios, pues eventos que eran considerados responsabilidad de todos, pasaron a ser asignados a los beneiciarios. También insituyó un nuevo campo de je-rarquización social entre vecinos, que entró en contradicción con el principio de igual-dad con el que piensan su coidianeiigual-dad. Por un lado, se insituyó el papel de monitor en la igura de un vecino de la aldea y, por otro, quienes no recibían los beneicios del PJJHD en su carácter de usuarios de los bienes de uso comunitario y como miem-bros de la asamblea comunitaria que, vale la pena enfaizar, validaba la renovación de los beneiciarios, pasaron a ejercer cierta autoridad sobre los beneiciarios, sea deiniendo el ipo de contraprestación aceptada o valorando la calidad de su trabajo. Esa situación generó un principio de tensión, en parte como producto del encuentro de la lógica burocráica con la comunitaria que, conforme el estado de las relaciones en cada aldea, favoreció la expresión de conlictos (pre)existentes entre vecinos. 9. Por principio de

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La deinición del ipo de contraprestación comunitaria acarreaba implícitamente cierta disputa por la apropiación del trabajo de los beneiciarios. Ese ipo de tensión se tornó especialmente explícita en las tareas que repercuían posiivamente en la producción agropecuaria y, en consecuencia, en el bienestar material de cada vecino, como ser el revesimiento y/o mantenimiento de canales y acequias para riego. En cuanto son concebidas tradicionalmente como tareas comunitarias hubo quienes propusieron incorporarlas a la contraprestación, eximiéndose de realizar dicho trabajo. Esas posi-ciones despertaban resistencias, pues conforme la posición relaiva en la red de riego de cada familia se registraban beneicios diferenciales, además de cuesionarse que quien usufructuaba del trabajo de los beneiciarios no era quien pagaba por ello.

También fueron recurrentes los intentos, formales e informales, de los beneiciarios para reorientar la contraprestación hacia tareas que se tradujeran en un beneicio exclusivo para sus familias, más allá de la remuneración mensual percibida. En una aldea obtuvieron la autorización para trabajar en la construcción de sus viviendas, complementando el aporte brindado por un programa habitacional. Cuando la misma propuesta fue formalizada por el grupo de beneiciarios de una aldea vecina ante la asamblea comunitaria, fue rechazada por considerarse que el servicio redundaba en un beneicio individual. Esas disputas evidencian una tensión estructural de las “co-munidades” en Yavi, pues por ser comunidades de vecindad compuestas por “fami-lias” o comunidades domésicas que intentan mejorar su posición social, no siempre es facible compaibilizar el interés de ambas enidades (Cowan Ros, 2013). Frente a esa contradicción, la limpieza, el mantenimiento y la reparación de ediicios públicos emergían como los servicios comunitarios más frecuentemente aceptados, por ser menos controverida la apropiación del producto generado. Aquí se observa cómo el objeivo insitucional de ese ipo de contraprestación, orientada a generar un “impac-to ponderable en materia ocupacional” (PEN, 2003: 15), fue resigniicado, entre otros aspectos, para tornarlo compaible con la dinámica de esos ámbitos comunitarios.

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co-munitario”, como acividad rentada insituida a través de la resigniicación del PJJDH, entraba en contradicción con el senido tradicional que deine esa función como una responsabilidad de cada familia miembro del grupo comunitario.

Ante esos conlictos entre vecinos, el proceder del presidente de la comunidad como supervisor se veía condicionado por la posición relaiva que las personas enfrentadas ocupaban en sus redes de pertenencias y por los afectos en juego. Ese sesgo era reconocido en las acusaciones de parcialidad esgrimidas por quienes cuesionaban el desempeño de los beneiciarios. Fue común escuchar denuncias sobre la permisivi-dad ante el incumplimiento de las contraprestaciones por algunos beneiciarios o ante la transferencia, temporal o deiniiva, entre parientes y/o vecinos de la condición de beneiciario del PJJHD, incluso cuando el ‘nuevo beneiciario’ incumplía los requisitos. La composición heterogénea y luctuante de los grupos domésicos, rara vez conver-gente con la familia ipo sumado a la inestabilidad laboral de sus miembros, posibilita cierto margen de construcción de diferentes arreglos familiares para ajustarse a los criterios de selecividad de los diferentes programas. Según la valoración relaiva de la “necesidad” de cada familia y el estado de las relaciones entre vecinos, ese proceder podía ser cuesionado, tolerado o propiciado por otros vecinos. No en pocas ocasio-nes los presidentes de las comunidades, con o sin aval de las asambleas comunitarias, construían ante los miembros del CC el estado de situación sobre el cumplimiento de las contraprestaciones en su aldea para ajustar el desempeño de los beneiciaros a lo pautado en el reglamento y evitar que el CC diera la baja a miembros de su “comuni-dad”. Los presidentes acababan actuando como ‘guardabarreras’ entre el CC y lo que ocurría en sus aldeas. Estos casos consituyen uno de los ejemplos en que se veriica la capacidad que adquieren los beneiciarios en el control de los disposiivos de fun-cionamiento estatal.

Más allá de los ámbitos insitucionalizados, las controversias en torno a la implemen-tación de los PJJDH se desplazaban al terreno de la vida coidiana, es decir a la ‘opi-nión pública’. A través de juicios públicos y/o de rumores, los vecinos intervenían y, en ocasiones, inluenciaban el desempeño de los supervisores y de los beneiciarios. Estos úlimos frecuentemente fueron objeto de acusaciones que ponían en duda su vocación por el trabajo, sea por el incumplimiento y/o calidad de su contraprestación o por no querer realizar “changas” (venta de jornales de trabajo a vecinos) desde que se consituyeron en beneiciarios. Por su parte, los desinatarios de dichas acusacio-nes las resisían argumentando que su móvil era la envidia por no haber sido incluidos como beneiciarios.

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del CC buscaban arbitrar en el conlicto comunitario, siendo frecuente la resistencia del presidente de la comunidad a que se entromeiera en asuntos considerados ex-clusivos del grupo comunitario. La injerencia de los miembros del CC era interpretada como una desautorización de la asamblea comunitaria y la violación de su autonomía. Las circunstancias enfrentaban a los dirigentes campesinos y a los técnicos de MINK’A con la misma argumentación, “dar paricipación a las comunidades”, que anterior-mente habían movilizado ante las autoridades de la Comisión Municipal para que re-conocieran al CC. En el nuevo contexto, la disputa se redeinía en una controversia sobre quiénes estaban legiimados para decidir la implementación del Programa, si los miembros de los grupos comunitarios o sus representantes en el CC.

En 2008, en el marco de la profundización de las disputas entre las autoridades mu-nicipales y los dirigentes campesinos, algunos de éstos úlimos pusieron en cuesio-namiento la arbitrariedad con la que se asignaban los puestos de trabajos generados en el ámbito de la Comisión Municipal, en franco crecimiento con la muliplicación de programas sociales, y la perinencia de que el CC asumiese esa función. Frente al desaío planteado, el comisionado municipal reiró su apoyo al CC y dejó de paricipar del espacio. Tensiones y controversias se tornaron explícitas entre el resto de los asis-tentes, incluidos los dirigentes campesinos. Las disputas tuvieron su desdoblamiento al interior del propio Movimiento Campesino registrándose rupturas, deserciones e, incluso, migraciones a la facción gobernante. Como producto de esos desentendi-mientos, el CC dejó de funcionar en el año 2009.

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Esa hipótesis lleva a circunscribir las conclusiones más amplias de este arículo al ám-bito de los programas que delegan parte de la ejecución en las poblaciones locales y que, a su vez, encuentran correspondencia con las observadas por otros autores/as. En esas operatorias se abren márgenes especíicos de producción de prácicas. El CC de Yavi coniguró una arena donde se expresaron diferentes lógicas –la burocráica y la comunitaria– operando una colisión de principios de acción y de clasiicación, que resultaron en la producción de una modalidad especíica de gesión de los programas sociales. En ese “espacio de creaividad” las prácicas y representaciones que emanan de la insitucionalidad pública, así como las promovidas por los técnicos de MINK’A, permearon y transformaron parcialmente la coidianeidad de los grupos comunita-rios, al iempo que las lógicas de sociabilización de estos úlimos intervinieron en la producción de criterios de gesión especíicos. De esa imbricación de lógicas emerge una dinámica paricular producto de las convergencias y contradicciones existentes entre ambas y hacia el interior de cada una de ellas. Una de sus especiicidades es la producción de criterios ad-hoc en los que el reconocimiento y la valoración de los di-ferentes miembros del grupo comunitario se combinaron y, por momentos, se sobre-pusieron a los criterios (anónimos y universales) que regulan la gesión en la versión escrita de los programas. Ese fenómeno junto al universo de senidos y valores que existen en esos ámbitos comunitarios están en la base de los procesos de resigniica-ción observados.

En diversos estudios se constata la incidencia de la producción de criterios ad-hoc en la resigniicación de los programas, especialmente en la operatoria. Esos criterios son producidos en diferentes ámbitos sociales, sea en repariciones públicas (Rodrí-guez Bilella, 2005, Cross, 2010 y Berger, 2013) o en organizaciones sociales (Manzano, 2008; Quirós, 2009 y Berger, 2013), a parir de diferentes universos de signiicación y resultan en prácicas especíicas según el ámbito social en cuesión.

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small poliics al decir de Bailey (1971: 2), la políica de todos los días sobre la que se coniguran los presigios, las jerarquías y se dinamiza la vida en las pequeñas comuni

-dades. Ciertamente, otra dimensión que afecta la reproducción social de las personas y que a través de las pasiones y emociones que engendra moviliza una dimensión interviniente en la producción de prácicas políicas, conforme observa Fernández Ál-varez (2011: 61).

La trasmutación de lo anónimo en personalizado

El caso analizado nos remite al dilema interpretaivo sobre la persistencia de las rela-ciones personalizadas en las insiturela-ciones modernas, en paricular las estatales, que se instaló en las Ciencias Sociales en la década de 1960 y que aún maniene su vigen-cia. Esa cuesión adquirió creciente interés entre quienes se abocaron al estudio de las relaciones de patronazgo y las clientelares en el marco de los procesos de mo-dernización de las denominadas sociedades tradicionales o preindustriales. Exisía la

expectaiva de que conforme se consolidasen las insituciones de la modernidad se cristalizarían en ellas una lógica burocráica, en cuanto racional e impersonal, despla-zando los elementos folks, entre los que destacaban las relaciones personalizadas, considerados resabios de la tradición.10

En las úlimas décadas, ante el auge del paradigma que postula la paricipación de la sociedad civil en la gesión de las insituciones públicas como requisito, estrategia y meta del desarrollo, el referido dilema adquirió renovada actualidad al evidenciarse las sistemáicas distancias que se registran entre los modelos de gesión anhelados y las experiencias concretas. Las relaciones personalizadas y junto a ellas las pasiones y emociones que dinamizan el coidiano de las personas coninúan impregnando la gesión pública. Ante ese hecho eniendo que debería operar un desplazamiento de la indagación que busca establecer las condiciones para su desaparición al tratar de comprender qué mecanismos intervienen para que los principios universales y anóni-mos con los que se formulan los programas sociales se resigniiquen en criterios ad-hoc, en los que la personalización, es decir los principios que rigen el reconocimiento y la valoración entre las personas, adquiera un peso disinivo.

A coninuación ensayaré una interpretación tomando por referencia las contribucio-nes de algunos autores y el registro del caso analizado. La explicación que propongo se encuentra en el principio de sociabilidad que rige en las pequeñas comunidades, tanto las rurales como las urbanas, lo que posibilita hacer extensiva esta interpretación a los grupos que operan en el ‘corazón’ de las insituciones públicas. Éstas son ámbitos donde las personas se vinculan principalmente a parir de relaciones personalizadas insituidas sobre la base de prestaciones sociales que comprometen a las partes y, en muchas ocasiones, por medio de múliples papeles sociales, conigurando redes de

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pertenencia en coninua (re)deinición. Ese sistema de relaciones sociales está regido por determinados valores, sobre los que los miembros del grupo comunitario guardan cierto margen de (des)entendimiento. Es allí, en esos ámbitos sociales, donde circulan los recursos y se delega la gesión de la ‘cosa pública’. En esa delegación se encuentra el presupuesto de que las personas van a reconocer a sus pares como “beneiciarios”, “empleados” u otra categoría formal y no como vecino, pariente, amigo u otra catego-ría de pertenencia. También se supone que van a experimentar cada instancia o even-to vinculado a las políicas públicas como un ámbieven-to insitucional exclusivo y acotado a esa instancia disociado de otras dimensiones de la vida coidiana. Se desconoce que en cada hecho social se expresan al mismo iempo y de forma intrincada una serie de insituciones o dimensiones del día a día, según observó Marcel Mauss (1974).

En universos sociales de esas caracterísicas pretender establecer un principio de comportamiento impersonal supone desenraizar a los agentes de su coidianeidad. Implica que se deseniendan de los compromisos que manienen con sus grupos de pertenencia y que procedan desconociendo los vínculos que los unen o enfrentan a otros. En paricular, la gesión comunitaria de los programas se enraíza y opera a tra-vés de los entramados sociales en los que los agentes están insertos, viéndose sujeta a los condicionantes que actúan sobre ellos y, al mismo iempo, consituyendo un elemento movilizado en las dinámicas de cooperación y disputa que los vinculan. En esa interfase la ‘gran políica’, la políica insitucionalizada u orientada hacia y desde el Estado, se entremezcla con la ‘pequeña políica’, la políica de todos los días en la vida comunitaria, y conigura un espacio de creaividad donde se gestan prácicas estatales especíicas a parir de la hibridación de las lógicas que las animan. Este fenó-meno consituye un dilema para quienes maniiestan promover la paricipación de la sociedad civil en la gesión de las políicas públicas, pues si por un lado se dice desear el involucramiento de la población en la gesión pública para hacer valer sus puntos de vista en la toma de decisiones, por otro, se espera que ocupen ese lugar a condición de que se despojen de sus visiones y lógicas de sociabilización.

Abstract: In recent decades, the difusion of social promoion programs in the Argenine countryside has contributed to set up a new set of insituions of the State as well as new sources of income for populaions who were not reached by that sort of public policy previously. The aricle analyzes the irrupion of the social programs in an Andean region of the North of Argenina, and how are conse-quently reconigured the lifestyles of residents vis-à-vis the producion of new State pracices. With an ethnographic approach, it is observed that from the meeing of the diverse regulaion logics that predominate both at the State and at the communitarian levels, derive diferent representaions and modes of ariculaion with public insituions, and hence, the social programs are redeined. Among the conclusions stand out that both the universe of values and meanings that rules at community life, and the personalizaion of anonymous categories which are formulated the social programs, operate as basic mechanisms in the process of resigniicaion of the later.

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