CAPITULO IV: EL SER HUMANO CREADO-CREADOR
1. E L SER HUMANO : UN TEXTO A SER INTERPRETADO
Gesché en su reflexión teológica está muy atento a lo que ocurre en su tiempo y considera importantes los interrogantes, esperanzas, deseos y dolores del ser humano. De este modo inicia su camino:
por la inmersión en la experiencia del ser humano contemporáneo, tal como ella se expresa en el arte, las letras y las ciencias humanas, de manera que la cuestión sobre el ser humano no se desarrolla pensando al ser humano teóricamente, sino pensándolo a partir de su situación real, es decir, planteando las cuestiones sobre los obstáculos que se encuentra en el camino de su realización: el mal, la muerte y el destino2.
Gesché emprende un itinerario que parte de las interrogaciones fundamentales del ser humano sobre sí mismo. Parece escucharse, desde el fondo de este itinerario, aquella experiencia de San Agustín, cuando en sus confesiones dice: “me convertí en una gran pregunta para mí mismo”3.
1.1. El enigma como realidad de la existencia humana
Homo absconditus, énigme. Personne, perdu dans le labyrinthe de lui-même, inconnu de lui-même (GNP, LX, 31)
1 RODRIGUES, Pensar al hombre, p. 287.
2RODRIGUES, L´homme, in La margelle du puits p. 287.
3 AGUSTIN DE HIPONA, Confesiones, X, 13
157 Ante una rápida lectura de la introducción del libro Le homme, puede sorprender una definición del ser humano tan metafórica, porque parecería que nuestro autor reduce el horizonte antropológico a tres metáforas inconclusas. Sin embargo, tratándose de Gesché, se impone necesariamente una segunda y tercera lectura, con un espíritu hermenéutico y sin perder de vista el horizonte mayor de su obra. En ese intervalo de lectura, que supone necesariamente tiempos concretos de escucha de las palabras, tejidas poéticamente por nuestro autor, comienza a brotar un murmullo teológico detrás de tres simples metáforas.
Entonces sí, podemos iniciar un itinerario declaradamente teológico, que consiste en comprender la propuesta antropológica que se abre a partir de haber pensado a Dios (capítulo II) y su único Hijo Jesucristo (capítulo III).
Las metáforas que abren la puerta de este itinerario antropológico son las expresadas literalmente por nuestro autor:
Me gustaría proponer aquí que el ser humano es como un texto. Primero un manuscrito, porque él ya es en parte hecho de una escritura que lo antecede y que debe aprender a leer para descifrarse […]. Los filósofos, pero también algunos de esos hombres, que como Moisés, han golpeado la roca. Luego un pergamino, porque el propio ser humano, ser felizmente inacabado, debe, pastor de su ser, escribir una página todavía en blanco, el texto de su propio destino. Finalmente, un jeroglífico, porque él también es escrito y debe seguir escribiéndose con letras sagradas. Res sacra homo. (LH, p. 8).
Inspiradas por nuestro propio autor podemos decir, en un primer momento, que el ser humano es un texto a ser descifrado, en una búsqueda constante de su propia identidad.
Además de muchas de las mediaciones conocidas, como la familia, la Iglesia, la sociedad, la cultura, etc., nuestro autor coloca un medio muy interesante para ayudar al ser humano en esta
“búsqueda de su humanidad y del secreto que ella lleva” (LH, p. 15). Se trata de una mediación que se encuentra en el fondo de todas las otras mediaciones, denominada por Gesché como “el reino de los signos”: “esa iniciación que nos hace nacer verdaderamente al mundo y que nos permite descifrarnos” (LH, p. 15). Esto supone aprender a convivir con el enigma que habita a todo ser humano. Enigma que además está presente en el mundo y en Dios.
El proceso de reconocimiento del enigma es una parte constitutiva de lo humano, y resulta importante para no transformar a Dios en un ídolo, no convertir al otro en un objeto de fusión y no mirar al mundo creado como un objeto de manipulación. La no aceptación de ese algo sin “límite ni comprensión posible”, presente en todo ser humano, conduce a un
158 camino de omnipotencia total. En el fondo, conduce a buscar dioses que resuelvan mágica y rápidamente todos nuestros enigmas. Aceptar el enigma supone “soportar lutos y cargar con ellos” (LH, p.22):
El ser humano debe construirse con lo insoportable, con lo indecible que existe en él […]. No podemos ahorrarnos esa marcha lenta y larga, lejos de respuestas apresadas e inmediatas, en el fondo mágicas (LH, p. 22-23).
Los dioses falsos son aquellos de los cuales nos podemos apropiar, hacerlos a nuestra imagen y según nuestras necesidades; un dios servidor de nuestros intereses. Es el dios que tiene respuesta para todo.
En los capítulos anteriores vimos que el Dios cristiano no es un dios seductor, ni un Dios que tenga respuesta para todo. Su Hijo Jesús asumió hasta el final el enigma: Rechazó convertir las piedras en pan porque renunció a la magia de la omnipotencia y del milagro barato (Mt, 4, 3-4). El Hijo de Dios vivió en profundidad el enigma presente en la vida: el Hijo del Hombre no conoce ni el día ni la hora (Mt, 24,36), ni siquiera tiene lugar donde reclinar su cabeza (Mt, 8,20). Expresó con un grito en la cruz el enigma del abandono (Mt, 27,39). Descendió al infierno, y solamente luego de haber entrado en él y no haber rechazado el enigma, fue resucitado por el Padre. De esta manera, su vida fue una Palabra que enseña que el enigma salva (Cf. LH, p. 22).
Hay un enigma también en la afectividad, que nos posibilita considerar que no se puede disponer de los otros con una relación inmediata, que no respete la diferencia. La diferencia, muchas veces, es una oscuridad a ser acogida en la relación. El enigma del otro queda muy bien expresado en el texto del Génesis cuando narra el asesinato de Abel. Dice Gesché que Caín, “por medio de un gesto brusco e impaciente quiere suprimir este misterio
´insoportable´, y que siempre des-borda del otro” (LH, 24).
También podemos hablar del enigma del saber, ya sea por la racionalidad o la magia en la que cayeron Adán y Eva al querer conocerlo todo en el acto. Existe también el enigma de lo sagrado, que nos recuerda que sustituir al Dios diferente por el dios fácil y tranquilizador de los propios intereses, es idolatría.
Consideramos, pues que el concepto de enigma es importante en Gesché. Dicho concepto se convierte en una instancia crítica ante la siempre posible y peligrosa tentación de idolatría divina o ante una concepción ingenua del ser humano.
159 Replantear las grandes preguntas que el ser humano tiene sobre el destino, por ejemplo, o sobre Dios mismo, no es buscar respuestas definitivas que cierren todos los interrogantes. “Las verdaderas respuestas no deshacen el enigma” (LH, p. 26). Los enigmas precisan ser descifrados sin dogmatismos ni escepticismos. Un camino posible es la de saber preguntar a las respuestas, porque eso supone reconocer la existencia de esos fragmentos desconocidos que no podemos abarcar ni anular, “pero que nos hacen vivir” (LH, p.27).
Paradójicamente “la parte del ser humano es esa parte de lo desconocido, esa ´noche talismánica´4, que él necesita asumir e integrar como parte de sí mismo y del mundo” (LH, p.27).
Justamente este será el criterio para aproximarnos de la cuestión del mal, el gran enigma presente en la historia humana: “No cabe duda de que el mal es lo más irritante que hay en el mundo. Perturba a la vez el corazón y la razón, poniéndolos frente a los últimos interrogantes” (LM, p. 15).
La cuestión del mal es abordada por Gesché en su dimensión más irracional y escandalosa, pero al mismo tiempo como una cuestión en la que el ser humano se descubre en su enigma más grande.