Los problemas con que se enfrentan las so- ciedades contemporáneas y el sistema mundial en el fin del siglo, son complejos y difíciles de resolver. Son fundamentales, en la designación de Fourier, para exigir soluciones fundamen- tales. He ahí un breve resumen de los proble- mas que identifiqué en el análisis precedente.
Surgieron o se agravaron en las dos últimas décadas una serie de problemas transnaciona- les, algunos transnacionales por naturaleza y otros transnacionales por la naturaleza de su impacto. Son los problemas de la degradación ambiental, del aumento de la población y del
agravamiento de las disparidades del bienestar entre el centro y la periferia, tanto a nivel del sistema mundial como a nivel de cada uno de los Estados que lo componen. Hay quien pre- fiere, como Paul Kennedy, concebir estos pro- blemas como grandes desafíos y especula so- bre los países que, con base en las soluciones técnicas disponibles, están más o menos bien preparados para enfrentarlos (los vencedores y los vencidos). Lo cierto es que, en relación con muchos de estos desafíos, tenemos razo- nes de sobra para sospechar que las llamadas soluciones técnicas no producirán sino venci- dos; y en relación con otros desafíos, aceptar la idea de que inevitablemente unos países vencerán y otros serán vencidos, equivale a subscribir una solución maltusiana, lo que, en las condiciones actuales y frente a los riesgos en juego, puede significar desistir de precio- sos recursos naturales, humanos y morales en todo el sistema mundial.
Los desafíos son, de hecho, problemas funda- mentales que reclaman soluciones fundamen- tales, en el fondo, un nuevo orden transnacio- nal y un nuevo orden nacional con los linderos entre ellos cada vez más difíciles de establecer.
Como vimos, las dificultades de tal nuevo or- den, son enormes. En resumen, las principa- les son tres. En primer lugar, la dificultad del
sujeto. En las condiciones actuales, los Esta- dos nacionales tendrán que ser forzosamente un sujeto preferente, aunque complementado por movimientos sociales y organizaciones no gubernamentales transnacionales y organiza- ciones internacionales, etcétera. Vimos, sin embargo, que la crisis del Estado, que hace imperiosa la urgencia de un nuevo orden inter- nacional, es a la postre, la crisis del sujeto en ese orden. En el plano interno, parece que esa crisis se va a traducir, en los próximos años, en el aumento de las convulsiones sociales, en el fundamentalismo religioso, en la criminalidad, en los motines motivados por las iniquidades del consumo, en la guerra civil y, en algunos casos, en la pérdida de control político sobre parte del territorio nacional. Esta crisis del su- jeto significa que el sistema mundial capitalista al mismo tiempo que transnacionaliza los pro- blemas, localiza las soluciones y efectivamen- te, dada la crisis del Estado, hace descender el peldaño de localización hacia un nivel sub- nacional. Además, es posible argumentar que, sobre todo en los países centrales, el horizonte social de las soluciones, más que localizado, está privatizado. El capitalismo es hoy menos un modo de producción que un modo de vida.
El individualismo y el consumismo transfirie- ron hacia la esfera privada la ecuación entre
interés y capacidad. Es en esa esfera, donde hoy los individuos identifican mejor sus intere- ses y las capacidades para darles satisfacción.
La reducción a la esfera privada de esta ecua- ción, hace que muchas de las desigualdades y opresiones que ocurren en cada uno de los espacios-tiempo estructurales sean invisibles o, si son visibles, sean trivializados.
La segunda dificultad se refiere a la tempora- lidad propia de una solución fundamental. Esa temporalidad es intergeneracional, por lo tanto, es de mediano y largo plazo. Pero, como vimos, todo parece conspirar contra tal temporalidad.
Durante décadas, el comunismo mantuvo viva esa temporalidad, aunque en la práctica, los regímenes comunistas la negaran burdamente, sobre todo en el campo ecológico. Hoy, la clase política vive atrancada en los problemas y en las soluciones a corto plazo, según la tempo- ralidad propia de los ciclos electorales, en los países centrales; o de los golpes y contragol- pes, en los países periféricos. Por otro lado, una parte significativa de la población de los países centrales vive dominada por la tempo- ralidad, cada vez más corta y obsolescente, del consumo, mientras que una gran mayoría de la población de los países periféricos vive domi- nada por el plazo inmediato o urgidos por el diario sobrevivir. Las condiciones y los sujetos
del pensamiento estratégico, a largo plazo, pa- recen cada vez menos presentes en el sistema mundial. De hecho, hoy en día solo un sujeto tiene condiciones para pensar estratégicamen- te: un grupo reducido de empresas multilatera- les dominantes. Más que los Estados hegemó- nicos, este grupo es el que amarra a los países periféricos y semiperiféricos a la urgencia de los ajustes estructurales (que tienen realmente muy poco de estructural) y amarra igualmen- te a las clases políticas al corto plazo político que transcurre entre ellos. Más que los Estados hegemónicos, este grupo es el que amarra una parte del mundo a la compulsión del consumo inmediatista y a la otra al inmediatismo de la lucha por la sobrevivencia.
El problema de las soluciones interregiona- les es que ellas tienen que ser ejecutadas in- trageneracionalmente. Por eso, los problemas que ellas crean en el presente en nombre del futuro, tienden a ser más visibles y ciertos que los problemas futuros que ellas pretenden re- solver en el presente. Esto me lleva a la tercera y última dificultad de las soluciones fundamen- tales: la cuestión del enemigo. Por el contrario de lo que se podría pensar, la globalización de los problemas no torna a sus causantes más visibles o más fácilmente identificables. De al- gún modo, la globalización de los problemas
globaliza al enemigo y si el enemigo está en todas partes, no está en ninguna parte. Esta es una dificultad verdaderamente dilemática, porque las coaliciones revolucionarias o re- formistas siempre fueron organizadas contra un enemigo bien definido. Si, como dije arriba, hay ciertos problemas en relación con los cua- les, a la larga nadie podrá ganar con su falta de solución, parece imposible, por lo menos en esos casos, determinar el enemigo contra el cual es preciso organizar una solución del pro- blema. Es cierto que mencioné arriba el papel de las empresas multinacionales en la creación de nuestros problemas por el simple hecho de que hoy son ellas las únicas titulares del pen- samiento estratégico en el sistema mundial.
Pero es evidente que no son el único enemigo identificable, ni tampoco me parece que el ene- migo pueda ser identificado solo o sobre todo a nivel institucional. Nuestros problemas son más profundos y las instituciones solo pueden resolverlos después de transformadas y rein- ventadas al nivel que ocurren los problemas.
Cuatro axiomas fundamentales de la mo- dernidad están, a mi entender, en la base de los problemas con que nos enfrentamos. El primero, se deriva de la hegemonía que la ra- cionalidad científica vino a asumir y consiste en la transformación de los problemas éticos
y políticos en problemas técnicos. Siempre que tal transformación no es posible, se busca una solución intermedia: la transformación de los problemas éticos y políticos en problemas jurídicos. El segundo axioma es el de la legiti- midad de la propiedad privada independiente- mente de la legitimidad del uso de la propiedad.
Este axioma genera o promueve una posición psicológica y ética —el individualismo posesi- vo—, que articulada con la cultura consumista, induce al desvío de las energías sociales de la interacción con personas humanas hacia la in- teracción con objetos porque son más fáciles de apropiar que las personas humanas. El ter- cer axioma es el axioma de la soberanía de los Estados y de la obligación política vertical de los ciudadanos frente al Estado. Por el camino de este axioma, tanto la seguridad internacio- nal, como la seguridad nacional adquieren “na- tural” precedencia sobre la democracia entre Estados y la democracia interna, respectiva- mente. El cuarto y último axioma es la creencia en el progreso entendido como un desarrollo infinito alimentado por el crecimiento econó- mico, por la ampliación de las relaciones y por el desarrollo tecnológico.
Estos axiomas moldearon la sociedad y la subjetividad, crearon una epistemología y una psicología, desarrollaron un orden de
regulación social y a imagen de esta, una volun- tad de desorden y de emancipación. De ahí que el enemigo de las soluciones fundamentales tenga que ser buscado en múltiples lugares, in- cluso en nosotros mismos. De ahí también que la crisis del orden social dificulte, y no facilite, pensar el desorden verdaderamente emancipa- dor. ¿Qué hacer frente a esto?