RENACIMIENTO (siglos XV-XVI)
Contexto social e histórico:
consolidación de los estados nacionales, descubrimientos geográficos, expansión del comercio y auge de la burguesía, Reforma y Contrareforma de la Iglesia.
Caracteres culturales y filosóficos:
Nueva cultura antropocéntrica: defensa del valor del individuo y de su libertad. HUMANISMO. Recuperación de la cultura clásica greco-latina (Erasmo de Rotterdam, Montaigne).
Nueva filosofía de la naturaleza: idea de la unidad e infinitud del mundo natural, fascinación por el pensamiento mágico (Nicolás de Cusa, Giordano Bruno). Nueva concepción de la política: Maquiavelo (la política como técnica; afirmación
de su autonomía respecto de la religión y la moral), T. Moro.
Acontecimiento filosóficamente central entre los siglos XVI y XVII: la REVOLUCIÓN CIENTÍFICA, con la que surge la ciencia moderna.
a) nueva concepción astronómica del universo (heliocentrismo de Copérnico, leyes de Kepler).
b) nueva concepción mecánica del movimiento de los cuerpos (experimentos de Galileo, formulación del principio de inercia).
c) unificación del cosmos (validez de las mismas leyes del movimiento en los dos ámbitos anteriores), que no será definitiva hasta la formulación de las leyes de la gravedad por Newton, a principios del siglo XVIII.
d) nacimiento del método científico: utilización conjunta de la razón y la experiencia, tratamiento matemático de la naturaleza (nacimiento de la física matemática).
DESCARTES (1596-1650)
1.- Doble punto de partida de su pensamiento:
a) una postura crítica ante el saber de su tiempo, en el que todavía mantenía su vigencia el pensamiento heredado de la Edad Media (básicamente el aristotelismo escolástico).
b) el proyecto de elaborar una filosofía capaz de fundamentar la “nueva ciencia” que se está forjando desde el Renacimiento (con su visión mecanicista y matematizante de la realidad física -por ejemplo, en Galileo-).
- Puede decirse, en suma, que el objetivo de la filosofía de Descartes es el de fundamentar la
autonomía de la razón, es decir, fundamentar el conocimiento humano sobre bases puramente
racionales.
2.- Descartes parte de la idea de que todos los hombres comparten la “luz natural” de la razón, y que de ella deriva la totalidad del saber humano. El saber forma así un sistema único, por lo que debe haber también un único método, fundado en el proceder de la razón, que sea aplicable en cualquier rama del saber y universalmente válido. El método es pues un conjunto de reglas cuya observación deberá garantizar la verdad de cualquier conocimiento (y, por tanto, deberá evitar el error).
Descartes considera que el modelo a seguir en la búsqueda de tal método son las matemáticas, ya que en ellas se pone de manifiesto el funcionamiento autónomo de la razón, y los conocimientos que proporcionan son absolutamente ciertos. El método propio de la razón debe pues poseer el mismo rigor que las matemáticas, de manera que su estricta observación garantice la certeza del conocimiento. (Ello se fundamenta en el presupuesto de que debe ser posible una total matematización del saber).
La razón humana realiza básicamente dos tipos de operaciones: la “intuición” (captación directa e inmediata de algo) y la “deducción” (obtención de las consecuencias que necesariamente se derivan de otra cosa anteriormente conocida). A partir de ellas, Descartes formula las cuatro
reglas del método:
1ª.- Regla de la evidencia: “no aceptar como verdadero nada más que lo que se
presente tan clara y distintamente a mi espíritu que no sea posible ponerlo en duda”.
2ª.- Regla del análisis: “dividir las cuestiones en el mayor número de partes
posibles”, es decir, descomponer cualquier idea en sus elementos más simples (que como tales puedan
ser objeto de la intuición).
3ª.- Regla de la síntesis: “conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando
por los más simples y fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco hasta el conocimiento de los más compuestos”, es decir, aplicar la deducción (procedimiento propio de la matemática) para llegar a
las ideas complejas partiendo de sus componentes simples.
4ª.- Regla de la enumeración: “hacer enumeraciones tan completas y revisiones
tan generales que esté seguro de no olvidar nada”, o sea, comprobar todo el proceso para eliminar
Este método se basa, en su conjunto, en el presupuesto de que todo el saber humano se puede descomponer en elementos simples, y que éstos se combinan entre sí matemáticamente.
3.- Tal método, inspirado en el rigor de las matemáticas, le sirve a Descartes para someter a análisis la totalidad del saber humano, en la búsqueda de alguna verdad que sea absolutamente cierta y evidente, y desde la que poder reconstruir deductivamente el edificio del saber. Este proceso de análisis es el de la
duda metódica, que consiste en considerar como falso todo conocimiento que no sea absolutamente
evidente y del que por lo tanto se pueda dudar. El proceso de la duda atraviesa distintos niveles:
Duda acerca de los datos suministrados por los sentidos (por ser variables y, a veces, engañosos).
Duda acerca de la existencia de la realidad exterior a la conciencia (por la imposibilidad de distinguir entre la vigilia y el sueño).
Duda acerca de la certeza de las matemáticas (en base a la hipótesis del “genio maligno”).
4.- Al final de este proceso, la única verdad indudable es la idea de que “Yo pienso” (“ego cogito ergo
sum”), es decir, por el hecho mismo de dudar puedo afirmar con absoluta certeza que yo soy al menos
un ser pensante, una “cosa que piensa” (”res cogitans”). Por tanto, a partir del pensamiento como única evidencia firme, habrá de deducirse (según la regla de la síntesis) la totalidad del conocimiento humano. El Yo, el sujeto o la conciencia se convierten así en el fundamento del conocimiento. (Este hecho marcará a toda la filosofía moderna, que será básicamente una filosofía del sujeto cuyo problema principal será el de cómo asegurar la certeza del conocimiento).
5.- Cualquier conocimiento de la realidad debe pues basarse en el hecho indudable de que en mí existen “ideas”, que son los contenidos de mi pensamiento. Y, según su distinto origen, Descartes distingue tres tipos de ideas: adventicias, facticias e innatas. (La afirmación de que existen ideas innatas será una de las características distintivas del racionalismo). Analizando las distintas ideas, Descartes considera que la idea de infinito es una idea innata, pero el espíritu humano nunca podría haberla producido si no existiese una realidad infinita -es decir, Dios-. La idea de Dios es así la única que implica una existencia real exterior al pensamiento (en línea con esto, Descartes apoyó la validez del “argumento ontológico” sobre la existencia de Dios).
Dios (“res infinita”) es pues la primera realidad “deducida” a partir del “Yo pienso”. O, dicho de
otro modo: sólo mediante la existencia de Dios podemos “salir” de la conciencia y afirmar algo distinto de ella.
6.- Una vez asegurada, a partir del cogito, la existencia de Dios, Descartes “deduce” en base a ella la existencia del mundo real fuera de la conciencia: dado que Dios existe, no es posible que nos engañemos constantemente en cuanto a que nuestras ideas representan a las cosas del mundo. La “veracidad divina” se convierte así en garantía de la existencia del mundo, y de la correspondencia entre mis ideas y las cosas (y, por tanto, de la certeza del pensamiento).
La sustancia pensante (el Yo, el sujeto, o la conciencia). La sustancia infinita (Dios).
La sustancia extensa (el mundo real, o las cosas físicas).
Ahora bien, hay que decir que el Dios del sistema cartesiano no es ya el Dios de la religión, sino un elemento puramente filosófico necesario para que el sistema en su conjunto se sostenga; Dios no juega, para Descartes, ningún papel en la realidad física, únicamente el ya aludido de servir de garantía para la existencia del mundo y, por tanto, para la certeza de mi pensamiento en cuanto correlativo del mundo. Se podría decir que, en Descartes, Dios es el puro orden de lo real, es decir, el orden matemático, y que el Dios cartesiano es una especie de “Dios geómetra” (diríamos: la deducción de la existencia de Dios y del mundo se ajusta a la promesa de rigor matemático en la medida en que Dios es la matemática misma).
Prescindiendo así de Dios, la filosofía cartesiana da lugar a un sistema metafísico dualista: de un lado está el pensamiento, y del otro los cuerpos, siendo ambas dos “sustancias” mutuamente irreductibles, cuya correspondencia -como ya se dijo- reposa únicamente sobre la garantía divina.
7.- La autonomía mutua de las sustancias le permite finalmente a Descartes sostener una imagen
estrictamente mecanicista de la materia. La esencia de los cuerpos materiales es la “extensión” (“res extensa”), pues las propiedades de la extensión -meramente geométricas- son “claras y distintas”: son
“cualidades primarias”. Todo el universo físico se reduce a partes extensas que se mueven unas a otras en el espacio (un espacio necesariamente “lleno”).
Descartes elabora toda una “física” bajo tales presupuestos mecanicistas (llega a formular principios como el de inercia o el de conservación de la cantidad de movimiento). La física cartesiana considera que todas las leyes físicas son leyes puramente mecánicas (rechazo del vacío y de la acción a distancia), y que toda la naturaleza -incluídos los seres vivos y por tanto también el cuerpo humano- es como una gran máquina compuesta de máquinas más pequeñas. (Pensar, por ejemplo, que es la época en la que se descubre la circulación de la sangre).
Resta señalar que este mecanicismo deja abierto el problema de la interacción de las sustancias en el ser humano (es decir, el problema de la relación entre alma y cuerpo, o lo que es lo mismo: entre pensamiento y cuerpo), problema respecto del que Descartes planteó la hipótesis de una “glándula pineal” como órgano en el que se produciría esa interconexión.
Textos
Discurso del método, partes Iª, IIª y IVª. Meditaciones metafísicas, IIª.
Cuestiones teóricas
La nueva ciencia renacentista y su influencia en la filosofía moderna. Descartes y el Racionalismo.
El debate Racionalismo-Empirismo: la postura cartesiana.
DESCARTES EN LA FILOSOFÍA MODERNA.
1. El planteamiento cartesiano de una Razón autónoma que debe servir como fundamento del conocimiento humano será asumido, a grandes rasgos, por la totalidad de la filosofía moderna. 2. Ahora bien, el modo concreto como Descartes concibe la Razón dará lugar al llamado
Racionalismo (Descartes, Spinoza, Leibniz), que será la corriente filosófica más importante en la
Europa continental hasta mediados del siglo XVIII, y cuyas características distintivas son:
El conocimiento humano se funda exclusivamente en la Razón; y ello porque la Razón posee determinadas “ideas innatas”, a partir de las cuales se puede “deducir” la totalidad del saber humano.
Se da pues un cierto menosprecio de la experiencia sensible, variable y engañosa, frente a la “claridad” de la Razón.
Tal claridad obedece al hecho de que la Razón es entendida básicamente como “razón matemática”, esto es, los procedimientos deductivos de la matemática son considerados el modelo para el funcionamiento de la Razón.
La Razón llega así a ser considerada como una capacidad humana prácticamente ilimitada -casi diríamos: omnipotente-. (El empirismo primero y Kant después reaccionarán contra esta confianza excesiva en la Razón, que según Kant conduce al “dogmatismo”).
La fundamentación racional del conocimiento emprendida por el Racionalismo dará lugar a diversos “sistemas metafísicos”, en los que Dios juega un papel más o menos relevante.
3. Al plantearse la cuestión del “método” como tarea fundamental, Descartes sitúa en el centro de la filosofía el problema del conocimiento y su certeza. Este hecho caracterizará a toda la filosofía moderna, para la que será básica la investigación acerca de la capacidad de la Razón para alcanzar un conocimiento cierto de lo real, así como cuáles puedan ser sus límites.
4. El problema del conocimiento se verá además agudizado por la dificultad racional de demostrar la existencia de Dios -que, como hemos dicho, juega un papel central en la fundamentación del conocimiento llevada a cabo por los autores racionalistas-.
5. El modo concreto en que Descartes fundamenta el conocimiento, según el cual el único punto de partida firme de todo conocimiento es el Yo y sus ideas (y, en consecuencia, nuestro conocimiento de la realidad es primariamente conocimiento de nuestras ideas acerca de la realidad), tal planteamiento dará origen al idealismo, como característica propia, en mayor o menor medida, de toda la filosofía moderna. (Frente al “realismo” de la tradición aristotélica, para el cual la razón humana puede captar el “ser” de lo real).
6. Ahora bien, el idealismo cartesiano es sólo “epistemológico” (pues desde el “Yo pienso” no se determina el “ser” de lo real, sino nuestro conocimiento de lo real -a diferencia, por ejemplo, del idealismo platónico, que es de carácter “ontológico”, pues afecta no sólo al conocer sino al ser-), y “subjetivo” (porque el “Yo pienso” es algo propio del sujeto individual -a diferencia, por ejemplo, del idealismo kantiano, que pondrá como base un “sujeto transcendental”-).
Doble perspectiva de comparación:
1.- La fundamentación racional del saber humano.
DESCARTES: Fundamentación de la certeza de la ciencia, y del conocimiento en general. SPINOZA: Fundamentación de la racionalidad práctica, es decir, en el ámbito de la conducta
humana (ética y política).
LEIBNIZ: Fundamentación de la verdad en la forma lógica de la proposición: “verdades de razón” (principios de identidad y no contradicción) y “verdades de hecho” (principio
de “razón suficiente”).
2.- El sistema metafísico.
DESCARTES: Dualismo: pensamiento y extensión.
SPINOZA: Monismo: La “sustancia” única (“Dios o la Naturaleza”), que se expresa mediante los “atributos” del pensamiento y la extensión, de los cuales las ideas y los cuerpos son sus infinitos “modos”. De manera que “el orden y conexión de las ideas es el mismo que el orden y conexión de las cosas”, siendo tales “orden y conexión” algo estrictamente necesario, es decir, “geométrico”.
LEIBNIZ: Pluralismo: toda realidad individual es sustancialmente distinta a las demás; todo individuo es “sustancia” (según el “principio de identidad de los indiscernibles” que, junto a la tesis de una “armonía preestablecida” por Dios, conduce a la afirmación de que “este mundo es el mejor de los mundos posibles”).