En el lenguaje clásico de la soteriología, Cristo nos salva por medio de las categorías de la revelación, redención, liberación, divinización y justificación. Vamos a considerar estas categorías brevemente.
53 Cf. SESBOÜÉ, B., Jesucristo el único mediador, Tomo I, p. 70.
54 Cf. ibid., p. 120.
a) La salvación por la revelación
Cristo, identificado con la Sabiduría preexistente (cf. Eclo 4,6) es el Maestro de la verdad (cf. Mc 1,22; Mt 11,27) y nos da conocimiento. Es el revelador del Padre (cf Jn 14,6), su epifanía, y por tanto de la salvación como conocimiento del Padre. Es el modelo para el discipulado. Siendo luz, nos ilumina en medio de la oscuridad, y con su luz nos juzgará. El tema de la iluminación y del verdadero conocimiento de Dios, en contraposición a las herejías, se encuentra con frecuencia en los escritos Patrísticos. Cristo revela al ser humano su vocación para la felicidad y le conduce hasta su realización. Este proceso significa su salvación y se cumple en el amor, que implica por su vez una concepción social de la misma salvación.
b) La salvación por la redención y liberación
El Cristo vencedor trae la redención y la liberación. Si la salvación es lo “que”
recibimos, la redención trata del “cómo” somos salvados. La redención se asocia con la metáfora del rescate, y en el contexto del trato de Dios para con su pueblo, designa también la liberación. En primer lugar, liberación de sus enemigos políticos, como paradigmáticamente aparece en el Éxodo; y también, en nivel más profundo, liberación de todas las fuerzas alienantes del ser humano, tanto de las limitaciones físicas del universo como de la fragilidad de la libertad humana y sus expresiones pecadoras (cf. Lc 1,68; 2,38; 21,28; Rom 3,24; 8,23;
Ef 1,7.14; Heb 9,12.15).
En sus raíces veterotestamentarias, la categoría redención quiere señalar nuestra liberación de la esclavitud pagando un rescate. Orígenes y otros propusieron la teoría de que, puesto que en nuestro estado de pecado habíamos estado sujetos al demonio, fue precisamente al demonio que fue pagado el precio de nuestro rescate. Pero la imagen, en su contexto neotestamentario, no pretende significar que se haya pagado a alguien un rescate, como si se hubiera hecho una compra55. El pueblo de Israel fue “adquirido” por Dios, que lo liberó de su esclavitud, y análogamente, Cristo nos “adquiere” como el suyo al salvarnos en la Cruz. En la historia de la soteriología todavía se ha llevado demasiado lejos la metáfora, a la extrapolación para el “pagamiento” de algo a Dios, dando pie para los esquemas jurídicos de la redención, en particular el de la satisfacción.
El proceso de la redención implica combate y victoria, como vemos por ejemplo en las curaciones que realiza Jesús, en sus luchas contra Satanás y los demonios y contra las fuerzas de la Naturaleza (cf. Rom 8,38; Ef 1,21; 3,10; Col 2,14-15; 2Cor 2,14; 1Cor 15,24.54;
Heb 1,5-14; 2,8s; Ap 5,5; 6,2). El rescate significa la lucha por nuestra liberación, que a Jesús le costó caro: su agonía, su vida, su sangre. El pueblo rescatado pertenece a Dios como su
“propiedad”. El precio pagado fue la sangre de Cristo, sin ser especificado ningún cobrador, en un sacrificio más bien existencial56.
55 ZAÑARTU, Sergio. Redención. In: Revista Católica 101 (2001), pp. 100-104.
56 Cf. GONZÁLEZ FAUS, J. I., La humanidad nueva, pp. 504-505.
c) La salvación como divinización
El intercambio salvífico, por el cual el Hijo de Dios se hace humano para salvarnos y Dios se nos ofrece el don de la divinización, invitándonos a participar de la naturaleza divina (cf. 2Pd 1,4). La vida nueva del bautismo nos hace hijos e hijas del Padre, hermanos y hermanas de Cristo y templos del Espíritu Santo (cf. Rom 8,14-17.23.29).
Desarrollada principalmente en la patrística oriental, por ejemplo en San Atanasio, e integrada en el esquema neoplatónico del retorno a Dios, con la divinización, los Padres indicaron el inicio, en la vida presente, de un modo de existencia supra-humana, que encontraría su manifestación perfecta en la visión que asimilara a Dios (sin confundir asimilación con identificación) y en la participación en su incorruptible inmortalidad.
La divinización y la plena humanización crecen en conjunto. Como nos ilumina San Ireneo: la gloria de Dios es el ser humano plenamente vivo, y la vida del ser humano es la visión de Dios.57
d) La salvación por la justificación
El tema de la justicia es un constante en los profetas para referir al cumplir con los derechos de los más débiles de la sociedad: los pobres, las viudas, etc. Si en el plano de las relaciones humanas se exige en el mínimo la justicia distributiva y conmutativa58, la justicia de Dios es algo más, porque es una justicia salvífica. Es gratuita y generosa, y no es vengativa, así superando los esquemas de retribución o compensación. Jesús enseñaba una justicia superior a la de los escribas y fariseos (cf. Mt 5, 20).
El perdón de los pecados es fruto de la muerte y resurrección de Jesús y vinculado a su ministerio (cf. Mt 18,11; Mc 1,4; 2,15-17; Lc 4,18; 19,10; Hch 2,38; 5,31; 10,43; Rom 4,5; 5,6; 11,32; Gal 3,22; Ef 1,7; 2,5; Col 1,14). Jesús es el perdón de Dios, es ‘vida’, en él la vida se hace posible para nosotros. Cristo nos justifica por su gracia al perdonar nuestros pecados. No se trata simplemente de una imputación jurídica, sino de una introducción en una nueva vida, conforme nuestra voluntad de aceptar y colaborar con la gracia. Esta categoría fue muy valorizada en la época de la reforma con Martín Lutero y ha provocado grandes debates en la historia de la teología cristiana, hoy en día básicamente superados en la
57 Cf. s. IRENEO, Contra as heresias, IV: 20,7. In: FOLCH GOMES, C., Antologia dos Santos Padres. São Paulo: Paulinas, 1985, p.129.
58 Explicaremos en el segundo capítulo como nuestra comprensión del término “solidaridad” va más allá de la categoría humana de la justicia.
Declaración Conjunta sobre la doctrina de la justificación de la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, 199959.
La perspectiva del movimiento descendiente de salvación es la que predominó durante todo el primer milenio cristiano. Este movimiento descendente es condición de posibilidad para el movimiento ascendente, en que se realiza nuestra respuesta a Dios.