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AGUIRREYBUFFINGTON(2000)CAP.6

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Academic year: 2021

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(1)Aguirre, C. y Buffington, R. (eds.) (2000). Reconstructing Criminality in Latin America. Wilmington, Delaware: Scholarly Resources Books.. CAPÍTULO 6 Urbanistas, ambulantes, y mendigos: la disputa por el espacio urbano en la Ciudad de México, 1890-1930 1 Pablo Piccato. A finales del siglo XIX en América Latina se dio el auge de las oligarquías liberales y de una ideología “nueva”: el positivismo. La costumbre ecléctica latinoamericana mezcló las teleologías progresivas de Augusto Comte, Herbert Spencer, y el indispensable Charles Darwin. En esta mezcla, los intelectuales latinoamericanos y los hacedores de política (a menudo eran los mismos) encontraros soluciones prometedoras a dos problemas apremiantes. Para empezar, el discurso positivista acentuaba la naturaleza evolucionaria de las sociedades humanas. Esta naturaleza explicaba de igual forma las fallas del liberalismo “igualitario” liberal y las persistentes desigualdades sociales legitimizadas/naturalizadas. Segundo, las tecnologías positivistas prometían estrategias prácticas –presentadas como opuestas a las abstracciones liberales legalistas como las constituciones– para revertir el subdesarrollo regional (“degeneración” en el léxico liberal) y alcanzando el siempre elusivo santo grial de la modernidad. No es sorpresa, dada su obsesión por la “lucha por la vida” internacional, que ingenieros sociales positivistas tuvieran mucho que decir sobre los efectos del crimen. De hecho, el positivismo jugó un rol crucial en trasladar la discusión del crimen y el acto criminal a la criminalidad y el estado criminal. También aportó el ímpetu por la policía moderna y las penitenciarías..                                                              1.  Esta publicación es parte de mi disertación doctoral de 1997 para el Departamento de Historia de la  Universidad de Texas en Austin,”Criminales en la Ciudad de México, 1900‐1931: Una historia cultural”.  Quiero  agradecer  a  Jonathan  Brown,  Ricardo  Bracamonte,  Fanny  Cabrejo,  Xóchitl  Medina,  Mauricio  Tenorio, Pamela Voekel, y Elliot Young por sus comentarios y correcciones. . 1   .

(2) El régimen de “orden y progreso” de Porfirio Díaz (1876-1911) conocido por los mexicanos como el Porfiriato, con su cuadra políticamente influyente (camarilla) de científicos aspiraba a ser la tecnocracia política por excelencia. Para los ojos de los científicos, los usos del espacio urbano de la clase baja amenazaban el orden público, de la misma forma que los vicios de la clase baja amenazaban el desarrollo nacional. Ambos requerían claramente disciplina y vigilancia. Debido a toda su retórica popular, las élites posrevolucionarias compartían estas preocupaciones aunque enfatizaban la reforma social más que la condena abierta. Pablo Piccato, profesor asistente de la Universidad de Columbia, explora la intersección del discurso positivista, la política pública y la resistencia popular en las calles de la Ciudad de México a finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Concluye que los efectos de la modernización misma –crecimiento de la población, y falta de servicios básicos – debilitaban los esfuerzos de la élite para marginalizar espacialmente las subclases urbanas que “tenían que ignorar silenciosa y contantemente regulaciones para sobrevivir en la ciudad”.. Nuestros enfoques de la Ciudad de México durante el cambio de siglo están profundamente influenciados por la grandeza de sus edificios y avenidas y la elegancia de las colonias construidas durante ese periodo. Es fácil compartir la nostalgia por los “tiempos de don Porfirio”, cuando la sociedad mexicana parecía tan pacífica y bien organizada como los paseos bajo los árboles sombrosos de Paseo de la Reforma y la Alameda. Este ensayo, sin embargo, sostiene que esas imágenes de civilización eran sólo el resultado precario de una negociación entre los proyectos del régimen de la modernización urbana y las prácticas cotidianas de la mayoría de la población urbana. Así como las élites porfiristas y posrevolucionarios trataban de dar forma a la ciudad de acuerdo con sus deseos e intereses económicos, acudían a la policía para castigar a las conductas de la clase baja que no se adaptaban a esos proyectos. Por otro lado, los pobres de la ciudad desarrollaron una visión escéptica de la justicia y el orden. Usaban la ciudad de diferentes maneras, caminando a través de las fronteras sociales entre áreas ricas y áreas marginadas, retando a la autoridad de la policía, e incluso minando dictámenes “oficiales” sobre la nomenclatura de las calles.. 2   .

(3) La ciudad de México del cambio de siglo abrazó todos los símbolos de nacionalismo y muchos ejemplos remarcables de arquitectura colonial. Hacia el final del primer siglo de vida nacional, la ciudad era también el lugar del progreso y la capital del durable régimen de Porfirio Díaz. Las vías de ferrocarril, tranvías, las calles pavimentadas e iluminadas, las amplias avenidas, los parques, las áreas residenciales nuevas y los altos edificios aparecían como los signos distintivos de un avance material. Estos mejoramientos materiales involucraban cambios drásticos en el diseño y uso del espacio urbano, cambios concebidos bajo el entendimiento de que los ricos y los pobres no iban a mezclarse. El diseño urbano buscaba la división racional entre las áreas seguras y bonitas de la ciudad y las peligrosas e insalubres: el estado y las clases ricas querían traducir los cambios físicos de la ciudad en una nueva cultura para sus habitantes. La idea de las élites de renovación urbana enfrentó el reto de una población creciente e indomable. Las clases urbanas bajas, tan distantes de las aspiraciones de riqueza y confort asociadas con el progreso, usaban la ciudad a su modo, desafiando la organización de clases estructuradas de la capital porfiriana. Así como se manifestaban tensiones sobre el uso de las calles y otras áreas públicas, el gobierno y la élite se apoyaron en la policía y en las instituciones penales para infundir la conducta apropiada entre la gente. La conducta criminal (sea una genuina trasgresión de las normar sociales o simplemente una falta a las muchas leyes y regulaciones generadas durante el periodo) adquiere un significado diferente en el contexto de esta disputa sobre los usos de la ciudad. El crimen, sin embargo, no era la única forma en la que la que la gente desafiaba la utopía urbana de los soberanos porfirianos. Una gran cantidad de prácticas en las calles (comercio ambulante, mendicidad, embriaguez, o simple circulación) también minaban el mapa social ideal. Las siguientes páginas tejerán un contrapunto entre el modelo elitista de la ciudad y los desafíos por parte de los habitantes pobres de la ciudad. Pon un lado examinaré los proyectos y las políticas que aspiraban a la construcción de una capital moderna en beneficio de la minoría de sus habitantes. La primera sección subrayará la ciudad ideal diseñada por los gobernantes porfirianos y su importancia en la interpretación de la moderna Ciudad de México. Por otro lado, analizaré las consecuencias no deseadas del crecimiento de la estructura 3   .

(4) de la ciudad a finales del siglo XIX y, aún más importante, en las vidas de las mayorías urbanas. Una segunda sección describirá los cambios demográficos y tecnológicos que causaron la falla del modelo y el crecimiento de la ciudad a un ritmo sin precedentes. Después investigaré las prácticas cotidianas y en las condiciones de vida en la ciudad marginal –la que crecía en los alrededores y adentro de la ciudad ideal porfiriana. Estas páginas enfatizarán las conductas que las autoridades intentaron reformar porque eran consideradas una amenaza al progreso. La sección final abarcará las políticas urbanas que buscaban preservar la geografía social de la ciudad y las reacciones colectivas a esas políticas. En suma, observaré la articulación cultural de crecimiento demográfico y cultural bajo regímenes autoritarios. Esta descripción de una ciudad disputada cuestiona la historiografía contemporánea en su opinión de que los proyectos de la élite sobre renovación urbana no fueron desafiados y lograron sus objetivos. Así como los pobres usaban la ciudad en formas que contradecían esos proyectos, las percepciones de la élite de áreas “peligrosas” identificaban pobreza con criminalidad. La consecuencia fue, por un lado, que los funcionarios se apoyaban en el castigo para imponer sus ideas sociales mientras, por otro lado, los pobres de la ciudad identificaron la policía y el sistema judicial con los intereses de los adinerados. La ciudad ideal fracasó al imponer su estricta división del espacio urbano (particularmente después de la revolución), y la conexión entre la apropiación del espacio urbano y la criminalización de los usos de las clases bajas permanecieron por mucho tiempo como una característica de la capital.. La ciudad ideal. El cambio que sacudió la Ciudad de México a principio del siglo XX había comenzado casi cuarenta años atrás durante la tentativa del Emperador Maximiliano para convertir a México en una moderna nación europea y se aceleró a finales del Porfiriato. La ciudad ideal de la celebración del centenario de la Independencia en 1910 epitomizó los mitos unificados de progreso y. 4   .

(5) nacionalismo 2 . El centro colonial de la ciudad, alrededor del Zócalo o Plaza Mayor, extendió su majestuosa arquitectura hacia el este sobre la Avenida Juárez, alcanzó el parque de la Alameda, y dio vuelta hacia el oeste en el elegante Paseo de la Reforma para terminar en el Castillo de Chapultepec, la presidencia municipal (ver mapa). La Alameda era parte del diseño colonial de la ciudad pero se volvió un lugar de esparcimiento de la clase alta durante el siglo XIX. El amplio diseño y ejecución del Paseo de la Reforma siguieron las ideas estéticas y urbanas que transformaron París y otras capitales urbanas desde la década de 1850. Tales eran los ejes de una menos visible modificación del territorio urbano que resultó en el desplazamiento de territorios valiosos de los pobres de la ciudad y de las comunidades indígenas. De todos los ciclos de cambio que la Ciudad de México había experimentado después de la conquista española, el alcanzado a finales del Porfiriato, fue quizá el más negativo porque combinaba crecimiento de la población, despojamiento de tierras e intenso conflicto cultural.. 3. El diseño urbano porfiriano correspondía al impulso para reconocer a la sociedad dentro de la ciudad. Alrededor de Paseo de la Reforma, las compañías privadas obtuvieron concesiones de las autoridades de la ciudad para desarrollar áreas residenciales para la clase media y alta, como las colonias Juárez, Cuauhtémoc, Roma y Condesa. La palabra colonias                                                              2.   Ver  Mauricio  Tenorio‐Trillo,  “1910  Mexico  City:  Space  and  Nation  in  the  City  of  the  Centenario,”  Journal  of  Latin  America  Studies  28  (1996):  75‐104;  Barbara  A.  Tenenbaum,  “Streetwise  History:  The  Paseo  de  la  Reforma  and  the  Porfiran  State,  1876‐1910”,  en  William  H.  Beezley  et  al.,  eds.,  Rituals  of  Rule,  Rituals  of  Resistance:  Public  celebrations  and  popular  culture  in  Mexico  (Wilmington:  Scholarly  Resources,  1994),  127‐150  y  en  el  mismo  volumen  Tony  Morgan,  “Proletarians,  Politicos  y  Patriarchs:  The Use and Abuse of Cultural Customs in the Early Industrialization in Mexico City, 1880‐1910”, 151‐ 171; John Robert Lear, “Workers, Vecinos and Citizens: The Revolution in Mexico City, 1909‐1917” (PH.  D. diss., University of California at Berkeley, 1993), cap. 2 y 3y una version condensada de ese trabajo en  Lear, “Mexico City: Space and Class in the Porfirian Capital, 1884‐1910,” Journal of Urban History 22, nº  4 (Mayo 1996): 444‐492. Un estudio pionero y sin competencia es María Dolores Morales, “La expansión  de la Ciudad de México en el siglo XIX: el caso de los fraccionamientos,” en Alejandra Moreno Toscano,  ed.,  Investigaciones  sobre  la  historia  de  la  ciudad  de  México  (México:  INAH,  1974),  189‐200;  Mario  Camarena,  “El  tranvía  en  época  de  cambio”,  Historias  27  (Octubre‐marzo  1992):  141‐146;  Estela  Eguiarte  Sakar,  “Los  jadines  en  México  y  la  idea  de  la  ciudad  decimonónica,”  Historias  27  (Octubre‐ marzo 1992): 129‐138. Para un trabajo útil del proyecto porfiriano de desarrollo urbano aplicado en la  capital  ver  Allen  Wells  y  Gilbert  M.  Joseph,  “Modernizing  Visions,  Chilango  Blueprints,  and  Provincial  Growing Pains: Merida at the Turn of the Century,” Mexican Studies/Estudios Mexicanos 8, nº 2 (Verano  1992): 167‐215.    3   Ver Andrés Lira, El nombre colonia se deriva de la legislación sobre colonización del siglo XIX. Jorge H.  Jiménez Muñoz, La traza del Poder: Historia de la política y los negocios urbanos en el Distrito Federal  desde sus orígenes a la desaparición del ayuntamiento (1824‐1928) (México: Codex, 1993), 9. . 5   .

(6) designaba estos nuevos vecindarios, como si representaran la colonización del lado salvaje de la ciudad. 4 El desarrollo de las colonias en un ambiente civilizado y controlado recibió especial atención de las autoridades de la ciudad, que a menudo ordenaban la demolición de edificios inútiles o de mal aspecto. 5 Los diseñadores y constructores de esta ciudad tenían una clara idea del significado social de modernización: los pobres tenían que ser desplazados de los cuadrantes elegantes, mientras los servicios públicos eran concentrados sólo en los distritos bien mantenidos. 6 Los constructores privados creían que separar a los clientes de acuerdo con su estatus socioeconómico crearía mercado de bienes raíces más fuerte. Esta estrategia significaba un punto de partida de las viviendas multiclase alrededor del centro de la ciudad que databa de los tiempos de la colonia. Los inversionistas porfirianos, frecuentemente asociados con los funcionarios de la ciudad, compraban y repartían tierras para las clases ricas y áreas privilegiadas mientras reservaban otras zonas para los propietarios de la clase trabajadora. En muchos casos las concesiones de las tierras causaba el despojo de las comunidades comunales o el desalojo de los pobres asentados. El desarrollo de las áreas residenciales modernas no era el único cambio que trajo consigo la modernización. En los márgenes de la ciudad central, las autoridades y los constructores tenían que lidiar con las áreas residenciales populares existentes: las colonias de la clase baja y los barrios. Aunque los barrios siempre habían existido cerca del centro, su pobreza había preservado lo que Andrés Lira llama apropiadamente una “distancia social” de la ciudad moderna. 7 Durante el periodo del Porfiriato, sin embargo, estas áreas                                                              4.  El nombre colonia se deriva de la legislación sobre colonización del siglo XIX. Jorge H. Jiménez Muñoz,  La traza del Poder: Historia de la política y los negocios urbanos en el Distrito Federal desde sus orígenes  a la desaparición del ayuntamiento (1824‐1928) (México: Codex, 1993), 9.  5   Los  baños  públicos  y  las  construcciones  poco  sólidas  tenían  que  ser  destruidas  para  embellecer  y  mejorar la entrada a la colonia Roma. Reporte por el miembro del ayuntamiento de la ciudad Luis E. Ruiz  acerca del Distrito Octavo, 19 de enero de 1904, AHA, Policían en general, 3644, 1691.  6  Para la relación entre crecimiento urbano y segregación social entre los habitantes de la ciudad, ver  María  Dolores  Morales,  “La  expansión  de  la  ciudad  de  México  (1858‐1910)”,  en  Atlas  de  la  ciudad  de  México (México, Departamento del Distrito Federal‐Colegio de México, 1987), 64.  7  Lira, Comunidades indígenas, 264.  8 Ver  Lear,  “Mexico  City:  Space  and  Class,”  481‐82.  Para  la  emergencia  de  los  barrieos  de  las  comunidades indígenas, ver Lira, Comunidades indígenas, 66. Sobre el desarrollo irregular de la colonia  Obrera y su carencia de sanitización, ver “Informe general” por el Inspector Médico del Cuarto Distrito,  31 de diciembre de 1924, ASSA, Fondo Salubridad Pública, Sección Salubridad del Distrito Federal, caja  2, 28. . 6   .

(7) generaron conflictos con la esperada organización de la sociedad urbana. Las áreas de vivienda de la clase baja, caracterizadas por vecindades sobrepobladas cerca del centro y casuchas de ocupantes clandestinos en la periferia de la ciudad, rodeaban el centro en una luna creciente que envolvía el Zócalo y los lados norte, este y sur de la Alameda, cerca del Palacio Nacional y aún más lejos en sus extremos. La luna tenía sus puntos más lejanos en la colonia Guerrero al noroeste de la cárcel de Belén. Su territorio incluía las colonias Morelos y la Bolsa, respectivamente localizados hacía el oeste y noroeste del barrio de Tepito, y la colonia Obrera, ninguno de los cuales recibió adecuada inversión infraestructural de los constructores. La urbanización en esas áreas no significó acceso al drenaje, electricidad y pavimentación así en el caso de las colonias acomodadas. Imágenes de descuido y pobreza contrataban con el ambiente protegido del área central. 8 La vida en las colonias más ricas siguió los modelos de privacidad y autonomía que disfrutaban las casas burguesas europeas. Los urbanistas y constructores compartían la premisa tácita de que negocios, esparcimiento y producción deberían estar claramente separados, y que los hombres y las mujeres tenían inequívocamente diferentes roles en ambientes públicos y domésticos. Las nuevas colonias acomodaban las comodidades de la vida de las clases superiores en lotes de casas individuales con las amenidades de la vida moderna incluyendo electricidad, alcantarillado, agua corriente y teléfonos. Con estos servicios, los habitantes de la casa no tenían que depender de objetos pasados de moda para satisfacer sus necesidades cotidianas. No se enfrentaban a la dificultad de traer el agua manualmente a la casa o de deshacerse de los desechos humanos en la calle. 9                                                              9. Por los antiguos usos, y la importancia de los vendedores de agua y de las fuentes, ver Antonio García  Cubas,  El  libro  de  mis  recuerdos.  Narraciones  históricas,  anecdóticas  y  de  costumbre  mexicanas  anteriores al actual estado social, ilustrados con más de trescientos fotograbados (México, Porrúa, 1986,  Imprenta de Arturo García Cubas, 1904), 207‐214. Comparar con Sandra Lauderdale‐Graham, Hpuse and  Street: The Domestic Worlds of Servants and Master in the Nineteenth‐Century Rio de Janeiro (Austin:  University  of  Texas  Press,  1992);  Elizabeth  Blackmar,  Manhattan  for  Rent,  1785‐1850  (Ithaca:  Conell  University Press, 1989)  10  AHA, Policía en general, 3640, 1143, 1 de mayo de 1896. Para las acciones contra los kioskos, ver AHA,  Policía  en  general,  3640,  1147.  Ver  Juan  Pedro  Viqueira  Albán,  ¿Relajados  o  reprimidos?:  Diversions  públicas  y  vida  social  en  la  ciudad  de  México  durante  el  siglo  de  las  luces  (México,  Fondo  de  Cultura  Económica, 1987); Pamela Voekel, “Peeing on the Palace: Bodily Resistance to Bourbon Reforms” (tesis  de doctorado, Universidad de Texas en Austin, 1991); Jorge Nacif Mina, “Policía y seguridad pública en la  ciudad de México, 1770‐1848,” en Regina Hernández Franyuti, comp., La ciudad de México en la primera . 7   .

(8) La separación de lugares y actividades en públicas y privadas constituyó la premisa para el diseño de edificios y calles y también guió la acción oficial que tenía que ver con el comportamiento de la gente. La conducta privada en los espacios públicos había sido siempre una preocupación para las autoridades de la Ciudad de México. Policía y buen gobierno definía la intervención más grande de las autoridades desde tiempos coloniales, englobando no sólo asuntos policíacos sino también el mantenimiento de las calles y el control de reuniones colectivas. Justo como en los siglos XVII y XVIII, el consejo de la ciudad porfiriana ordenó que pulquerías y cantinas se disimularan a los ojos de los peatones y retiró la autorización a los restaurantes de poner sillas y mesas en las aceras. 10 Hacia el final del siglo el estado adoptó una postura intervencionista en asuntos como la forma de vestirse de los peatones tradicionalmente fuera del ámbito la política pública liberal. Los indígenas (reconocidos por su uso de calzones blancos y camisas en lugar de trajes negros) fueron forzados por las regulaciones a usar calzones negros. Repetidas instancias de la prohibición en los años 1890 y luego durante la presidencia de Francisco I. Madero reflejaban la futilidad de la tentativa. 11 La medida reflejaba las percepciones oficiales de “conducta apropiada” en el espacio público. Dicho simplemente, las autoridades de la ciudad creían que los indígenas no estaban culturalmente preparados para el uso de la ciudad. Todas estas divisiones del uso de la ciudad estaban lejos de la perfección, y la realidad de la vida urbana nunca se acomodó al ideal del ideal porfiriano. Las divisiones funcionales no podrían resistir la erosión de la vida cotidiana porque el diseño de la ciudad “civilizada” de las clases altas excluía y no planeaba los factores más importantes para su supervivencia. Las colonias elegantes en los alrededores del Paseo de la Reforma al igual que las casas aristocráticas del centro de la ciudad necesitaban trabajo y abastecimiento. Al Distrito Dieciocho, por ejemplo, le faltaba un mercado de productos alimentarios en 1904. 12 En cambio, las clases urbanas media y baja tenían que                                                                                                                                                                                mitad  del  siglo  XIX  (México,  Instituto  Mora,  1994)9‐50;  Anne  Staples,  “Policía  y  Buen  Gobierno:  Municipal Efforts to Regulate Public Behavior, 1821‐1910, ” en Beezley et al., eds. Rituals of Rules, 115‐ 126.  11  La Tribuna, 16 de octubre de 1912. Para una campaña similar en 1893 ver Lear, “Workers, Vecinos and  Citizens,” 51‐55  12  AHA, Policía en general, 3644, 1691.  13  Estadísticas históricas de México, vol. 1 (México: INEGI, 1994) . 8   .

(9) dejar sus casas para trabajar y satisfacer sus necesidades cotidianas. Estos factores y una concepción distintiva de la ciudad sobre las clases populares impulsó a los pobres de la ciudad a cruzar las fronteras artificiales entre la ciudad moderna (donde las funciones públicas y privadas tenían que estar claramente separadas) y otra ciudad (la ciudad completa, desde su punto de vista) donde los modelos de la elite de conducta parecían menos importantes. La necesidad de beber, de socializar, o simplemente de ganarse la vida por medio del comercio menor generaron tensiones sobre el uso de la ciudad. No podemos ignorar la tensión entre el mapa jerárquico y rígido (imaginado por las élites porfirianas) y la vista horizontal, ambigua y a menudo inarticulada de los que vivían, trabajaban y conducían sus vidas sociales en las calles. Antes de mirar esta tensión, sin embargo, examinaré los factores que evitaron que la Ciudad de México se convirtiera en la capital modelo que los gobernantes habían visualizado.. Población, transporte y el derrumbe de un modelo. Le régimen porfirista fracaso en la consolidación de su ideal debido a la llegada contantes de inmigrantes del resto del país y el contemporáneo desarrollo de nuevos medios de transporte de los cuales se había esperado que facilitaran el progreso, pero en su lugar debilitaron las divisiones sociales y minaron el control de las autoridades sobre los espacios públicos. El crecimiento de la población planteó un problema inesperado a los planificadores y a los administradores. Desde 1895, fecha del primer censo nacional, la población de la Ciudad de México no sólo creció mucho más rápido que la nación en general, sino también más rápido que otras ciudades en el país. En 1895, la Ciudad de México tenía una población de 329 774 habitantes; hacia 1910, 471 066; hacia 1921, 615 327; y para 1930, 1 029 068. En 1895, la Ciudad de México tenía 2.61% de la población nacional (12 632 427); hacia 1930, tenía 9.17 % (de 19 652 552). Y mientras la Ciudad de México triplicaba su población entre 1895 y 1930, las capitales de los estados doblaron (de 732 047 a 1 431 007). En ese periodo la población nacional se incrementó. 9   .

(10) solamente 50 %. 13 Como lo indican estas cifras, la migración rural en las ciudades se incrementó francamente durante la era porfiriana y nunca se detuvo. A pesar del origen rural de la mayoría de los migrantes, la población de la Ciudad de México no era lo que llamamos una sociedad “tradicional”. Las cifras de alfabetización, por ejemplo, sugieren que la población de la capital estaba más educada que el promedio nacional hacia el fin del Porfiriato y continuó siendo así durante las décadas siguientes. Mientras en 1900 el índice de alfabetización era de 17.6%, en el Distrito Federal era de 44.8%. En 1930 los porcentajes eran aproximadamente de 38.5 y 75.1 respectivamente. 14 Aunque la escolaridad. era más accesible en la capital, muchos migrantes. llegaban ya educados. En 1895, el grupo más grande en la Ciudad de México eran adultos jóvenes entre 21 y 30 años de edad (39.22% de la población total), mientras que el grupo más grande del campo eran los niños de 10 años y menores (30.76%). 15 La gente iba a la capital en busca de empleos, pero no necesariamente les hacía falta educación, un grado de estatus o familiaridad con la vida urbana. Otras áreas del país también recibían inmigrantes durante estos años, pero más mujeres migraban hacia la Ciudad de México. En 1895 los hombre eran 49.74% de la población nacional, mientras en la Ciudad de México constituían el 46.32%. 16 Para 1930 la cifra había declinado a 44.86%. 17 En contraste, por el desarrollo rápido de las regiones del norte del país la tendencia era en la dirección opuesta. La Ciudad de México ofrecía a las mujeres las condiciones para explorar más allá de sus roles tradicionales de géneros. Datos de censo de mujeres trabajadoras muestra un agudo contraste entre cifras nacionales y de las Ciudad de México: en 1900 las mujeres eran sólo 16.35% de la fuerza de trabajo nacional, en la Ciudad de México eran 46.48%. 18 Esto no significó, sin                                                              14 . Ibid. .  . 15.   Ibid.;  Dirección  General  de  Estadística,  Censo  General  de  la  República  Mexicana  verificado  el  20  de  octubre de 1895 (México, Secretaría de Fomento, 1898).  16  Ibid.  17   Ibid.,  Departamento  de  la  Estadística  Nacional,  Censo  de  Población,  15  de  mayo  de  1930  (México,  Talleres Gráficos de la Nación, 1934).  18  Estadísticas históricas de México, 1:323. . 10   .

(11) embargo,. que. las. mujeres. invadieron. ocupaciones. tradicionalmente. masculinas. De acuerdo con el censo de 1895 los comercios favorecidos por las mujeres eran los de la costura (5 505 mujeres y no hombres enlistados por el censo), fabricantes de cigarros (1 709 mujeres y ningún hombre), ayuda doméstica (25 129 mujeres y 8 883 hombres), trabajadores de lavandería (5 673 mujeres y 112 hombres), y conserjes (1 431 mujeres y 994 hombres). Considerados juntos, estas categorías constituían 50.46% de la población femenina empleada. 19 Para muchas de estas mujeres, vivir en la capital significaba no solamente dejar sus ciudades natales sino también el ambiente doméstico. En suma, la Ciudad de México de cambio de siglo estaba formada por recién llegados, más educados que la mayoría de los mexicanos y con una fuerte presencia femenina en algunas áreas económicas industriales. Los trabajos industriales no empleaban un grande número de gente –sólo 1.23% de los hombres empleados en la ciudad de 1895, mientras 10.74 eran listados como comerciantes (empleados en comercio) y 7.05% como trabajadores domésticos 20 . Mudarse a la capital no necesariamente se traducía en mejoras de las condiciones de vida, aunque abría la posibilidad de acceso a trabajos mejor pagados. La evidencia cualitativa sugiera que mientras más mexicanos educados y adinerados vivían en la capital, lo mismo sucedía con mucha gente sin educación y bajos ingresos. Junto con el crecimiento demográfico, la modernización trajo nuevos medios de transporte. El resultado fue la capacidad creciente de los viajeros para llegar a la capital y de sus habitantes para moverse dentro de ella. El desarrollo de los ferrocarriles facilitó a los viajeros llegar a la capital, así como viajes de ida y vuelta desde pueblos cercanos se volvieron posibles para los artesanos de ingresos modestos y los inmigrantes pobres. Los trenes se desarrollaron en una red ampliada en todo el país cuyas vías convergían en la Ciudad de México. Comparados con las tradicionales canoas y carretas que en la década de 1880 aún transportaban muchos de los insumos necesitados en la capital, los trenes traían los productos más rápido y más baratos de regiones más allá del valle. Pronto los ferrocarriles remplazaron los canales y caminos                                                              19 20.  Censo General de la República Mexicana verificado el 20 de octubre de 1895.   Ibid. . 11   .

(12) como las principales vías de comunicación entre la ciudad y pueblos aledaños. 21 La repentina facilidad en llegar a la capital del interior trajo multitudes que no se comportaban o vestían de acuerdo a modelos extranjeros “civilizados”. Las estaciones de ferrocarril eran colmadas con fuereños que visitaban la Ciudad de México en gran número, particularmente durante las festividades como el Cinco de Mayo y el Día de la Independencia (16 de septiembre). Diferentes festividades traían diferentes visitantes. Observantes acentuaron la conducta rural de las masas de peregrinos que venían a la celebración de la Virgen de Guadalupe (12 de diciembre). No importando el origen, estos visitantes llenaban las calles, creando bonanza para los mercaderes y dolor de cabeza para la policía. 22 La migración no significó sólo movilidad geográfica para grandes grupos, sino también movilidad social y espacial en la ciudad. Dentro de la ciudad, nuevos medios de transportación, especialmente tranvías, cambiaron la manera en que la gente se movía. Durante los años 1880, coches privados y rentados proveían transporte para “mucha gente, de mediana o gran riqueza.” 23 Primero jalados por animales, luego también por electricidad, los tranvías [en español en el original. N. del t.] hicieron los viajes cotidianos más rápidos y accesibles, y acercaron el centro de la ciudad a los suburbios. 24 En 1903 la mayoría de los tranvías eran jalados por animales, aunque ya existían unidades eléctricas. En 1920 había 345 kilómetro de líneas de tranvía con 370 carros de pasajeros que pertenecían a la Compañía de Transportes de México. Los tranvías eran lo suficientemente baratos para que los usara diariamente la clase media y algunas personas de la clase trabajadora, y ocasionalmente los.                                                              21.   John  H.  Coatsworth,  “El  impacto  económico  de  los  ferrocarriles  en  una economía  atrasada,”  en  Los  orígenes del atraso. Nueve ensayos de historia económica de México en los siglos XVIII y XIX (México,  Alianza, 1990), 196‐97. Para un ejemplo de un viaje corto y un robo cometido en su transcurso, AJ‐RS,  705331.  Para  los  ferrocarriles  remplazando  las  canoas,  ver  Salvador‐Diego  Fernández,  La  ciudad  de  Méjico a fines del siglo XIX (México: n. e., 1937), 5.  22  Diego Fernández, La ciudad de Méjico, 31.  23  Ibid., 12‐13  24  Ver Manuel Vidrio, “El transporte en la Ciudad de Mexico en el siglo XIX,” en Atlas de la Ciudad de  México,  68‐71.  El  sistema  se  expandió  hasta  los  años  20.  Miguel  Rodríguez,  Los  tranviarios  y  el  anarquismo  en  México  (1920‐1925)  (Puebla:  Universidad  Autónoma  de  Puebla,  1980),  66.  Para  un  tratamiento  valioso  del  rol  de  los  tranvías  en  una  ciudad  latinoamericana,  ver  Anton  Rosenthal,  “The  Arrival of the Electric Streetcar and the Conflicto ver Progress in Early Tweenty‐Century Montevideo,”  Journal of Latin American Studies 27 (1995): 3198‐341. . 12   .

(13) residentes más pobres. 25 Los tranvías se volvieron un elemento importante en la vida cotidiana de los citadinos pobres. Para los personajes de la novela de Angel del Campo La Rumba, el tranvía era el medio de transporte cotidiano y mucho más. Remedios, una costurera, iba a trabajar diariamente en el tranvía y lo hizo el escenario de su vida romántica. 26 Los taxis conducidos por caballos continuaron siendo vistos durante el cambio de siglo, aunque los conductores eran a menudo descritos como “rufianes” a quienes les gustaba ir demasiado rápido. 27 Carretas de bueyes, mulas y carretas empujadas manualmente eran también frecuentes. Al comenzar la década de 1910, los automóviles se sumaron a la intrincada transportación, con mayor velocidad y reglas diferentes que regulaban su movimiento. 28 El impacto de este nuevo medio de transporte en la percepción popular fue doble. Primero, los tranvías, trenes y automóviles eran comúnmente identificados como los peores y más agresivos aspectos de la modernización. Caminar en medio de la calle se volvió un hábito “rural” peligroso en la ciudad. Los accidentes eran comunes. Haciendo eco de la preocupación pública, la prensa barata llamaba a los tranvías “mataristas” en lugar de motoristas. Debido a la corrupción judicial, los conductores disfrutaban de un gran margen de impunidad en caso de que atropellaran a un peatón.. 29. El caso omiso de la. seguridad por parte de los tranvías y los automóviles fue una consecuencia central del progreso urbano desde el punto de vista de los peatones de las                                                              25.  El Universal, 1 de octubre 1920, p. 9. La evidencia del precio relativo de las tarifas está inconclusa. En  1902  el  gasto  usual  en  las  tarifas  de  tranvía  para  un  trabajador  era  de  24  centavos  y  probablemente  incluía  varios  viajes.  AHA,  Policía  en  general,  3643,  1600;  El  Imparcial,  11  de  agosto  de  1902,  p.  1.  En  1920, de acuerdo a la Compañía de Tranvías de México, el promedio de la tarifa era de 9.5 centavos, no  suficiente de acuerdo a la compañía, para cubrir los costos. El Universal, 1 de octubre de 1920, p. 9. Los  precios  se  incrementaron  durante  finales  del  Porfiriato  y  la  década  de  1910.  Ver  requerimientos  de  empleados  municipales  para  pases  de  tranvía  gratuitos.  Celadores  Municipales  del  Ramo  de  Policía  al  ayuntamiento de la ciudad, 23 de abril de 1901, AHA, Policía en general, 3643, 1353. De acuerdo con el  escritor español Julio Sesto, las tarifas diarias a finales de la década de 1900 para jornaleras costureras o  trabajadores de las fábricas de cigarros, era de un peso. Los policías ganaban 1.75 pesos diarios. Julio  Sesto,  El  México  de  Porfirio  Díaz  (hombres  y  cosas)  Estudio  sobre  el  desenvolvimiento  general  de  la  República  Mexicana.  Observaciones  hechas  en  el  terreno  oficial  y  en  el  particular  (2º  ed.,  Valencia:  Sempera y Compañía, 1910), 134‐136.  26  Angel de Ocampo, Ocios y apuntes y La rumba (México, Porrúa, 1976), 199.  27  Eaton Smith, Flying Visits to the City of Mexico and the Pacific Coast (Liverpool: Henry Young and Sons,  1903), 30‐34.  28  AHA, Policía en general, 3644, 1689  29  Para un caso de un conductor que atropelló a un niño de dos años y salió libre dos horas después con  la ayuda de los empleados de la corte, ver H. J. Teufer a Porfirio Díaz, 8 de febrero de 1911, APD, 36,  2216‐2217. Ver más quejas en Gaceta de Policía, 1:2, 19 de octubre de 1905, p. 3; ibid., 1:10, 24 de  diciembre de 1905. P. 2 . 13   .

(14) clases bajas: un ambiente amenazador, donde las víctimas era pobres y los culpables (protegidos por sus compañías y sus jefes) nunca eran castigados. El mundo alrededor de las estaciones de tren y dentro de los carruajes era tanto atractivo como peligroso. Los méndigos adulaban en las estaciones de tren, los niños comerciaban en los tranvías, el robo era común, y algunos periodistas incluso hablaban de un tipo especial de ladrón profesional que tenía como objetivo viajeros despistados. 30 El tráfico era uno de los contextos preferidos de la lucha entre conducta “vieja” y “moderna”. El uso de las calles para transportación rápida competía con su uso como lugar para comerciar y sociabilizar. Esto creó un conflicto entre conductores de carros suburbanos y los muchos residentes que se ganaban la vida en las calles. El gobierno de la ciudad buscaba enseñar a los conductores de los carruajes a mantenerse en la derecha y a los peatones a circular, recordándoles que “está prohibido detenerse en medio de las calles y formar grupos que obstruyan la circulación de los vehículos y animales.” La prohibición era en este caso una descripción: los vendedores ponían sus puestos en medio de la calle, bloqueando el tráfico a pesar de las “amenazas” de los inspectores. 31 Los peatones se paraban en medio de las banquetas, bloqueando a otros caminantes, particularmente en las esquinas y fuera de los teatros y formando grupos en lugar de filas. 32 La segunda consecuencia del cambio tecnológico era un entendimiento transformado de la ciudad entre la mayoría de los habitantes. La transportación ampliaba la percepción del espacio urbano. Los carriles de tranvías llegaban hasta San Ángel e hizo el Zócalo accesible. Diferentes áreas estaban conectadas y no más fácil para los residentes llegar no sólo al Zócalo y a Avenida Plateros sino también a las casas de apuesta en Tacubaya y otras áreas de la ciudad supuestamente “peligrosas”. 33 En 1882, el poeta Manuel                                                              30.  AHA. Policía en general, 3639, 1092; Carlos Roumagnac, Los criminales en México: Ensayo de  psicología criminal. Seguido de dos casos de hermafrodismo observado por los señores doctores Ricardo  Egea… Ignacio de Ocampo (1904; reimpresión, México, El Fénix, 1912), 11, 14; Gaceta de Policía, 1:9, 17  de diciembre de 1905, p. 9.  31  Memoria del Ayuntamiento 1901 (México, La Europea, 1902, 2 vol.), 1:505. Gobernador del Distrito  Federal al ayuntamiento de la ciudad, 22 de diciembre de 1898, AHA, Policía en general, 3639, 1222.  32  Enrique Ignacio Castelló al ayuntamiento de la ciudad, 2 de agosto de 1904, AHA, Policía en general,  3644, 1689.  33  Ver Juan José Tablada, La feria de la vida (1937Ç; reimpresión, México, Consejo Nacional para la  Cultura y las Artes, 1991). . 14   .

(15) Gutiérrez Nájera usaba el tranvía como el vehículo de una exploración imaginaria a la vida de los pasajeros. El ya había visto una ciudad diferente a la de los días previos al tranvía: “El vagón me lleva a mundos desconocidos y regiones vírgenes. No, la Ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, no termina en el Paseo de la Reforma. Te doy mi palabra de que la ciudad es mucha más grande. Es una gran tortuga que extiende sus dislocadas piernas hacia los cuatro puntos cardinales. Estas piernas son sucias y velludas. El ayuntamiento de la ciudad, con cariño paternal, las pinta con lodo cada mes.” 34 Así como la Ciudad de México se expandía, la sociedad de volvía más compleja y móvil. Un observador educado como Gutiérrez Nájera podía viajar por las piernas largas de la tortuga para llegar a historias y lugares desconocidos. En el mismo sentido la gente trabajadora se movilizaba para llegar al centro de la ciudad. Estaban involucrados en actividades “típicas” como comercio ambulante, bebida, mendicidad, e incluso robo, lo que debilitaba el orden de la ciudad porfiriana. La impresión de una ciudad ordenada, estable y cosmopolita estaba rota por el movimiento diario de su población abigarrada. El impacto de la modernización en la vida cotidiana. ¿Qué significó el diseño porfiriano de la ciudad para los citadinos pobres? Esta pregunta está en el centro de cualquier tentativa para explicar la relación entre la modernización y el crimen. Ahora describiré las condiciones de vida de los citadinos. pobres. y. examinaré. las. formas. en. que. sobrellevaban. la. sobrepoblación, desplazamiento y políticas autoritarias. Estas formas no concordaban con las nociones de las clases altas de conducta “apropiada” y a menudo resultaban fuera de la ley. Los citadinos pobres tenían que sobrellevar no sólo las condiciones materiales difíciles sino también el rechazo de los observadores y las autoridades y la criminalización de muchas estrategias de sobrevivencia. Denunciando la mala calidad de las condiciones de vivienda de las clases más bajas, un reporte de 1902 de El imparcial declaró un hecho básico de la vida cotidiana en la ciudad: “…una parte considerable de la población,                                                              34.  Manuel Gutiérrez Nájera, “La novela del tranvía,” en La novela del tranvía y otros cuentos (México,  Secretaría de Educación Pública, 1984), 159. . 15   .

(16) precisamente la que no tenía la mejor higiene personal, vivía en los estrechos cuartos que los edificios de la capital ofrecían a las clases más pobres. Estas vecindades. ofrecían. el. más. sorprendente. espectáculo. humano. de. sobrepoblación que uno se pueda imaginar. Sólo los “guetos” medievales, estos típicos vecindarios en los que los judíos eran confinados, se podrían parecer a la estrechez, descuido y suciedad de estas viviendas.” 35 En la perspectiva. de. los. observadores. educados,. sobrepoblación. y. otras. características de la vida de los pobres citadinos hizo necesario su aislamiento geográfico e incluso cultural. Pero la consecuencia de estas condiciones era un reto implícito para las nociones de la élite de civilidad y debilitaba las divisiones de clase y género que supuestamente estructurarían la vida urbana. En los barrios viejos cerca del centro y en muchas de las colonias de clase baja recientemente desarrolladas, la gente vivía en vecindades [en español en el original. N. del t.] –viviendas de uno o dos pisos que carecían de la autonomía espacial de las casas modernas. Muchas familias vivían metidas en un apartamento de un cuarto sencillo o doble con una sola puerta que se abría a una estrecha estancia. Los ocupantes compartían servicios sanitarios y el uso de la estancia para limpiar o cocinar. 36 En la colonia La Bolsa, por ejemplo, la mayoría de los ocupantes no podían disponer de un plomero o electricista. Para ellos, las rentas estaban establecidas a corto plazo a tarifas relativamente altas. Los caseros ni siquiera entraban a las vecindades, prefiriendo llevar a cabo sus tratos en las calles. 37 De acuerdo al Nueva Era, los policías no se atrevían a entrar tampoco, porque las vecindades no eran lugares muy acogedores: los perros estaban sueltos y eran agresivos, las ropas colgaban en medio de la estancia, y los vecinos veían a cualquier representante del gobierno como intruso. Por otro lado, vendedores ambulantes entraban en las vecindades a voluntad, contribuyendo al robo de las casas de los ocupantes. 38 Los comentaristas culparon al déficit de vivienda                                                              35.  AHA, Policía en general, 3643, 1600, fragmento de El Imparcial, 11 de agosto de 1902, p. 1.   Sesto, El México de Porfirio Díaz, 245; Ramírez Plancarte, La ciudad de México durante la revolución  constitucionalista, 426‐27. Para los múltiples estratos sociales entre los habitantes de las vecindades a  principios  del  siglo  XIX,  ver  Jaime  Rodríguez  Piña,  “Las  vecindades  en  1811:  Tipología,”  en  Alejandra  Moreno Toscano et al., Investigaciones sobre la historia de la ciudad de México (II) (México, INAH, 1976):  68‐82.  37  El Imparcial, 6 de julio de 1908, p. 4.  38  Nueva Era, 9 de julio de 1912, p. 4  36. 16   .

(17) de esta situación. De acuerdo con el reporte de El imparcial de 1902, nada decente se podía rentar por menos de 50 pesos. Las casas rentadas por menos de 20 pesos eran “verdaderas viviendas trogloditas”. Sólo las clases ricas habían mejorados sus condiciones de vida como resultado de la fiebre constructora de los años recientes. 39 Para las clases bajas urbanas, sin embargo, las vecindades eran su única oportunidad de tener una vivienda decente. Para los menos aventajados, los dormitorios públicos o posadas llamados mesones, ofrecían un techo por la noche a cambio de un boleto que podía ser comprado diariamente a bajo costo. De este modo, los mesones satisfacían mejor las circunstancias de aquellos que carecían de un ingreso estable,. como. vendedores. ambulantes. o. mendigos.. Aunque. eran. aparentemente diseñados para viajeros, los mesones se volvieron la residencia permanente para muchos capitalinos pobres que estaban preparados para soportar cualquier inconveniencia. El cuarto para dormir en el piso (el cual compartían hombres, mujeres y niños) podía volverse el objeto de sangrientas disputas. Felipe Toledo fue arrestado en 1907 porque penetró un lápiz cuatro centímetros en el pecho de Amador Rodríguez. Rodríguez había pisado a Toledo mientras buscaba espacio para dormir en un mesón en la Plazuela de las Vizcaínas. 40 Las condiciones eran menos que higiénicas, especialmente al crecer la demanda. 41 Los dormitorios recibían grandes número de migrantes durante la revolución. En 1920 en promedio diario, 91 hombres, 19 mujeres, y 8 niños usaban el dormitorio público, y en 1918 el dormitorio de la Beneficencia Pública recibió 54 750 personas. 42                                                              39.   AHA,  Policía  en  general,  3643,  1600,  fragmento  de  El  Imparcial,  11  de  agosto  de  1902,  p.  1.  De  acuerdo con la Comisión Monetaria, en 1891 había 8 883 casas en la ciudad y hacia 1902 el número se  había incrementado a 11 024. José Lorenzo Cossío, “Algunas noticias sobre las colonias de esta capital,”  Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística 47, nº 1 (septiembre 1937): 11.  40  Para condiciones en los mesones ver Morales Martínez, “La expansión de la ciudad de México,” n68;  ASSA,  Beneficencia  Pública,  Sección  Asistencial,  Serie  Asilados  y  Mendigos,  8,  8,  f.  2;  ibid,  9,  21;  Lear,  “Mexico City: Space and Class,” 478‐79. El caso de Toledo en AJ‐RS, 84, 518303. Ver el caso de un mesón  cuyo  propietario  fue  multado  en  1906  por  las  malas  condiciones  higiénicas:  falta  de  agua  potable,  alcantarillado expuesto y atascado, baños comunes, sobrepoblación, basura de días atrás, hoyos en el  techo  y  en  los  pisos.  ASSA,  Salubridad  Pública,  Sección  Salubridad  del  Distrito  Federal,  caja  1,  24.  Muchos de los supuestos mendigos arrestados en 1930 vivían en mesones, ASSA, Beneficencia Pública,  Sección Asitencial, Serie Asilados y Mendigos.   41  Memoria del ayuntamiento de 1901, 2:275‐276  42   Blanca  Ugarte  al  ayuntamiento  de  la  ciudad,  31  de  agosto  de  1920,  ASSA,  Fondo  Establecimientos  Asistenciales, Dormitorios Públicos, 1, 5. . 17   .

(18) Los columnistas de élite vieron los mesones y las vecindades como la causa de la falta de moralidad de los citadinos pobres. Los escritores porfirianos explicaron que la supuesta tendencia de los pobres a aparecer desnudos o cubiertos por harapos, o a exponer los momentos más delicados de su vida familiar como una consecuencia de lo que ellos habían visto y soportado en esos lugares. 43 Los observadores se preocupaban por la mezcla de dentro y fuera, de público y privado, que era una característica común en la vida popular. Mientras sospecha de promiscuidad sexual pudieron estar basadas en la imaginación de los observadores, y finalmente, difícil de documentar, un claro resultado de la sobrepoblación y la carencia de instalaciones apropiadas era la necesidad del pobre para llevar a cabo actividades asociadas con lo privado en espacios públicos. Un problema difundido en la vivienda popular, tal vez la razón por la que sus ocupantes pasaban la mayor parte del día en las calles, era la ausencia de agua corriente y alcantarillado. Desde el periodo colonial tardío, de acuerdo a Marcela Dávalos, la ausencia de agua corriente en casa había frustrado la construcción de “la familia moderna… organizada por sentimientos de intimidad, pudor y privacidad” con el resultado de que “dentro de la casa pasaban las mismas que en la calle.” 44 Autoridades y vecinos estaban al tanto de los problemas planteados por la escasez del líquido “precioso”. Durante el Porfiriato, el agua tenía que ser llevada a muchas áreas con métodos pesados. Las instalaciones sanitarias eran colectivas e insalubres. Los sanitarios en las vecindades se vaciaban en alcantarillas o en las calles por canales abiertos que corrían en medio del pasillo. 45 La falta de agua en casa estimuló el desarrollo de baños públicos, una institución importante en las vidas de los habitantes y que después mezcló necesidades íntimas y vida social. En estas instalaciones hombres y mujeres podían ducharse y lavar la ropa por una pequeña cuota. En los años 1880, los                                                              43.  Miguel Macedo, La criminalidad en México: Medios para combatirla (México, Secretaria de Fomento,  1897),  14‐15;  Luis  Lara  y  Pardo,  La  prostitución  en  México  (México:  Bouret,  1908),  120‐21;  Pani,  La  higiene en México, 111,  221. Estas descripciones no estaban basadas en observación directa.   44   Marcela  Dávalos,  “La  salud,  el  agua  y  los  habitantes  de  la  ciudad  de  México.  Fines  del  siglo  XVIII  y  principios del siglo XIX,” en Hernández Fanyuti, comp., La ciudad de México en la primera mitad del siglo  XIX, 300, 281. Ver también Ilán Semo, “La ciudad tentacular: notas sobre el centralismo en el siglo XX,”  en  Isabel  Tovar  de  Arrechedera  y  Magdalena  Mas,  eds.,  Macrópolis  mexicana  (México:  Universidad  Iberoamericana‐Consejo Nacional para la Cultura y las Artes‐DDF, 1994), 48.  45  Para sistemas de drenaje, ASSA, Salubridad Pública, Sección Salubridad del Distrito Federal, caja, 1:33 . 18   .

(19) baños públicos eran la mayor construcción en el Paseo de la Reforma, cerca de la Alameda. Las piscinas estaban colmadas en los días calientes, especialmente en el día de San Juan Bautista. La asistencia a estas instalaciones era alta: durante abril de 1914, 5434 hombres y 5267 mujeres usaron los baños de la Lagunilla, administrados por la Beneficencia Pública. 46 Además, debido a la falta de instalaciones higiénicas en las viviendas de la clase baja, prácticas menos agradables más tarde ofendieron las sensibilidades de los observadores de la clase alta. Orinar y defecar en las calles era por supuesto propio de hombres y mujeres pobres. Este problema había preocupado a las autoridades desde el periodo Borbón. Aunque se disponía de orinales públicos en varios sitios de la ciudad, los arrestos por “tener movimientos intestinales en el camino público” 47 eran aún comunes a finales de la década de 1910. Era natural proveer a la ciudad de más orinales, declaró el conocido físico M. Río de la Loza en 1892, para “aquellos individuos cuyas ocupaciones los forzaban a estar fuera de sus casas.” Establecer más sanitarios era de los más necesario dado que las únicas alternativas disponibles eran las pulquerías, donde “hay las costumbre de tener barriles y cubetas usadas para contener la orina de todo individuo que quiera usarlas”. 48 El problema se hizo más evidente cuando en las calles recién pavimentadas cerca de donde estaban los teatros y restaurantes, en la noche, la gente, dejaba “grandes albercas de orina” y excrementos. Para los comentadores mexicanos, la imagen de la Ciudad de México se comparaba apenas con otras capitales modernas, donde orinales públicos evitaban estos espectáculos. El ayuntamiento de la ciudad, sin embargo, tuvo dificultades para castigar incluso a sus propios empleados al notar que “¿Qué pueden hacer los policías, si tienen que quedarse ocho horas en su esquina, o los conductores de carros, que a menudo pasan el día completo en la calle, o los comerciantes de la calle,                                                              46.  Diego Fernández, La ciudad de Méjico, 4. Para una descripción de los baños públicos en la Lagunilla y  Juárez,  ver  Vicepresidente  de  la  junta  inspectora  de  la  Beneficencia  Pública  al  secretario  de  gobernación., 13 de agostoi de 1913, AGN, Fondo Gobernación Periodo Revolucionario, 115, 77, 1. Ver  también ASSA, Fondo Establecimientos Asistenciales Baños Públicos, 1, 155; para las regulaciones de los  baños públicos de la Lagunilla ver ibid., 2, 11.  47  En octubre de 1917, AHA, Policía Presos Penitenciaría, 3664, 1. Para la preocupación oficial borbónica  al respecto, ver Voekel, “Peeing on the Palace”; Dávalos, “La salud, el agua y los habitantes de la ciudad  de México, ”292.  48   M.  Río  de  la  Loza  al  ayuntamiento  de  la  ciudad,  27  de  diciembre  de  1892,  AHA,  Policía  en  general,  3639, 1020. . 19   .

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