Efectos sociales y econômicos de Ia propiedad.
—Inconvenientes dei arrendamiento.—Opi- niones sobre él de los escritores norteameri- canos.—Ley de 21 de octubre de 1857.
Dad a un hombre Ia propiedad segura de una roca árida, y él Ia transformará en un jardín. Dadie un jardín, y él Io convertirá en un eriaU
(Astour Joung. Viaje agronômi- co por Ia Francia.)
I
Necesitamos solamente resumir Ias consecuen- cias, que queremos dejar claramente consignadas.
Seremos breves, porque bastan a nuestro juicio los desenvolvimientos que contienen Ias capítulos an- teriores.
La ley dei hombre o sus actos distribuyen Ia tierra; pero Ia tierra una vez repartida reacciona sobre el hombre y le crea fatalmente un estado social. Dada a unos poços, excluyendo perpetua- mente a los demás de su adquisición, como sucedia
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en Ia organización feudal, iiimovilíza el poder en sus manos" favorecidas, y ahonda Ias desigualdades sociales. Pero Ia propiedad territorial libremente constituída para todos los que sean dignos de al- canzarla, cimenta fuertemente Ia igualdad, sin otra distinción que Ia de Ia virtud, Ia inteligência y el trabajo, actos inseparables de Ia libertad hu- mana, o dones indestructibles de Dios.
La propiedad territorial da a los hombres ener- gia en su caracter e independencia en su vida, do- tándolos de estas dos grandes calidades que no deben faltar al ciudadano de una República. Así, ella debe ser fomentada y liberalmente concedida por. todo Gobiemo que no calcule sobre Ia depre- sión sistemática dei hombre, tanto en sus faculta- dos como en sus médios de acción. Verdad es que una nación no puede hacer que todos los ciudada- nos sean propietarios; pero, cuando ella tiene bajo su dominio, como Ia nurfstra, vastas extensiones de territorio, sólo debe daxlas a Ia industria privada en propiedad absoluta. De esta suerte, Ia propie- dad territorial se multiplica y difunde, empleando un resorte natural y fácil.
á Queréis contener a nuestro gaúcho nômade en sus instintos vagabundos? Fijadlo al suelo por el único vínculo que es perdurable: Ia propiedad;
—y si un pensamiento de incredulidad os asalta, ahí está Ia historia de Ia colonización en Argélia, para mostramos en cada una de sus páginas el ejemplo dei árabe ocioso y errante, convertido en agricultor. La naturaleza humana siempre es Ia misma. Con Ia propiedad viene el hogar; y bajo su sombra desapareceu pronto Ias pasiones salva-
TIEHSAS PÚBLICAS 147 jes que sólo se complacen en Ia destrucción o en Ia sangre.
Las mismas consideraciones que se agnipan con- vincentes y poderosas para sostener las conveniên- cias incontrovertibles de Ia propiedad territorial, vuélvense naturalmente a rechazar el arrenda miento, como sistema adoptado para Ia colocación de Ia tierra pública. «El arrendamiento, dice Ben- thon, es desfavorable a Ia libertad. Abre los ci- mientos para que se levanten diversas clases en Ia sociedad; amengua el amor a Ia patria y debilita el espíritu de independencia. El campesino arren^
datario no tiene de heclio ni patria, ni bogar, ni altar doméstico, ni familia arraigada y solarie- ga» (53).
TJnámonos todos, ha dicbo otro escritor, para excluir de las poblaciones de estos países el inqui- linaje y el proletariado, estas dos especies de es- clavatura que sen Ia lepra de las viejas sociedades, y que darían a las nuevas un aspecto enfermizo de ancianidad en médio de los esplendores de Ia natu- raleza que las rodea (54).
(53) Véase el capítulo inserto ai fin.
(54) Memória inserta en el i^actona/Argentino de 1857.
II
No son solamente los altos principios de Ia
•República y de Ia libertad los que nos aconsejan rechazar los arrendamientos, para adoptar exclu- sivamente el régimen de Ia propiedad. La economia política nos presenta Ias mismas conclusiones, des- cendiendo al terreno más modesto de los intereses materiales. Sin tener en vista más que Ia ocupa- ción permanente y el cultivo dei suelo, el arren- damiento debe ser desechado, borrando hasta su nombre de Ias leyes que reglan Ia colocación de Ias tierras dei Estado.
Hemos visto en Ia primara parte, como este con- trato ha resultado impotente cuando se le ha en- sayado para obtener Ia población siempre costosa de los campos yermos. Es inútil que repitamos Io que allí extensamente hemos expuesto. Un in- terés transitorio como el que dei arrendamiento se deriva, no puede inspirar el valor de afrontar pe- ligros, sobrellevando Ia vida dei desierto tan Uena de terriblea peripecias. Faltan, por otra parte, al arrendatario Ias calidades que estimulan el tra- bajo dei dueno y Io vuelven tan enérgico y tan fecundo. lío tiene independencia, ni estabilidad,
TIEEEAS PÚBLICAS 149 ni porvenir; y su condición estable y precaria pa- raliza sus esfuerzos, enervando hasta su pensa- miento y su voluntad.
Entretanto, hay necesidad de resolver este eterno protlema de ligar al homtre con Ia tierra, a fin de que no abandone Ia ruda tarea de su ocupación y de su cultivo. Las sociedades antiguas Io resol- vieron forjando Ia cadena dei esclavo para un- cirlo al surco. La economia política proclama hoy como Ia más natural, como Ia mejor de todas las soluciones—Ia propiedad—que, por decirlo así, in- corpora Ia tierra en Ia existencia dei bombre.
áCómo abandonará él lo que es ei patrimonio de sus bijos, el asiento de su familia y Ia fuente de su fortuna? Eómpase empero este vínculo que es un verdadero consorcio, y el bombre, alejándose, dejará Ia tierra estéril.
(Cuánto se multiplica y agranda Ia acción dei trabajo humano, bajo el impulso de Ia propiedad!
Los resultados lo aclaman por todas partes, sin que hasta hoy haya sido empero posible sujetar a una apreciación numérica su incalculable influencia en Ia obra de Ia producción. Los economistas, su- pliendo este vacío, han consignado en todos sus libros fórmulas breves para definir y poner de re- lieve las ventajas de Ia propiedad. Así, Juan Bau- tista Say ha escrito:—o que el interés que de Ia propiedad nace, da inteligência al que no Ia tie- nei; y Sismondi, después ^e una serie de ingenio- sas comparaciones, concluye diciendo:—«que el pequeno patrimonio dei cultivador es para él una verdadera caja de ahorros, siempre dispuesta a re-
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cibir sus menores ganancias, como a utilizar todos sus momentos de ocio» (55).
(55) Pueden verse además los Estúdios sobre Ia propiedad territo- rial, por Mr. Duputnode, pág. 29; y Baudriliart en su Manual, capí- tulo 6.°, sobre Ia industria agrícola; pág. 146. Ensayo 3.", Sismondi. Re- j comendamos Ia lectura de todo este fragmento.
III
La província de Buenos Aires practica el sis- tema de los arrendamientos establecido por Ia ley ' de 21 de octubre de 1857; y grandes porciones de Ia tierra pública, dentro y fuera de Ia línea de fronteras, se encuentran distribuídas bajo esta forma. La ley se baila caracterizada por su pri- mer artículo. Este dispone «que el arrendamiento no excederá dei término de ocbo anos, pero el Go- biemo se reserva siempre el derecbo de enajenar Ia tierra durante Ia subsistência dei contrato».
Esta ley declaraba extinguido el enfiteusis; y comparando el viejo con el nuevo contrato, sor- prende dolorosamente el retroceso que este úl- timo marca. El enfiteusis era siquiera el arrenda- miento legislado bajo bases más amplias y justas que Ias de Ia ley común, a fin de bacer duraderos y consistentes los derecbos dei colono. Pero Ia nueva ley sanciona el arrendamiento, y no encon- trándolo todavia demasiado precário, Io coloca dia por dia bajo un peligro inminente de disolución.
El contrato vincula al particular; pero no obliga al Gobierno, que se reserva su soberana facultad para bacer Io que mejor quiera. fiCómo se explica que esta ley baya sido dada treinta anos después de Ia de 1826, y en una época abierta a todos los progresos y a todas Ias ideas?
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Según Ia ley de 1857, los ocho anos dei contrato forman una perspectiva demasiado vasta para el arrendatario. Es mejor estrecharlo, arrebatándole toda idea de porvenir, hasta no dejarle un dia se- guro sobre el suelo que ocupa. Leyes como estas no requieren una refutación más detenida; y ellas sólo sirven, según Ia bella expresión de un escritor argentino, para despojar a Ia tierra de su poder productivo, esterilizándola en Ias manos de sus poseedores (56). Tales leyes—tales resultados. El arrendamiento no ha avanzado en un paso Ia mar- cha de Ia província sobre el desierto; y su línea de fronteras es, aún después de los anos transcu rridos. Ia misma que dejara el enfiteusis.
Omitimos otras consideraciones. Así, nada déci- mos sobre los dispendiosos gastos que requiere Ia administración de Ia tierra pública bajo el sistema de los arrendamientos; como sobre los litígios que ellos traen, envolvíendo al Gobierno en una atmos- fera tan repulsiva como odiosa, a pesar de que podríamos estendemos sobre estos dos puntos sin necesídad de invocar lejanos ejemplos (57).
(56) Alberdi.—Sistema econômico y rentistico. EI doctor Vélez Sársfield escribió en El Nacional de 1860, refutando el arrendamiento, una serie de artículos que pueden leerse en todo tiempo con provecho, tanto por su doctrina como por los hechos tomados de nuestro propio país que aduce en su sostén.
(57) Parécenos indudable Io que en el texto se indica.—Con los arrendamientos viene Ia necesidad de una «oficina» que celebre los con- tratos, los renueve y vigile su cumplimiento por parte de los arrenda- tarios.—La venta, que es una operación única, suprime gastos y fun- cionários. Las cuestiones que suscita ei arrendamiento, son también muy conocidas, y se versan ya sobre el cumplimiento dei contrato mismo y sobre las mejoras introducidas en el campo que se deja para que pase a otras manos, como sobre Ias preferencias a Ia compra, cuando tras dei arrendatario se presenta el subarrendatario, segün casi
siempre sucede.
CAPITULO III