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Almanack. Guarulhos, n.14, p.287- 295 resenhas

FRADERA, Joseph M .,

La nación imperial. Derechos, represent ación y

ciudadanía en los imperios de Gran Bret aña, Francia, España y Est ados

Unidos (1 7 5 0 - 1 9 1 8 )

, Barcelona, Edhasa, 2 0 1 5 , 2 vols., 1 3 7 6 p.

DOI: ht t p://dx.doi.org/10.1590/2236- 463320161411

Karim Ghorbal Inst itut Supe

́

rieur des Sciences Humaines de Tunis, Universit e

́

de Tunis El M anar (Tunísia) karim.ghorbal@ issht.ut m.t n

Los imperios de la especialidad o los márgenes de la libert ad y de la igualdad La gest ación de La nación imperial, obra singular y monument al que const a de

1376 páginas repart idas en dos volúmenes, es frut o de un proceso de maduración que

viene a ampliar el campo de acción de varios est udios que el hist oriador cat alán Josep

M aría Fradera ha realizado sobre el colonialismo español decimonónico, ent re los que

dest acan Gobernar colonias (1999) y Colonias para después de un imperio (2005). En su

nuevo libro, el autor ha decidido salir del ámbit o est rict ament e peninsular al

comprobar la similit ud ent re las leyes especiales ideadas por Napoleón para las

posesiones ult ramarinas francesas a finales del siglo XVIII y el nuevo rumbo de los

imperialismos europeos y nort eamericano a lo largo del siglo XIX. Las fórmulas de

especialidad que Fradera localiza en los principales imperios cont emporáneos se

verificarían hasta las descolonizaciones iniciadas en 1947 y algo que queda fuera de

los límit es cronológicos del libro sin ceñir sus int enciones int elect uales t endrían

repercusiones hasta la act ualidad.

Para llevar a cabo su invest igación, Fradera cuest iona las categorías de los

est udios coloniales y nacionales. En un cambio de escala analítica, el hist oriador

desvela modalidades de concesión y rest ricción de derechos comunes a distint os

imperios, más allá del enfoque clásico y circunscrit o del Est ado- nación1. Con t odo,

1 Al respect o, véase Jane Burbank y

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Fradera insiste en el hecho de que su t rabajo no se debe comprender como un est udio

de hist oria comparada en la acepción usual de la disciplina, ya que su propósit o, como

p. 1295). En est e sent ido, siempre vela por mat izar

las categorías generales de los imperios con las especificidades propias de los espacios

considerados. Est a art iculación ent re lo macro y lo micro le permite cent rar su análisis

en las experiencias respect ivas de los act ores de la época2.

En palabras de Josep M .

algún sent ido una venganza cont ra la est rechez que impusieron las hist orias

nacionales, el férreo brazo int elect ual de la nación- 3. No es baladí indicar que

Fradera, joven milit ant e antifranquist a, dio sus primeros pasos en la Universidad

Aut ónoma de Barcelona a inicios de los años set ent a, en el cont ext o de la revisión

hist oriográfica alent ada por las descolonizaciones posteriores a la Segunda Guerra

M undial4. Impregnado por est e cambio epistemológico y por las aport aciones más

recient es de la hist oria global, el nuevo est udio de Fradera propone un marco

int erpret at ivo que cont empla los imperios en sus int errelaciones y supera la anticuada

dicot omía ent re met rópolis y colonias. Siguiendo a especialist as como C. A. Bayly, Jane

Burbank, Frederick Cooper y Jürgen Osterhammel, el hist oriador catalán quiere

demostrar que los imperios desempeñaron un papel act ivo en la fabricación y la

evolución de la ciudadanía y de los derechos, siempre con la idea de denunciar los

nacionalismos cont emporáneos, así como los at ajos t eleológicos y esencialistas que

pudieron generar en el plano hist oriográfico.

M ás allá de sus orient aciones met odológicas e int elect uales , La nación

imperial const it uye una aport ación de primera import ancia al ser, que sepamos, el

primer est udio redact ado en castellano que brinda un abanico espacio- t emporal de

semejant e t rascendencia. Al cot ejar los grandes imperios de Gran Bret aña, Francia,

España y Estados Unidos ent re 1750 y 1918 (con algunos apart ados dedicados a

Port ugal y Brasil), el libro proporciona un análisis pormenorizado del proceso sinuoso

2 Sobre el valor heuríst ico del vaivén ent re varias escalas de análisis puede consult arse el est udio de

Hist oria global, hist orias conect adas: ¿un giro hist oriog Prohist oria, 24/2015, pp. 3- 20.

3 El M undo, 04/6/2014

[ht t p://www.elmundo.es/la- avent ura- de- la- hist oria/2014/06/04/538ed57f268e3eb85a8b456e.ht ml].

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que empieza con el advenimient o de la idea de libert ad a raíz de las revoluciones

atlánt icas de finales del siglo XVIII y principios del XIX, hasta la consagración de la

desigualdad a nivel mundial a lo largo de las centurias siguient es.

Uno de los designios cent rales del libro es evidenciar el modo en que las

t ensiones que sacudieron los grandes imperios occident ales a raíz de la era

revolucionaria desembocaron en la adopción de fórmulas de especialidad o de

, est o es, const it uciones que est ablecían marcos legislat ivos

distint os para las met rópolis y las posesiones coloniales. Es más, Fradera considera la

práct ica de la especialidad

Según explica, el proceso revolucionario que arrancó con el

caráct er radical y universalist a de la idea de libert ad present e en la Declaración de

Independencia de Est ados Unidos de 1776 y en la Declaración de los Derechos del

Hombre y del Ciudadano francesa de 1789 conoció una involución not able en el siglo

siguient e. La reconst rucción de los imperios t ras las revoluciones supuso una

delimit ación cada vez más marcada en t érminos de represent ación ent re

met ropolitanos es decir, ciudadanos masculinos de pleno derecho y ultramarinos,

cuyos horizont es igualit arios se fueron desvaneciendo a medida que avanzó el

ochocient os.

Fradera sost iene que el arduo equilibrio ent re int egración y diferenciación

descansó sobre int errelaciones const ant es ent re met ropolitanos y coloniales. Al

comparar múltiples arenas imperiales, el autor muest ra t ambién que los paralelismos

de ciert as políticas de especialidad respondieron a un fenómeno de emulación en las

práct icas de gobierno colonial ent re distint as pot encias. Por ot ra part e, una perspect iva

de longue durée le permit e comprobar que los regímenes de excepción sobrevivieron al

ocaso del mundo esclavist a atlánt ico y se reinvent aron con los códigos coloniales de la

segunda mit ad del siglo XIX para ext enderse a t errit orios de África, Asia y Oceanía. El

t ít ulo del libro, al asociar dos conceptos que no se solían pensar como un t odo, sugiere,

en últ ima inst ancia, que las t ransformaciones de los imperios fueron det erminant es en

la forja de las naciones modernas.

El libro est á est ruct urado en cuatro part es organizadas cronológicament e. La

part e liminar resalt a el caráct er recíproco de la const rucción de la idea de libert ad

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brit ánico y español durant e los siglos XVII y XVIII. Los derechos y la capacidad de

represent ación no se idearon primero en los cent ros europeos para ser export ados

luego a las periferias, sino que se fraguaron de forma simult ánea. Est e enfoque

policént rico servirá de base analít ica para explicit ar la est recha relación ent re

colonialismo y liberalismo que se impondrá t ras la crisis de los imperios monárquicos

en el At lántico.

Promesas imposibles de cumplir

(1780-del libro. Se cent ra en la quiebra de los imperios monárquicos y muest ra cómo la

adopción de nuevas paut as const it ucionales para las colonias y el advenimient o de

sit uaciones de especialidad en el marco republicano cont rastaron con los valores

radicales sust ent ados por las revoluciones liberales de la época.

La independencia de las Trece Colonias, pese a la igualdad de principio que

conllevaba, no supuso una rupt ura con los patrones sociocult urales inst aurados por los

brit ánicos en el cont inent e americano. La joven república nort eamericana circunscribió

la ciudadanía a sus habit antes blancos y libres (valga la redundancia) y est ableció una

divisoria basada en el origen sociorracial y el género. Indios, esclavos, t rabajadores

Para Gran Bret aña, la separación de las Trece Colonias marcó un cambio de era

e implicó una serie de t ransformaciones que llevaron la potencia a ext enderse más allá

del mundo at lántico donde le quedaban, sin embargo, posesiones import ant es para

iniciar su swing t o t he East, est o es, el desplazamient o de su dominio colonial hacia el

cont inent e asiático y el Pacífico. La administ ración de sit uaciones diversas del Segundo

Imperio, que ya no se resumía a la ecuación binaria del hiato ent re connacionales y

esclavos, implicó t omar medidas polít icas para gobernar a poblaciones het erogéneas

que vivían en t errit orios lejanos. Entre los ejes principales del gobierno imperial, cabe

dest acar el papel cent ral ot orgado a la figura del gobernador y la no represent ación de

los coloniales en el parlament o de West minst er, si bien se t oleraban f ormas de

represent ación a nivel local.

En Francia, las enormes esperanzas igualit arias suscit adas en 1789 fueron

canalizadas dos años después con la adopción de una Const it ución que sancionaba la

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ciudadano. Establecer un régimen de excepción en los enclaves del Caribe francés

permitía posponer la cuest ión ardient e de la esclavit ud abolida y rest ablecida de

forma inaudita y mant ener a raya a los descendient es de africanos, ya fuesen

esclavos o libres. Se post ergaría igualment e la idea de una represent ación de los

coloniales en la met rópolis.

España y Port ugal. Los dos países

respect ivas en 1812 y 1822, en un cont ext o explosivo marcado por el republicanismo

igualitario y el ejemplo de la revolución hait iana. M ient ras que la Const it ución

española de 1812

const it ucionalistas port ugueses hicieron caso omiso de los orígenes africanos, pero, en

cambio, excluyeron a los indios de la ciudadanía. Pese a sus diferencias, los casos

españoles y port ugueses guardan similit udes que t ienen que ver con el fracaso de sus

polít icas liberales de cort e inclusivo en los años 1820, y con el ret roceso significat ivo

en t érminos legislat ivos que desembocarían en el recurso a regímenes de excepción a

part ir de la década siguient e.

La t ercera part e de La nación imperial dad,

práct icas de desigualdad

(1840-liberales en las décadas cent rales del siglo XIX, época marcada por la est abilización de

las fórmulas de especialidad y de los regímenes duales.

El imperio vict oriano t uvo que encarar sit uaciones conflict ivas muy diversas en

sus posesiones ult ramarinas het erogéneas. La resolución del Gran M ot ín indio de

1857-1858 const it uyó una crisis imperial de primer orden que permitió a Gran Bret aña

demostrar su capacidad de gobierno en el marco de una sociedad compleja y de un

t errit orio enorme que no se podía considerar como una mera colonia. La India brit ánica

facult ad para autogobernarse y que, por lo t ant o, t enía que ser administrada y

represent ada de manera t ransitoria por la East India Company. El caso de las West

Indies era distint o en la medida en que aquellas se podían definir como colonias. La

revuelt a sociorracial de habit ant es del pueblo jamaicano de M orant Bay en 1865 y la

sangrient a represión a que dio lugar t uvieron un impact o considerable en la opinión

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abolición de la esclavit ud y el rumbo de la polít ica caribeña. Como consecuencia, el

Colonial Office decidió suprimir la asamblea jamaicana y conferir a la isla el est at ut o

de Crown Colony, lo que const it uía una regresión const it ucional en t oda regla. La

conversión de la Brit ish Nort h America en dominion de Canadá en 1867 se resolvió de

manera más pacífica, aunque la población francófona y católica sufrió un proceso de

aminoración frent e a los anglófonos prot est ant es, mient ras que los pueblos indios de

los Grandes Lagos perdieron sus t ierras ancest rales.

Los sucesos revolucionarios de 1848 en Francia volvieron a abrir pleit os que el

golpe napoleónico de 1804 había post ergado. Se decret ó finalment e la abolición

definitiva de la esclavit ud, sin resolver sat isfact oriament e la sit uación subordinada de

los antiguos esclavos. La Segunda República t ambién heredó un mundo colonial

complejo. Fue a raíz de la t oma de Argel en 1830 cuando la polít ica colonial francesa

las

primeras las personas libres gozaban de derechos polít icos y de represent ación

relat ivos, las segundas a imagen de Argelia, que est aría regida por ordenanzas reales

se apart aban del espect ro legislativo. En el marco de est e replant eamient o imperial,

se procedió a una redefinición múltiple de la ciudadanía, que se medía, ent re ot ras

cosas, según la procedencia geográfica de cada uno: met ropolitanos, habit ant es de las

s

En Est ados Unidos, los t érminos de la ecuación se present aban de forma algo

distint a. En efect o, a diferencia de los imperios europeos, las fórmulas de especialidad

se manifest aron en el int erior de un espacio que se ent iende comúnment e como

esclavist as en el seno del imperio de la libert ad const it uyó una paradoja que solo se

resolvería aunque no t ot alment e con la guerra de Secesión. De hecho, la

ét nica y cult ural de una población nort eamericana escindida en grupos con o sin

derechos variables. La expansión de la front era esclavist a no solo concernía a los

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recolocadas en beneficio de oleadas sucesivas de colonos nort eamericanos procedent es

del Est e y de europeos.

El caráct er del Segundo Imperio español se aclaró con la proclamación de una

leyes nunca fueron plasmadas por escrit o, quedan explícit as en la práct ica del gobierno

colonial. A años luz de las promesas igualitarias de las primeras Cort es de Cádiz, las

nuevas orient aciones polít icas para Cuba, Puert o Rico y Filipinas pueden resumirse en

una serie de coordenadas fundament ales: la aut oridad reforzada del capit án general, el

silenciamient o de la sociedad civil, la expulsión de los diput ados americanos y la

sociorraciales y la defensa de los int ereses esclavist as).

consagrada (1880- high imperialism.

Sus páginas prest an especial atención al desarrollo y consolidación de enfoques de

cort e racialist a. El hecho de que las ciencias sociales se hicieran eco de las

clasificaciones raciales propias del desarrollo de los imperios a part ir de la segunda

mitad del ochocient os demostraba que el Derecho Natural del siglo ant erior ya no

est aba al orden del día.

El mayor imperio liberal de la época, Gran Bret aña, refleja muy bien la

exacerbación de la divisoria racialist a con respect o al Segundo Imperio. Los discursos

que defendían la idea de razas jerarquizadas se nut rieron de los debates en t orno a la

represent ación de los coloniales e impregnaron los debat es relat ivos al imperio. Tal fue

el caso, por ejemplo, de Aust ralia, donde se excluyó de los derechos a una población

t asmana diezmada por la violencia direct a e indirect a del proceso de colonización. Sin

embargo, conviene no olvidar que los discursos racialistas act uaron como coart ada de

la demarcación ent re sujet os y ciudadanos.

Argelia fue una pieza esencial del ajedrez polít ico de la Tercera República, en

part icular, porque se convirt ió en laboratorio para las legislaciones especiales del

Imperio francés. El represent ó la quintaesencia del ordenamient o

colonial galo. Est e régimen de excepción dirigido inicialment e cont ra la población

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republicana hasta t al punt o que fue export ado al África francesa y a la mayoría de las

posesiones del sudest e asiát ico y del Pacífico. Esta polít ica de marginalización y de

represión propia de la lógica imperial se t iñó de acusados acent os et nocent rist as para

La Revolución Gloriosa de 1868 llevó el Gobierno español a mover ficha en sus

t res colonias. Si la Const it ución del año siguient e anunciaba reformas polít icas para

Cuba y Puert o Rico, las islas Filipinas quedaban somet idas a la cont inuidad de las

famosas e inédit as

buena medida el cambio de rumbo colonialist a en los dos enclaves ant illanos, así como

sus dinámicas propias. El archipiélago filipino pasó por un proceso de t ransformación

económica, acompañado de reformas locales de alcance limit ado y por una

racialización polít ica cada vez más int ensa. Los fracasos ult ramarinos de la España

finisecular t endrían repercusiones en el espacio peninsular con la exacerbación de no

pocos afanes de autogobierno a nivel regional.

Estados Unidos conoció serias alt eraciones en su espacio int erno t ras la Guerra

Civil. La reserva india, que emergió en el últ imo t ercio del siglo XIX, era un zona de

aislamient o cuyos miembros no gozaban de derechos cívicos y a los se pret endía incluir

en la comunidad de ciudadanos mediante polít icas de asimilación. En est e sent ido, las

reservas eran espacios de la especialidad republicana. La vict oria de los unionist as distó

mucho de significar la superación del problema esclavist a y, sobre t odo, de sus

secuelas. El hecho de que el vot o afroamericano se convirt iera en realidad en el mundo

posterior a 1865 conquist a cuya t rascendencia conviene no subest imar no impidió

que las elit es polít icas blancas siguieran llevando las riendas del poder, t anto en el

Nort e como en el Sur. En los antiguos Est ados de la Confederación, ya no se t rataba de

mant ener la esclavit ud, sino de preservar la supremacía blanca. La segregación racial,

que se puede asemejar a una práct ica de colonialismo int erno, cont ribuyó a inst aurar

sit uaciones de especialidad en las que los afroamericanos serían considerados como

súbdit os inferiores. En el ámbito ext erno, el fin de siglo sent ó algunas de las bases

imperiales al ejercer su dominio sobre las antiguas colonias españolas y al f ormalizar el

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Result a difícil rest it uir de forma t an sint ét ica los mil y un mat ices delineados

con una precisión a veces quirúrgica en los dos gruesos volúmenes que componen La

nación imperial. La elegancia del est ilo, la erudición del propósit o y los objet ivos

colosales del libro que se apoya en una ext ensa bibliografía plurilingüe acarrean no

pocas repet iciones. Pese a una edición cuidada, se echa en falt a la presencia de un

índice t emático (además del onomást ico) y de una bibliografía al final de la obra. Estos

escollos, que incomodarán sin duda al lect or en busca de informaciones y análisis sobre

t emas específicos, no cuest ionan de modo alguno el hecho de que La nación imperial

sea un t rabajo muy import ant e y sin parangón.

Creemos que Josep M aría Fradera ha alcanzado su objet ivo principal al mostrar,

- nación sin más, sino a formas de Est ado imperial que eran la

suma de la comunidad nacional y las reglas de especialidad para aquellos que

es que el et nocent rismo europeo no bast a para explicit ar el modo en que se art icularon

definiciones y jerarquizaciones cada vez más percept ibles de las poblaciones

variopintas de imperios cuyas front eras polít icas, sociales y cult urales fueron mucho

más borrosas de lo que se suele pensar. El racismo biológico a secas nunca est uvo en el

cent ro de las polít icas imperiales, aunque pudo manifest arse punt ualment e para

just ificar algunas de sus orient aciones. Lejos de responder a esquemas est rict ament e

dicot ómicos, las lógicas imperiales, además de relaciones de poder evident es,

est uvieron condicionadas por una t ensión permanent e en cuyo marco la capacidad de

represent ación por limit ada y asimét rica que fuese , la sociedad civil y la opinión

pública fueron decisivas. En últ ima inst ancia, el largo recorrido por las hist orias

imperiales invit a a adopt ar una mirada más crít ica acerca de problemát icas t an

act uales como el lugar ocupado por ciudadanos de segunda categoría en el int erior de

antiguos mundos coloniales que no han resuelt o las cuest iones plant eadas por el

despert ar de los nacionalismos, la inmigración de nuevo cuño y la const rucción de

apátridas modernos.

Dat a de recebiment o da resenha: 11/11/2016

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